Carta de los Santos

¿Cómo son las Cartas de los Santos a sus Amigos?
 
Escribir cartas siempre me ha parecido una costumbre muy linda que no deberíamos perder. Recuerdo que cuando era pequeña me llegaban cartas de mis abuelos o mis tíos en mi cumpleaños o postales cuando estaban de viaje. Era tan emocionante ver los sellos, el papel bonito que olía bien, la dedicación con la que estaban escritas…
 
Entre amigas también nos escribíamos cartas para hablar de esas cosas que no teníamos oportunidad de compartir porque estábamos en clase o no podíamos vernos −cosas que no se decían por teléfono– porque, “¡el teléfono es para acortar distancias, no para hacer visitas!”, como repetían nuestras madres. En fin, tantas cosas buenas que podemos hablar de lo que significaba recibir o mandar una buena carta.
 
Los santos escribían muchas. En su época no tenían internet para comunicarse con los que estaban lejos. Varios de ellos cuando descubrieron su vocación se lo dijeron a sus familiares y amigos por este medio, otros como el Padre Pío, recibían muchas cartas de sus fieles y dedicaban largas horas de su día a responderlas y otros simplemente, lo hacían por la necesidad de comunicarse y exponer su corazón, en medio de la rigurosidad y el silencio del claustro.
 
Creo que leer algunas de estas cartas nos ayudará mucho en nuestro crecimiento interior, nos hará aprender de los santos a expresar nuestros sentimientos con sinceridad y a valorar los detalles. ¡Compartamos estas sencillas pero profundas cartas, y animémonos a escribirle a nuestros amigos y familiares que están lejos!
 
Carta de Santa Teresa de los Andes a su hermano Miguel
 
Mi querido hermano:
 
Antes de partir he querido dejarte estas líneas que te han de manifestar el inmenso cariño que te he profesado toda mi vida. He sentido por ti, al mismo tiempo que mucho cariño, mucha compasión. Comprendo, aunque tú nunca me lo has manifestado, que sufres; que llevas el alma destrozada.
 
Sin embargo, muchas veces he querido penetrar hasta esa herida, pero tu carácter reservado me la ha ocultado. ¿Qué hacer sino callar y rezar por ti? Si tú pudieras comprender lo mucho que he llorado yo por ti, me oirías todo lo que mi alma te querría decir.
 
Pero quizás no querrás oír los consejos de una monja. Sí, monja seré, pero siempre tendré corazón de hermana para ti. Siempre velaré desde el convento y te acompañaré a todas partes con mis pobres oraciones.
 
Que jamás, Miguel querido, pierdas la fe. Antes prefiero morir y ofrecer mi vida que tu alma sea extraviada. Prométeme que todos los días vas a rezar un Ave María a la Santísima Virgen para que te dé la salvación, y que ese crucifijo lo conservarás y llevarás siempre contigo hasta la muerte, como recuerdo de tu hermana.
Siempre lo he llevado yo conmigo. Siento la pena más inmensa al separarme, pero Dios me sostiene y me da fuerzas para romper los lazos más estrechos que existen sobre la tierra.
Créeme que mi vida entera será una continua inmolación por ti, para que seas buen cristiano. Acuérdate de tu hermana carmelita. Cuando las pasiones, los amigos te quieran sumergir en el abismo, ella al pie del santo altar estará pidiendo para ti la fuerza. Acuérdate que, mientras tú te entregas a los placeres, ella tras las rejas de su claustro someterá su cuerpo a las más rudas penitencias.
 
Sí, Miguel, te quiero con locura y, si es necesario que yo pierda mi vida porque tú vuelvas sobre tus pasos y comiences la verdadera vida cristiana, aquí la tiene Dios. Aun el martirio, con tal que, cuando pasen estos cuatro días del destierro, nos encontremos reunidos para siempre en Dios.
 
Adiós, hermanito querido. Perdóname todo lo que te he hecho sufrir. No ha sido con intención. No te olvides de tu hermana que tanto te quiere.
 
Juana F., Hija de María.
Pd: Te ruego que no dejes de cumplir con la Iglesia. Sé bueno con mi papá y mamá. Escríbeme.
 
 
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