“¡Qué bien lo hace todo!”

HOMILÍA EN EL DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 35, 4-7; Sal 145; St 2, 1-5; Mc 7, 31-37
 
“¡Qué bien lo hace todo!”
 
Queridos hermanos, en este evangelio en primer lugar hay que notar que Jesús anda por tierras paganas, lo cual significa que su misión salvadora no tiene fronteras. Atravesando la región de Decápolis: “Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo”. Llama la atención que no se menciona la fe de ese hombre; en cambio se dice que lo llevaron, como si él no pudiera ir solo; en realidad lo único que no podía hacer era hablar, pero sí podía caminar. San Marcos quiere subrayar así la importancia de la fe de la comunidad. No es la primera vez que pasa esto. Cuando Jesús curó al paralitico que le descargaron por el techo de la casa, el evangelista dice que Jesús hizo el milagro “viendo la fe de ellos”, no la fe de él (cfr. Mc 2, 5). Que importante la fe de la comunidad, que importante la intercesión por los demás.
 
Por otro lado, el evangelio dice que: “Le suplicaban que le impusiera las manos”, lo cual parece indicar que los que llevaron a este hombre tienen conocimiento de que Jesús, por medio de este signo, ha realizado curaciones. También podría ser que cuando se escribió este evangelio ya se tenía la experiencia, en las primitivas comunidades cristianas, de la trasmisión del poder de Dios, mediante la imposición de las manos, sobre todo para buscar la salud o más que nada en la celebración del bautismo. De hecho hay quienes piensan que este evangelio servía como catequesis para quienes se preparaban a este sacramento.
 
En el centro del evangelio está la acción de Jesús: “Lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: ¡Effetá!”. Esta palabra, como dice el evangelio, significa ábrete, es una palabra imperativa sobre las facultades atrofiadas de aquel hombre que son el oído y la lengua. Se trata de una palabra creadora que hace que suceda lo que dice. De hecho, después de que Jesús dijo esto: “Se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad”. La gente quedó asombrada por esta palabra transformadora, por esta palabra realizadora. Desde los primeros tiempos, las comunidades cristianas sabían que las palabras centrales de los sacramentos realizaban lo que decían. Cuando el sacerdote decía: “Yo te bautizo”, la persona quedaba bautizada, es decir sumergida en Cristo; cuando, decía en la Eucaristía: “Este es mi cuerpo”, el pan se convertía en el cuerpo de Cristo.
 
Esta palabra, en los primeros tiempos de la Iglesia, dio nombre a uno de los ritos preparatorios al bautismo, “el effetá”. Después que los catecúmenos ya habían sido inscritos para ser bautizados se realizaba una ceremonia donde el sacerdote pronunciaba esta palabra de Jesús para que el que iba a ser bautizado se le abriera el oído espiritual para escuchar la Palabra de Dios durante todas las catequesis y, por otro lado, se le abriera su boca para profesar la fe el día del bautismo.
 
El evangelio dice que: “Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad”. Sin embargo no se dice ni una sola palabra de lo que este hombre curado decía; son los otros los que: “Con más insistencia lo proclamaban”. Resulta que el que ahora puede hablar, calla. No cabe duda que para hablar hay que tener algo que decir, para callar hay que tener un misterio que adorar y a quien amar.
 
La expresión: “¡Qué bien lo hace todo!” recuerda el Libro del Génesis cuando Dios hace la creación: “Vio Dios que todo era bueno”. Aquí parece una proclamación de fe de que Jesús tiene el mismo poder de Dios o de que es Dios que, con este milagro, está como haciendo una nueva creación, pues su palabra no sólo comunica, sino que hace lo que comunica. A este hombre le dice effetá y se le abren los oídos y se le quitó la traba de la lengua para que pudiera hablar. La verdad es que Dios, que nos ha creado, nos sigue recreando con su Palabra encarnada que es Jesucristo y que sigue, a lo largo de la historia y del tiempo diciéndonos: “Effetá, “Ábrete”.
 
Por otro lado, la expresión: “Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”, evoca lo que estaba escrito en el profeta Isaías y que se encuentra en la primera lectura de hoy: “Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un venado el cojo y la lengua del mudo cantará”. Esto significa que si Jesús hace esto es porque Dios está cumpliendo la profecía del profeta Isaías o mejor dicho Dios está cumpliendo su palabra como aparece en el Salmo de hoy: “El Señor siempre es fiel a su palabra y es quien hace justicia al oprimido”. En definitiva esto significa que Jesús es Dios que hace presente la misericordia de Dios que quiere aliviar al agobiado, a los más atribulados o necesitados.
 
El Señor Jesús con su predicación y con sus obras fue una promesa cumplida. Dios había prometido en el Antiguo Testamento venir en persona para salvar, dar la vista a los ciegos, dar ánimo a los agobiados y la liberación a todos los necesitados. Con su vida, su predicación y sus milagros Jesús trajo esperanza para todos los que sufren y así quiere que sean sus seguidores: “Como el Padre me envió así los envió yo” (Jn 20, 21). Por eso el Apóstol Santiago, en la segunda lectura de la liturgia de hoy, nos dice, a su manera, que no debemos tener favoritismos. En todo caso, si algunos han de ser los preferidos, esos deben ser los pobres porque: “¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?”.
 
El sordo y tartamudo nos representa a nosotros que, aunque oímos y podemos hablar, muchas veces nos encerramos en nosotros mismos y nos aislamos de Dios y de nuestros hermanos. De ahí que nos hace falta una palabra de Jesús, una palabra creadora o renovadora que abra los oídos espirituales para escuchar la Palabra de Dios y nuestra boca para profesar la fe, para comunicarnos con Dios y comunicarnos con nuestros hermanos. Jesús no nos quiere aislados, sino unidos todos como hermanos y en comunicación unos con otros. No estamos creados para la soledad, sino para vivir en comunidad. Incluso los sordomudos están en comunión y comunicación con su familia, con Dios y con los demás. Así que también a nosotros nos hace falta la palabra de Jesús: “Effetá”, “Ábrete”, vive en comunión y en comunicación.
 
Hermanos, nosotros los discípulos de hoy, necesitamos recobrar el oído espiritual para escuchar la Palabra de Dios, abrir el corazón para adorar al que nos ha amado y hablar con él en la oración. También necesitamos abrir el oído espiritual para oír el clamor de los pobres y con nuestra lengua darles a conocer al que es nuestra esperanza. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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