HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RAMOS

 
HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RAMOS
Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Lc 19, 28-40
 
“¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
 
Hemos llegado al llamado domingo de Ramos. También podríamos decir domingo de mantos pues en san Mateo, san Marcos y san Lucas se menciona el manto que le pusieron al burrito que iba a montar Jesús, así como los mantos con los que la gente tapizaba el camino de la entrada a Jerusalén. Sin embargo, en la liturgia, ha predominado el uso de los ramos, en la procesión solemne que se hace este día hacia la iglesia para celebrar la Eucaristía dominical y así recordar la entrada de Jesús en Jerusalén, como una profesión pública de fe, de que somos sus discípulos. Este día también es llamado en la liturgia como domingo de la Pasión porque recordamos la entrada de Jesús a Jerusalén para sufrir la Pasión, pero sobre todo porque en la celebración de la Misa se lee el relato de la Pasión, un año según san Mateo, otro según san Marcos y otro según san Lucas.
 
En el evangelio de la bendición de los ramos se dice que Jesús iba acompañado de sus discípulos, pero al acercarse a Betfagé y a Betania envió a dos de ellos para que le trajeran: “un burrito que nadie había montado todavía”. El evangelio insiste en este detalle porque al entrar Jesús en Jerusalén, en una forma tan pacífica y humilde, como aquel animal, indica que Jesús es un rey de paz, de humildad y de amor. A los diferentes grupos de Israel que esperaban la restauración temporal de la dinastía de David, les hubiera gustado que Jesús entrara montado en un caballo para manifestar que venía con poder para aplastar el poder de los romanos que dominaban Palestina. Pero Jesús no llegó a Jerusalén con poder temporal, sino con el poder del amor, por el cual se iba a entregar en la cruz por nuestra salvación.
 
Hay que notar que, aunque no entendieran de qué se trataba, muchos se volcaron hacia Jesús en su entrada a Jerusalén. El evangelio dice que: “La gente tapizaba el camino con sus mantos”. Pero sobre todo este evangelio de san Lucas dice que: “La multitud de discípulos, entusiasmados se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!”. Así debemos vivir toda nuestra vida, alabando y bendiciendo a Dios.
 
También se dice que a Jesús: “Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: Maestro reprende a tus discípulos”. Él les replicó: “Les aseguro que, si ellos se callan, gritarán las piedras”. Esto significa que nosotros, los discípulos de ahora, debemos gritar de alegría. El encuentro con Cristo no es algo para guardarlo, sino para comunicarlo a los demás con entusiasmo y valentía, sobre todo con nuestro testimonio alegre de vida porque somos de los que escuchamos, día a día, la Palabra de Dios. En efecto, el discípulo es el que, en primer lugar, ha escuchado la Palabra de Jesús, se ha encontrado con él y por eso lo sigue, aun sabiendo que el camino es difícil. En este sentido el profeta Isaías decía: “Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo suyo. El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás”. Estas palabras nos recuerdan que la esperanza de llegar al final glorioso del camino da fuerza para pasar por las pruebas del seguimiento de Jesús. Por eso Jesús decía: “Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor” (Jn 12, 26).
 
El camino que Dios ha escogido para vencer el mal es el del abajamiento, el de la renuncia, el de la pasión y de la cruz. San Pablo lo dice bellamente en el himno cristológico de la segunda lectura de la Misa de hoy, en la que dice que el Hijo de Dios, por su encarnación, siendo de condición divina, se anonadó, es decir se hizo nada, se humilló y por obediencia aceptó la muerte de cruz y por esto Dios lo exaltó por encima de todas las cosas. Por esto mismo el camino de los discípulos de Jesús no puede ser otro camino, sino el que siguió su maestro y Señor, es decir el camino de la cruz, cuyo destino final es la gloria de la resurrección. Seguir a Jesucristo es asumir un camino paradójico que, para llegar a la gloria de la resurrección, hay que pasar por la aparente derrota de la pasión y la cruz.
 
Llama la atención que en el evangelio de san Lucas los que aclamaban a Jesús son los discípulos “por los prodigios que habían visto”; en cambio algunos los fariseos que iban entre la gente le decía a Jesús que los reprendiera. Es entonces cuando Jesús les dice que si ellos callan gritarán las piedras. Podríamos decir que, con estas palabras, Jesús nos está diciendo que su pasión, o su obra salvadora, no sólo afecta a los hombres sino a toda la creación. En efecto, en el evangelio de san Mateo se dice que cuando Cristo murió en la cruz: “hubo oscuridad sobre toda la tierra” (Mt 27, 45) y: “tembló la tierra y las rocas se hendieron” (Mt 27, 51). Jesús es, no sólo el salvador de la humanidad, sino el restaurador de la creación que también se ve afectada por la acción pecadora de los hombres. Por esto san Pablo dijo que la creación entera espera “Ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Rm 8, 21-22).
 
En esta semana santa a través de la Palabra de Dios y la gracia de los sacramentos se realiza lo que decía la gente a la entrada de Jesús en Jerusalén: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. El Señor Jesús viene a nuestra vida, abrámosle nuestro corazón y sigámoslo a Jerusalén, es decir a la Jerusalén celestial, a la vida eterna. La procesión de hoy es símbolo de que somos peregrinos en camino hacia la Jerusalén celestial. Sin embargo, hacemos una estación en la celebración de la Eucaristía pues en ella, como los discípulos de Emaús, descubrimos en “la fracción del pan” a Cristo Resucitado que viene a nuestro encuentro.
 
La procesión también es signo de la muerte y resurrección de Cristo. Por eso, al seguir a Cristo, aceptamos la cruz de cada día. Recordemos que dijo Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8, 34-35). Como vemos, se pierde esta vida, pero se gana la vida eterna. Por eso, la procesión, también es signo de victoria, es anticipo y participación de la resurrección de Cristo.
 
Hermanos, seguir a Cristo en el camino de la cruz no es un camino al fracaso o al absurdo, sino que tiene un sentido de vida y de victoria. Se trata de buscar la victoria sobre el pecado y la muerte para vivir una vida nueva, aquí y ahora, mientras llega el encuentro definitivo con Cristo que es el camino y el destino del viaje. Aceptar a Cristo y seguirlo ahora es anticipar la fiesta que no acaba, la fiesta de la llegada a la vida eterna. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 
 

 

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