HOMILÍA EN LA XVIII ASAMBLEA DIOCESANA

HOMILÍA EN LA XVIII ASAMBLEA DIOCESANA EN EL PARQUE TAJIN
 
Queridos hermanos, estamos llegando al final del año litúrgico, lo cual nos ayuda para caminar al encuentro de Dios. Dios es el fin de todas las cosas, él es la plenitud de nuestras esperanzas, él es el gozo que enjuga todas las lágrimas derramadas en nuestras luchas diarias.
 
En la primera lectura, Daniel contempla como una imagen de Cristo que, después de su resurrección, ascendió a los cielos para recibir la gloria y el poder, pues dice la palabra que Daniel vio un hijo de hombre que venía sobre las nubes, eso significa que subía para recibir “La soberanía, la gloria y el reino”. En cambio, la visión de la que hoy nos habla el libro del Apocalipsis no se trata de la ascensión, sino de la última venida del Hijo de Dios al mundo, por eso dice: “Yo soy el Alfa y la Omega… el que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso”. Desde la ascensión de Cristo a los cielos, la Iglesia, y todos los que formamos parte de ella, vivimos en la espera de la venida del Hijo de hombre.
 
En el Salmo, Dios aparece como el Señor: “El rey de todos los reyes”, como aquel que mantiene el orbe y no vacila. San Pablo dice que: “En él vivimos nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). Esto significa que Dios no hizo el mundo y lo dejó, sino que lo cuida y lo conserva para que llegue a su fin. Dios es el rey del universo, pero de qué sirve que sea el rey del universo si no es el rey en nuestros corazones. Es verdad que, en Dios, todos los seres humanos vivimos nos movemos y existimos, pero ¿cómo nos movemos y cómo existimos?
 
En el evangelio comienza un diálogo entre Pilato y Jesús con la pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Antes de responder afirmativamente Jesús dice: “Mi Reino no es de este mundo”, “Mi Reino no es de aquí”. Con estas palabras Jesús insiste en el origen divino de su reino y en su naturaleza distinta a los reinos de este mundo. Ciertamente, aunque ya está en este mundo, su reino no es de aquí, como lo afirma categóricamente Jesús. En concreto, su reino no consistía en la restauración temporal de la dinastía davídica, sino el único reinado que no necesitaba de poder, armas o riquezas, sino el poder del amor y la entrega por los demás.
 
Siguiendo el diálogo, Pilato le dice a Jesús: “Con que tú eres rey. Jesús le contestó: Tú lo has dicho. Soy Rey”. Con esta respuesta no hay lugar a dudas, pero Jesús explica la naturaleza de su reino: “Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad”, esto es lo mismo que decir que ha venido al mundo para ser rey, pero de un reino de verdad y de libertad. ¡El mundo está lleno de esclavitudes y mentiras! Pero Jesús es la verdad (cfr. Jn 14 6). Para que seamos parte del reino de Jesús hay que ser sus discípulos, hay que escuchar su voz: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, decía Jesús. Así pues, la escucha de Jesús lleva a la verdad y ésta a la libertad. En quienes viven esto, se puede decir que en ellos está presente el reino de Cristo, o dicho de otro modo, que en ellos reina Cristo o que Cristo es su rey.
 
Este es el reino que queremos que se haga más presente en el mundo, sobre todo en este año de la misericordia. Este es el reino con el que estamos comprometidos. ¡Hermanos, el Reino es Cristo mismo! Decía san Cipriano que: “Así como Cristo es la resurrección porque en el resucitamos, así Él es el Reino porque en él reinamos”. ¡Que así sea!
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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