La Epifanía del Señor

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE EPIFANÍA
Is 60, 1-6; Sal 71; Ef 3, 2-3.5-6; Mt 2, 1-12
 
“Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”
 
Queridos hermanos, el día de hoy celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor, es decir, la fiesta de su manifestación a todas las naciones representadas en los magos venidos de Oriente. Esta es la fiesta conocida tradicionalmente como la fiesta de los Santos Reyes o fiesta de los Reyes Magos. En los primeros tiempos se celebraba el 6 de enero y, todavía lo hacemos así en nuestras tradiciones populares; pero en la liturgia, es decir, en la celebración de la Misa, se celebra el domingo que cae entre el 2 y el 8 de enero.
 
Ahora bien, el evangelio no dice que sean reyes, sino que: “Unos magos venidos de oriente llegaron preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”. Es decir que se trata de unos sabios conocedores de la naturaleza, conocedores del mundo, conocedores de los misterios de la divinidad y que buscan al recién nacido rey de los judíos e hijo de Dios para adorarlo. Este hecho nos manifiesta que Dios quiere que todos los pueblos lo conozcan y se les revela, no sólo en las Escrituras, sino también a través de sus obras (cfr. Sb 13, 1-9; Rm 1,19-20).
 
Llama la atención que, en el evangelio, se diga que Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Herodes piensa en un rey temporal que podría arrebatarle el reino; pero ¿por qué el pueblo se sobresaltó con él? Habría que pensar que se trataba de todos los que, junto con Herodes, estaban aferrados al poder temporal y que no esperan en el poder de Dios; también podría tratarse de todos aquellos que esperaban la llegada del reino de Dios, pero al estilo temporal para restaurar la dinastía davídica, perdida desde hacía muchos años. En todo caso el evangelio nos habla del rechazo y oposición que, desde el principio, encontró el Hijo de Dios al venir al mundo.
 
En efecto, el Hijo de Dios, no sólo encontró rechazo y oposición, sino también indiferencia como se comprueba en el evangelio con los líderes religiosos del pueblo de Dios, en este caso los sumos sacerdotes que, aparecen como conocedores de las Escrituras, saben que el Mesías ha de nacer en Belén; pero están estáticos, no lo buscan ni lo esperan, saben que nacerá y nada más. En relación con los magos, pareciera que los sumos sacerdotes no tienen fe, pues se dice que la fe mueve montañas (cfr. Mt 17, 20), y ellos no se mueven, sino que se quedan indiferentes donde están. Si nuestra fe nos mueve a la búsqueda de Dios es una fe viva; de lo contrario no es más que un simple conocimiento de Dios; pero no una relación de búsqueda y de adhesión hacia él.
 
El relato de la adoración de los Magos nos hace pensar en la fe como un don de Dios que nos descubre las señales para caminar hacia él en medio de la oscuridad. También nos hace distinguir entre conocimiento y fe. Los sumos sacerdotes, a pesar de que eran parte del pueblo de Dios y tenían conocimiento de las Escrituras, no buscaban de manera activa al Mesías; en cambio, los magos, incluso siendo de pueblos extranjeros, descubren la profundidad de las señales dadas por Dios para que los pueblos caminen hacia él. En este sentido dice, en la primera lectura, el profeta Isaías, a Jerusalén: “Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora”.
 
Otro aspecto que hay que resaltar es que los Magos buscan al niño para adorarlo y de hecho lo hacen postrándose ante él, una vez que llagan a la casa donde se encontraba; pero ¿cómo descubrieron que era Dios? ¿acaso lo veían divino? ¿o en lo humano de aquel niño descubrían lo divino? Dado que el relato se escribió cuando Cristo ya había resucitado y muchas naciones paganas ya había entrado a formar parte de la Iglesia, eso quiere decir que el relato nos muestra la adoración de las naciones a Cristo resucitado que comenzó su paso por la tierra siendo niño. Ahora bien, Herodes también busca al niño, pero no para adorarlo, sino para matarlo. También hoy, ante el misterio de la vida, hay algunos que, como Herodes, ven una amenaza en la venida de un hijo al mundo y le niegan la entrada al banquete de la vida.
 
La Iglesia ha considerado que estos personajes representan a todas las naciones que, de hecho, entraron a formar parte de la Iglesia con la predicación del evangelio. En este sentido, san Pablo decía que: “También los gentiles son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo” (Ef 3, 6). Así pues, los magos nos representan a todos nosotros, que no somos parte del pueblo de Dios según la sangre; pero que hemos entrado a formar parte de la Iglesia por la fe. En nosotros se cumplió lo que dice san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4). Nosotros hemos venido a ser parte del pueblo de Dios porque se nos predicó el evangelio de Jesucristo y hemos creído en él. El evangelio es para nosotros, como la estrella que seguían los magos para encontrar al Mesías. El evangelio es la luz que debemos seguir durante toda nuestra vida para no perdernos en medio de las tinieblas de este mundo.
 
El evangelio nos dice que, una vez que los magos se enteraron que el rey de los judíos debía nacer en Belén: “Se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de dónde estaba el niño”. Se trata pues de una estrella que aparece y desaparece, tal parece que no es una estrella de tipo natural, sino más bien, un signo dado por Dios para llevar a los magos hasta el Mesías. El hombre que espera en Dios y que quiere ver su rostro descubre las señales de Dios en su vida y en su historia. Para los pastores, la señal fue un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre (cfr. Lc 2, 12); para los magos, la señal fue una estrella. Las señales de Dios son débiles y para los débiles. Los poderosos, como Herodes, no descubren las señales; en cambio, los pastores y los magos no sólo las descubrieron, sino que se postraron ante él y lo adoraron.
 
Los magos le ofrecen regalos que simbolizan su dignidad. Le ofrecen oro porque lo reconocen como rey; le ofrecen incienso y lo adoran como Dios; le ofrecen mirra porque lo ven como hombre; la mirra era utilizada para embalsamar los cuerpos de los muertos, por lo cual, con este último regalo, se anuncia su pasión y muerte por nosotros. San Agustín decía que los magos, no se pusieron en camino porque vieron la estrella, sino porque se pusieron en camino la vieron. Esto significa que sólo el que se pone en camino puede ver las señales que Dios da a los que lo buscan. Pongámonos en camino, al encuentro del Hijo de Dios, nacido para nuestra salvación. Adorémoslo y ofrezcámosle como regalos, el oro de nuestra fe, el incienso de nuestra oración y la mirra de nuestros sufrimientos. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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