MENSAJE DE AÑO NUEVO 2016

MENSAJE DE AÑO NUEVO 2016
Del mensaje del Papa Francisco
 
Sí, la paz es don de Dios y obra de los hombres. La paz es don de Dios, pero confiado a todos los hombres y a todas las mujeres, llamados a llevarlo a la práctica.
 
A pesar de todos los acontecimientos dramáticos del año 2015, el papa invita a: “No perder la esperanza en la capacidad del hombre de superar el mal, con la gracia de Dios, y a no caer en la resignación y en la indiferencia.
 
La indiferencia tiene muchas expresiones. En cualquier caso, superar la indiferencia hacia Dios, como hacia los seres humanos significa reconocer que estamos interrelacionados y que somos más humanos en la medida en que vivimos en relación con los demás.
 
La indiferencia hacia los demás es hija de la indiferencia ante Dios y una amenaza para la paz, sobre todo cuando, unida a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas a la paz.
 
Dios no es indiferente, la liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto, así como la encarnación de su Hijo es prueba de ello. Dios quiere que hagamos a un lado la indiferencia y demos paso a la misericordia deteniéndonos ante los sufrimientos de los demás.
 
Donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia». Ese es un gran reto al que nos llama el papa Francisco.
 
El Papa en su mensaje promueve una cultura de solidaridad y misericordia para vencer la indiferencia, la cual debe comenzar desde la educación familiar, pasando por la escuela, así como el mundo de la cultura y los medios de comunicación.
 
Conscientes de la amenaza de la globalización de la indiferencia, el Papa reconoce las numerosas iniciativas y acciones positivas que testimonian la compasión, la misericordia y la solidaridad de las que el hombre es capaz:
Las organizaciones no gubernamentales y asociaciones caritativas dentro de la Iglesia, y fuera de ella, cuyos miembros, con ocasión de epidemias, calamidades o conflictos armados, afrontan fatigas y peligros para cuidar a los heridos y enfermos, como también para enterrar a los difuntos.
Las personas y a las asociaciones que ayudan a los emigrantes que atraviesan desiertos y surcan los mares en busca de mejores condiciones de vida. Estas acciones son obras de misericordia, corporales y espirituales, sobre las que seremos juzgados al término de nuestra vida.
Los periodistas y fotógrafos que informan a la opinión pública sobre las situaciones difíciles que interpelan las conciencias, y a los que se baten en defensa de los derechos humanos, sobre todo de las minorías étnicas y religiosas, de los pueblos indígenas, de las mujeres y de los niños, así como de todos aquellos que viven en condiciones de mayor vulnerabilidad. Entre ellos hay también muchos sacerdotes y misioneros que, como buenos pastores, permanecen junto a sus fieles y los sostienen a pesar de los peligros y dificultades, de modo particular durante los conflictos armados.
Las numerosas familias, en medio de tantas dificultades laborales y sociales, que se esfuerzan concretamente en educar a sus hijos «contracorriente», con tantos sacrificios, en los valores de la solidaridad, la compasión y la fraternidad.
Los jóvenes que se unen para realizar proyectos de solidaridad, y a todos aquellos que abren sus manos para ayudar al prójimo necesitado en sus ciudades, en su país o en otras regiones del mundo.
 
En el espíritu del Jubileo de la Misericordia, cada uno está llamado a reconocer cómo se manifiesta la indiferencia en la propia vida, y a adoptar un compromiso concreto para contribuir a mejorar la realidad donde vive, a partir de la propia familia, de su vecindario o el ambiente de trabajo.
 
Los Estados están llamados también a hacer gestos concretos, actos de valentía para con las personas más frágiles de su sociedad, como los encarcelados, los emigrantes, los desempleados y los enfermos.
 
Por lo que se refiere a los detenidos, el Papa, propone que, se adopten medidas concretas para mejorar las condiciones de vida en las cárceles, con una atención especial para quienes están detenidos en espera de juicio. Así mismo, renueva el llamado a las autoridades estatales para abolir la pena de muerte allí donde está todavía en vigor.
 
Respecto a los emigrantes, el Papa, invita a repensar las legislaciones, para que estén inspiradas en la voluntad de acogida, en el respeto de los recíprocos deberes y responsabilidades, y puedan facilitar la integración de los emigrantes. En esta perspectiva, se debería prestar una atención especial a las condiciones de residencia de los emigrantes, recordando que la clandestinidad corre el riesgo de arrastrarles a la criminalidad.
 
El Papa, llama a los responsables de los Estados para hacer gestos concretos en favor de quienes sufren por la falta de trabajo, tierra y techo, así como a realizar acciones eficaces para mejorar las condiciones de vida de los enfermos, garantizando a todos el acceso a los tratamientos médicos y a los medicamentos indispensables para la vida, incluida la posibilidad de atención domiciliaria.
 
Finalmente dirige un triple llamamiento:
para que se evite arrastrar a otros pueblos a conflictos o guerras que destruyen no sólo las riquezas materiales, culturales y sociales, sino también la integridad moral y espiritual;
para abolir o gestionar de manera sostenible la deuda internacional de los Estados más pobres;
para adoptar políticas de cooperación que, más que doblegarse a las dictaduras de algunas ideologías, sean respetuosas de los valores de las poblaciones locales y que, en cualquier caso, no perjudiquen el derecho fundamental e inalienable de los niños por nacer.
 
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