“Pan que perdura para la vida eterna”

HOMILÍA EN EL DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Ex 16, 2-4.12-15; Sal 77; Ef 4, 17.20-24; Jn 6, 24-35
 
“Pan que perdura para la vida eterna”
 
Desde el domingo pasado iniciamos la lectura del capítulo seis del evangelio de san Juan, en su parte narrativa, con la multiplicación de los panes. Ahora iniciamos el largo discurso del pan de vida, el cual se prolongará durante cuatro domingos más.
 
En la primera lectura los israelitas experimentaron hambre en el desierto. La falta de comida no era porque Dios no quería a su pueblo, sino para que aprendieran a depender de él. Cuando en la vida no carecemos de nada, ponemos nuestra confianza en las cosas materiales y nos olvidamos de Dios; cuando nos hace falta algo necesitamos buscar un apoyo más profundo que las cosas materiales para resistir ante los problemas y dificultades de la vida, en definitiva buscamos apoyarnos más en Dios. Esto es lo que Dios quería lograr con su pueblo Israel, esto es lo que decía Jesús en este evangelio: la obra de Dios consiste no en hacer, sino en creer. En el evangelio de san Mateo dice: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6, 33).
 
El Papa Francisco en “Laudato si” cuestiona fuertemente el consumismo, pero no porque no debamos buscar los bienes para este mundo, sino porque los bienes no se distribuyen, se acumulan en manos de pocos y les hacen falta a millones. Una sociedad puramente consumista es aquella en la que Dios sólo cabe si también es un bien de consumo, negociable y redituable. San Pablo decía a los Efesios de ayer y de hoy: “No deben vivir ustedes como los paganos”. Es decir que los que decimos creer en Dios debemos vivir según los criterios del evangelio y no según los criterios del mundo, donde lo que predomina no es el ser, sino el tener. Si creemos en Dios y él es la razón última de nuestra vida, vale la pena preguntarnos: ¿De qué y cómo alimentamos nuestra vida espiritual?
 
El domingo pasado insistimos en el pan que perdura, que permanece y se nos da en la celebración eucarística; ahora, en continuidad con relato anterior, Jesús confirma la interpretación material que la gente hizo de la multiplicación de los panes, por eso les dice: “Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse”, y recalca lo que es más importante: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna”. Cuando Jesús dice: “No trabajan por el alimento que se acaba” tiene una aplicación a todo lo humano: bienes, éxitos, etc. Ahora bien, trabajar por el alimento que dura para la vida eterna, no es desprecio del trabajo para conseguir el alimento material, sino abrir nuestra búsqueda de esperanza y de realización más allá del horizonte terreno para alcanzar la vida eterna.
 
El milagro de la multiplicación de los panes Jesús no lo hizo, simple y sencillamente, para saciar el hambre de aquella gente, sino como un signo para que elevaran su espíritu para poder acoger un pan espiritual que dura para la vida eterna; pero para eso, más que hacer, se necesita creer: “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?”, -le preguntan a Jesús- y él contesta diciendo que no se necesitan muchas obras, sino una sola: “La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quién él ha enviado”. Así pues, Jesús es el pan de vida, pero a condición de creer en él. Desafortunadamente la falta de fe nos impide ver más allá de la superficie de las cosas. Muchas veces pensamos que la conquista de la vida eterna consististe en hacer obras. No se trata de hacer, sino de creer. Ahora bien, creer no significa dejar de hacer. La ley exige hacer lo que se debe, la fe lleva a hacer lo que se cree. Una cosa es la fe muerta sin obras, como dijera Santiago, y otra la fe viva que se muestra con obras (cfr. St 2, 14-26). La fe viva, decía san Pablo, es la que actúa por medio del amor (Ga 5, 6).
 
Aunque lo importante es creer en Jesús, para ello, de todas maneras Jesús debe dar algún signo, como Moisés: “¿Qué signo vas a realizar tú, para que lo veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras?” Con estas preguntas están oponiendo, a Jesús, la figura de Moisés que, como dicen ellos: “Les dio a comer pan del cielo”. Sin embargo, Jesús les aclara: “No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”. En san Marcos, cuando a Jesús le piden una señal del cielo dice que no les será dada ninguna señal (cfr. Mc 8, 12). Sin embargo, en san Mateo dice que: “Así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches” (Mt 12, 39-40). Es decir que la señal principal para creer es Jesús. Jesús es el pan bajado del cielo que alimenta la fe y es el fin último de nuestra vida.
 
La vida puramente humana necesita de alimento material, la vida espiritual, necesita un alimento espiritual. El hombre que viven sin fe, sólo necesita de alimento material y bienes materiales para sus necesidades humanas, el hombre que se ha encontrado con Dios, sabe que en primer lugar necesita de Dios, de él ha recibido la vida, de él recibe el alimento material; pero, sobre todo, sabe que de Dios recibe el alimento espiritual, o mejor dicho, Dios es su alimento espiritual, el cual se le encuentra en la Palabra de Dios y en los sacramentos, especialmente en el sacramento de la Eucaristía en donde Cristo es Palabra de Dios que habla al hombre para iluminar su camino y alimento para fortalecer su vida.
 
En las palabras de Jesús dice que Dios es su Padre, por tanto Jesús es más que Moisés; su Padre es el que da, en el presente, el verdadero pan, y no sólo para los israelitas, sino para la vida del mundo. El final de este evangelio evoca el diálogo con la Samaritana, a la cual Jesús le dijo: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 13-14). En aquel diálogo la Samaritana dijo: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla” (Jn 4, 15). Aquí la gente le dice: “Señor, danos siempre de ese pan”, y Jesús declara abiertamente: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Jesús es el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo.
 
Hermanos, es verdad que hay que trabajar por el pan de cada día, pero qué tanto trabajamos por: “El alimento que dura para la vida eterna”. Jesús es el que sacia nuestra hambre y sed de vida eterna. ¿Nuestra confianza y nuestra fuerza están en Jesús? ¿Buscamos en Cristo sólo el alimento para esta vida o también el que perdura para la vida eterna? Si buscamos el pan que perdura digámosle: “Señor, danos siempre de ese pan”. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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