“Vieron la gloria de Jesús”

HOMILÍA EN EL II DOMINGO DE CUARESMA
Gn 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Flp 3, 17-4, 1; Lc 9, 28-36
 
“Vieron la gloria de Jesús”
 
Queridos hermanos, cada año, el segundo domingo de cuaresma es el domingo de la transfiguración porque en la celebración de la Misa se lee un evangelio que narra el momento en el que Jesús se transfiguró. En este año se trata del evangelio de san Lucas, el cual a diferencia de san Mateo y de san Marcos dice específicamente que Jesús subió a un monte para hacer oración y, por otro lado, Lucas es el único que dice que Moisés, Elías y Jesús hablaban: “Del éxodo que Jesús debía realizar en Jerusalén”, es decir que hablaban de su salida de este mundo a la gloria del Padre. Naturalmente hablar de ese momento comprendía todo lo que llamamos el misterio pascual, es decir, su pasión, muerte, resurrección y ascensión. Esto es lo que constituye el centro del mensaje de salvación contenido en el Nuevo Testamento y en la predicación apostólica.
 
Antiguamente se pensaba que la tierra era plana; de manera que las montañas eran los puntos más cercanos al cielo o a Dios, por esto los montes son siempre lugares de encuentro con Dios, son los lugares donde acontecen las teofanías; es decir, las manifestaciones de Dios a su pueblo. Aquí, Jesús “Subió a un monte para hacer oración” y es en ese contexto de oración que: “Su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes”, es decir que los discípulos lo vieron llenó de la gloria de Dios. La transfiguración, en forma de teofanía o manifestación, sobre todo en san Lucas, es un anuncio de la pasión y de la resurrección en el que Jesús muestra su rostro luminoso, el de Hijo de Dios. Jesús se transformó en la oración y dejó entrever su divinidad y lo que nos espera después de esta vida. En este sentido san Pablo dice en la carta a los filipenses que Cristo: “Transformará nuestro cuerpo miserable en cuerpo glorioso como el suyo”. Esa es nuestra esperanza, alcanzar la gloria de Dios.
 
Una vez que el Señor se transfiguró, el evangelio dice que: “De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías”. Aquí Moisés y Elías personifican la ley y los profetas. Esto es, toda la Escritura del Antiguo Testamento, lo cual indica que Jesús es el nuevo Moisés que, como Mesías, va a llevar a plenitud la alianza iniciada en el Antiguo Testamento. El ver a Moisés y Elías rodeados de esplendor nos recuerda, por un lado, el momento cuando Moisés subió a la montaña del Sinaí al encuentro con Dios y Dios le habló en medio de la nube y le dio las tablas de la ley y cuando bajó de la montaña el pueblo no lo podía ver a la cara por la gloria de Dios que resplandecía en él (cfr. Ex 34, 29-35); por otro lado, nos muestra que Dios es luz y en él no hay tinieblas; por tanto, quien se acerca a la luz se ilumina y resplandece.
 
Pedro, Santiago y Juan son testigos del poder de Jesús sobre la enfermedad cuando cura a la suegra de Pedro; también, son testigos del poder de Jesús sobre la muerte, cuando devuelve la vida al hijo de la viuda de Naím (cfr. Lc 7, 11-17) y a la Hija de Jairo (cfr. Lc 8, 49-56); pero, también van a ser testigos de su agonía en el Huerto de los Olivos y en la cruz. Dado que en medio de la manifestación de su gloria: “Hablaban del éxodo que Jesús debía realizar en Jerusalén”, eso significa que su muerte, aunque real y dramática, estará iluminada por la gloria de la resurrección. Así, en los momentos dolorosos de la pasión y de la cruz, los discípulos se acordarían de que: “Despertándose, vieron la gloria de Jesús”, es decir que la contemplación de Cristo glorificado fue un anticipo de la contemplación de Cristo resucitado que les llenó de fuerza para superar las pruebas de la pasión y el escándalo de la cruz.
 
La contemplación de Cristo transfigurado o resucitado fue un momento de éxtasis que tuvieron los discípulos y por eso Pedro decía: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas”. Estas palabras, por un lado, explican el gozo de la contemplación de la gloria de Dios y, por otro, evocan al pueblo que en el Sinaí estaba acampado a las faldas de la montaña en unas chozas esperando las tablas de la Ley, de manera que podríamos decir que Jesús nos va a dar la nueva ley, es decir el evangelio. Esto es muy importante, sobre todo por la voz que sale de la nube y dice “Escúchenlo”. Ahora bien, por otro lado, podemos ver que Pedro quiere quedarse en la contemplación de la gloria; pero permanecer en la contemplación sólo será posible después de la resurrección. Mientras dura el camino de la vida, caminamos a la luz de la fe; pero, ciertamente, puede haber momentos en los que Dios nos dé una probadita de su gloria para no sucumbir en las pruebas.
 
A la luz del Antiguo Testamento, podemos decir que la nube es símbolo de la presencia de Dios, como en el paso por el Mar Rojo (cfr. Ex 14, 19-20) y en el Sinaí (cfr. Ex 19, 16-25; 24, 15-16). Pero ahora, en esta ocasión, simboliza la presencia de Dios en su Hijo Jesús. Por esto, la voz que sale de la nube dice: “Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. En los tiempos del Antiguo Testamento y en los tiempos de Cristo se leía y escuchaba a Moisés. Aquí la voz dice que escuchemos a Jesús, lo cual no quiere decir que ya no escuchemos a Moisés y a Elías, pues todo el Antiguo Testamento es Palabra de Dios, sino que ahora en esta nueva etapa de la Historia de la salvación Jesús es más importante, por esto cuando celebramos la Misa nos ponemos de pie para escuchar el evangelio. Dado que para los últimos tiempos se esperaba que volvieran Moisés y Elías esta voz que sale de la nube, una vez que se retiraron Moisés y Elías, también da testimonio de que Jesús es el Mesías, el nuevo Moisés que nos va a liberar, ahora no de la esclavitud de Egipto, sino de la esclavitud del pecado y, por otro lado, nos va a llevar, ahora no a la tierra prometida de Palestina, sino a la tierra prometida del cielo.
 
Hermanos, Dios quiere lo mejor para nosotros. Así como hizo una alianza con Abraham, comprometiéndose de manera unilateral, pasando en forma de fuego por en medio de los animales partidos, así se ha comprometido con nosotros en Cristo crucificado. Así pues, en esta cuaresma escuchemos con devoción y en oración el evangelio de Jesús. Escuchándolo con fe, en él Dios nos habla y, como respuesta, nosotros, en la oración, le hablamos a Dios o dejamos que él no hable al corazón. Los profetas fueron una lámpara antes del día; pero una vez llegado el día preferimos la luz, es decir a Cristo y su Buena Nueva. Que, por la lectura orante del evangelio, el Señor nos conceda contemplar, en la fe, un poco de su gloria y también la gloria que nos espera. De esta manera podremos seguir el camino de la vida, a pesar de todas las dificultades que se presenten. A la resurrección se llega por el camino de la cruz; la búsqueda de la salvación pasa por el camino del dolor. Así pues, no olvidemos que la pasión es el camino de la resurrección. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 
 
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