“El Espíritu del Señor está sobre mí”

 
HOMILÍA EN EL III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Neh 8, 2-4. 5-6. 8-10; Sal 18; 1 Co 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21
 
“El Espíritu del Señor está sobre mí”
 
Queridos hermanos, en tiempos de Cristo la Escritura comprendía la ley, los profetas y otros escritos. Entre estas tres partes de la Sagrada Escritura, la ley tenía mucha importancia. Por eso encontramos en la primera lectura que cuando Esdras abrió el libro de la ley, el pueblo se puso de pie para escuchar con atención. Escuchar la ley era escuchar a Moisés y escuchar a Moisés era escuchar a Dios. En nuestros días, nosotros tenemos como Palabra de Dios todos esos textos del Antiguo Testamento; pero además tenemos los escritos del Nuevo Testamento, entre los cuales le damos más importancia a los evangelios. Por esta razón, cuando en la Misa se lee el evangelio nos ponemos de pie. Para nosotros escuchar el Evangelio es escuchar a Jesús y escuchar a Jesús es escuchar a Dios. En este sentido san Jerónimo decía que: “ignorar las escrituras es ignorar a Cristo”. La Palabra de Dios, como dice el Salmo 119(118), 105, es lámpara para nuestros pasos, pero también es alimento para nuestra vida: por eso: “Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicaban el sentido, de suerte que el pueblo comprendía la lectura”. De la misma manera nosotros en la homilía explicamos la Palabra de Dios que se ha leído para que alimente nuestra vida.
 
El evangelio de hoy comienza con la explicación de san Lucas sobre los motivos que tuvo para escribir su evangelio. Se trata: “De escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros… como nos las trasmitieron los que las vieron desde el principio y que ayudaron a la predicción”. Según estas palabras, se trata de un acontecimiento, de una transmisión y de una predicación. Todo esto, dice san Lucas: “para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado”. Con esto, san Lucas se presenta como un testigo veraz, como un servidor del Reino, como un evangelizador a través de su evangelio, el cual se ha convertido también en Palabra de Dios. Así pues, la Palabra de Dios sucede, se transmite y se predica, pero también se pone por escrito. Cuando no estaba escrita, la Palabra de Dios, existía: “Estaba en Dios y era Dios” (Jn 1, 1); una vez que vino al mundo, se hizo acontecimiento y predicación: “La fe viene de la predicación y la predicación consiste en anunciar la palabra de Cristo” (Rm 10, 17), ahora lo que falta es hacerlo(a) vida.
 
El evangelio nos dice también que después de que Jesús fue tentado por Satanás: “Impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por la región”. Jesús es la misma Palabra de Dios, nos dice san Juan; pero en cuanto Hijo de Dios es portador de su Palabra, es su mensajero y su mismo mensaje, por eso es que su persona y su palabra hablaban de Dios. Ejerciendo esta misión, y muy consciente de que las Escrituras hablaban de él (cfr. Jn 5, 39), fue a la sinagoga de Nazaret y ahí leyó un fragmento del capítulo 61 del profeta Isaías donde se dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí…” y, una vez que Jesús termina la lectura, san Lucas dice que: “Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él” y enseguida Jesús, como los levitas del Antiguo Testamento, explica el texto del profeta Isaías aplicándoselo a sí mismo diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Así pues, Jesús es el ungido por el Espíritu Santo y esta es su misión: “Llevar a los pobres la buena nueva, anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.
 
Después de las palabras que leyó Jesús, el profeta Isaías agregaba: “y el día de la venganza de nuestro Dios”. Pero Jesús omitió esa frase para indicar que él venía bajo el signo de la misericordia y del amor de Dios. El viene para salvar, no para condenar. En Él, el amor de Dios llega a todos aquellos que creen en su Palabra. Esta misión de Jesús ahora se realiza a través del ministerio de la Iglesia, la cual no debe olvidar, como destinatarios, en primer lugar, a los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos.
 
En las palabras leídas por Jesús está claro que la unción del Espíritu de Dios es para salir a anunciar la buena nueva a los más necesitados y así lo hizo él. Ahora, la Iglesia debe continuar la misión de Jesús. Ahora bien, para ir a los alejados, primero necesitamos venir, como alejados, al encuentro de Cristo y luego, llenos de su Espíritu, salir al encuentro de los demás. El Papa Francisco en un discurso preparatorio al conclave que lo eligió como Papa dijo que: La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no sólo las geográficas, sino también las periferias existenciales, las del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de toda miseria. Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar, se enferma. En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama para entrar. Pero, en esta hora, golpea desde dentro para que le dejemos salir. Cuando la Iglesia no sale de sí misma piensa que tiene luz propia y se olvida que el que tiene luz propia es Cristo; una es la Iglesia evangelizadora que sale de sí; otra la Iglesia mundana que vive en sí, de sí y para sí.
 
El evangelio debe ser un mensaje gozoso y esperanzador que, como dice el Papa Francisco, no debe encerrarse entre cuatro paredes, sino llevarse a las periferias geográficas, existenciales o ambientales de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad, especialmente a los que sufren. El texto del profeta Isaías, que leyó Jesús, hablaba de pobres, cautivos, ciegos y oprimidos; pero, aunque eso no lo leyó Jesús, continuaba diciendo que el Señor lo había enviado a consolar a los afligidos, a cambiar su ceniza en diadema, sus lágrimas en aceite perfumado de alegría y su abatimiento en cánticos (cfr. Is 61, 2-3), es decir que venía como buen samaritano, a curar las heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza (cfr. Prefacio común VIII) que la Iglesia y nosotros, como parte de ella, estamos llamados a llevar a tantos que sufren ya sea por el pecado, por la enfermedad, por la soledad o por la violencia y la inseguridad. El Señor Jesús, en este evangelio, y el Papa Francisco, en este año de la misericordia, nos piden venir al encuentro de la misericordia para ser misericordiosos como el Padre que quiere una Iglesia en salida, una Iglesia samaritana, una Iglesia misericordiosa.
 
Que este evangelio nos impulse a desinstalarnos y salir a anunciar a los pobres la buena nueva. Nosotros, desde nuestro bautismo, hemos sido ungidos por el Espíritu Santo y recibimos una nueva efusión del Espíritu en el sacramento de la confirmación (cfr. Hch 8, 14-16). Así pues, ungidos y guiados por el Espíritu Santo, salgamos al encuentro de los más necesitados. El evangelio aceptado y predicado ilumina los ojos de los ciegos; el evangelio libera a los cautivos. El evangelio nos debe llevar a realizar las obras de misericordia corporales con los que sufren en su cuerpo y las obras de misericordia espirituales con los que sufren en su espíritu. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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