HOMILÍA EN EL V DOMINGO DE CUARESMA

HOMILÍA EN EL V DOMINGO DE CUARESMA
Is 43, 16-21; Sal 125; Flp 3, 7-14; Jn 8, 1-11
 
“Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.
 
El evangelio de hoy tiene un gran mensaje de misericordia. Jesús aparece cerca del templo como maestro enseñando a la gente que se le acercaba. Pero Jesús no es un simple maestro, ni siquiera un simple profeta, Jesús es el Hijo de Dios que, con su vida, viene a manifestar al Dios que ama y perdona a su pueblo y a cada uno de los pecadores que formamos parte de él. Con su actitud y sus palabras Jesús pone en su lugar a los acusadores de la mujer adúltera y, por otro, con mucha delicadeza, perdona y libera a la mujer acusada de adulterio que fue llevada y puesta frente a él.
 
Los escribas y fariseos llevan ante Jesús una mujer sorprendida en adulterio y le dicen: “Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres ¿Tú qué dices?” La intención de los escribas y fariseos es poner una trampa a Jesús. Jesús se encuentra ante un dilema. Si propone clemencia se pondrá en contra de la ley; si aprueba la lapidación, irá en contra de su misma predicación y de la autoridad de los romanos. Los escribas y fariseos quieren hacer caer sobre la mujer todo el peso de la ley; pero, según Levítico 20, 10: “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera” Lo mismo indicaba el Deuteronomio 22, 22. Como vemos, la ley era igual para los dos, se prescribía pena de muerte para ambos adúlteros, pero aquí sólo traen ante Jesús a la mujer, lo cual parece indicar que se trata de una acción claramente discriminatoria.
 
El evangelio dice claramente que la mujer fue sorprendida en adulterio, entonces ¿por qué no llevaron también al adultero? Como primera respuesta podríamos decir que, en la sociedad machista de entonces, como muchas veces en la de ahora, se pensaba que, en estos casos, la mujer era más culpable. Jesús demostró ante la mujer y ante los acusadores que todos somos pecadores. Cuando dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”, hizo que los acusadores de la mujer se examinaran a sí mismos; cuando se puso a escribir en el suelo, probablemente estaba haciendo referencia a lo que dijo Jeremías: “Los que se apartan de ti (de Dios), serán inscritos en el suelo” (Jr 17, 13), es decir en los sepulcros, o sea que morirán. Otros piensan que, escribía los pecados de los acusadores y, por esto, se fueron retirando uno a uno. La verdad no sabemos qué escribió, pero una cosa es cierta, hizo caer en la cuenta a los acusadores que ellos eran tan pecadores como aquella mujer y quizá responsables de la situación que aquella vivía.
 
También habría que considerar este evangelio en forma simbólica, es decir que la mujer, aunque haya sido una persona concreta, es un símbolo que no precisamente representa a todas las mujeres adulteras y oprimidas por una sociedad machista que descarga sobre ellas toda la culpa de los adulterios y por consiguiente todo el peso de la ley, sino que representa al pueblo de Israel en su conjunto, pues a éste se le ha comparado muchas veces con una adultera (cfr. Os 1, 2-3, 5). Así se justifica la ausencia del marido y del amante. El amante serían los ídolos; en cambio el marido sería Dios, representado en Jesús, ante quien han puesto frente a él a la mujer. Recordemos que a la mujer samaritana Jesús le dijo: “Has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido” (Jn 4, 18), es decir los dioses de los pueblos traídos a Samaria por los asirios y Dios en Jesús que está frente a la Samaritana, y que en ese momento no era su marido, es decir su Dios.
 
Estamos ante una escena en la que los gestos dicen más que las palabras: “Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Las miradas y las palabras de los escribas y fariseos tienen la intención de matar. La mirada de Jesús es comprensiva y misericordiosa, es la mirada del amor y del perdón, es la mirada de Dios. Jesús no condena a la mujer, pero tampoco justifica sus pecados. Él no ha venido a condenar, sino a salvar. Jesús actúa como salvador, distingue muy bien entre el pecado y el pecador. El pecado nunca puede ser aprobado, pero el pecador debe ser rescatado. En la primera parte del relato Jesús está sentado y la mujer de pie, como ante un tribunal, sólo hasta que los acusadores se van, se pone de pie y, es entonces, cuando la mujer experimenta que está ante el tribunal de la misericordia: “¿Mujer, donde están los que te acusaban?” Y, cuando la mujer dice que nadie la ha condenado, Jesús dicta la sentencia definitiva: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”. Jesús no reprueba la ley que condenaba el adulterio, pero la supera perdonando a la mujer. La mujer pasa de la muerte a la vida. Jesús dijo “Yo he venido al mundo para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).
 
Esto es lo que hace Jesús y no sólo con aquella mujer, sino también con los escribas y fariseos, que se creían justos, y a quienes no condenó, sino que con su actitud y con sus palabras les invitó reconocerse como pecadores, y lo logró, por eso dice el evangelio que: “comenzaron a escabullirse comenzando por los más viejos”. Nadie es justo frente a Dios (cfr Sal 14, 3). Los acusadores se sintieron acusados, los que se creían justos se sintieron pecadores. Jesús desenmascara el pecado. San Juan dice que Jesús sabía todo lo que hay en el hombre (cfr. Jn 2, 25). Blas Pascal escribió en su libro “Pensamientos”: “No hay más que dos clases de hombres: unos, los justos, que se creen pecadores; otros, los pecadores, que se creen justos”. Los escribas y fariseos se creían justos, pero no lo eran, la mujer se sabía pecadora y resultó perdonada. El evangelio no dice qué pasó después, pero podemos concluir que su vida cambió radicalmente porque sólo el perdón es capaz de cambiar los corazones.
 
La frase: “Vete y ya no vuelvas a pecar” significa vive una vida nueva. En la primera lectura de hoy nos dice Isaías que Dios quiere hacer algo nuevo (cfr Is 43, 19). Dios es el que hace nuevas todas las cosas (cfr. Ap 21, 5). A la mujer pecadora la perdonó y renovó, a su pueblo lo perdona y renueva. Eso es lo que pasa con los que se encuentran con Cristo, como nos lo dice hoy san Pablo afirmando que lo más valioso de todo es conocer a Cristo Jesús. Después de esto, todo lo demás es basura con tal de ganar a Cristo y estar unido a él. No obstante, esta certeza, Pablo sabe que la vida es una contante tensión hacia adelante: “en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde el cielo”. En esta vida, en la fe, vivimos perdonados y en comunión con Dios; pero la plenitud será en el cielo. Dios nos ama y quiere que reconozcamos nuestros pecados. Si así lo hacemos él nos perdona y nos llena de su amor. Que en esta cuaresma Dios nos conceda la gracia de encontrarnos con su misericordia y ser misericordiosos con los demás. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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