Homilía en la Misa Crismal 2016

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL
22 de marzo de 2016
 
Queridos hermanos todos, en Cristo nuestro Señor. El Señor Dios nos concede reunirnos nuevamente en la Santa Iglesia Catedral, con ocasión de la bendición del óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos, así como la consagración del santo crisma, en este año de la misericordia al que el Papa Francisco nos invitó a vivir en la Iglesia.
 
Saludo a todos los que han venido a esta Eucaristía, a los de casa, a los laicos que, junto con sus sacerdotes, vienen por los santos oleos; a las hermanas religiosas, que con su entrega silenciosa, sea que vivan la vida contemplativa en los monasterios, sea que vivan su vocación en los colegios o en los hospitales, son signo del Reino de Dios que crece silenciosamente como la semilla de mostaza; saludo a los seminaristas que han venido a esta importante celebración, que Dios les dé la gracia de la perseverancia y se entreguen con generosidad al Señor; saludo a los sacerdotes que hoy renuevan sus promesas sacerdotales, saludo muy cordialmente a Mons. Rafael Palma que reside y trabaja con mucho entusiasmo en nuestra diócesis. ¡Bienvenidos todos hermanos!
 
En el Antiguo Testamento, Dios, que es el santo por excelencia, llama a un pueblo para que sea su pueblo. Este pueblo, llamado por Dios, debe ser un pueblo santo, porque su Dios es santo (cfr. Lv 11, 44). Este pueblo le ofrece a Dios parte de los dones que ha recibido de él, ya sea frutos del cultivo de la tierra o animales domésticos. El pueblo entiende que, si su Dios los acepta, los santifica. Por esto, los dones ofrecidos a Dios se convierten en sacrificios, porque Dios los ha aceptado. Si Dios los ha aceptado, significa que Dios los ha tocado, y porque los ha tocado, los ha santificado.
 
En el Nuevo Testamento, Dios, para santificarnos, mediante su Espíritu, se vale de su Palabra, del agua, del aceite, del pan y del vino. No hay sacramento sin Palabra, la Palabra de Dios bendice o consagra las realidades materiales que son parte de los sacramentos de la iniciación y la Palabra hace, en el momento del sacramento, que lo que se dice sobre las personas, usando los materiales bendecidos o consagrados, realicen el sacramento. Se dice que el sacramento realiza lo que significa. El agua purifica, el aceite penetra, el pan alimenta; pero en el sacramento ya no es una purificación corporal, sino la purificación de los pecados en el bautismo; la penetración del Espíritu santo en la confirmación y el alimento para nuestro espíritu en el sacramento de la Eucaristía. La realidad material para el sacramento del bautismo es el agua y el aceite. Por medio del agua se nos sumerge en Cristo; por medio del aceite consagrado o santo crisma, se nos da el Espíritu Santo; por medio de la comunión se nos da el mismo Hijo de Dios.
 
Pues bien, hermanos, en esta Eucaristía bendecimos, con la Palabra y la oración, el óleo de los enfermos y de los catecúmenos y consagramos el santo crisma, los cuales nos van a servir para el sacramento del bautismo, de la unción de los enfermos, de la confirmación y del orden, así como para la consagración de iglesias o altares. En los primeros tiempos de la Iglesia, los catecúmenos, antes de recibir el bautismo eran ungidos con oleo bendecido para ser fuertes en la lucha contra las asechanzas de Satanás, que trataría de hacerlos caer y apartarlos del camino de Dios. También una vez bautizados, eran ungidos; ahora, con el santo crisma porque así se confirmaba mediante la acción del Espíritu Santo que, los recién bautizados, se habían identificado con el Hijo de Dios. Por esta razón, por haber sido identificados con Cristo, se empezaron a llamar cristianos en Antioquía (cfr. Hch 11, 26). El óleo de los enfermos es para ungir a los enfermos graves y así puedan ellos unirse a la Pasión de Cristo a fin de que no sufran solos, sino unidos a Cristo. Por el sacramento de la unción de los enfermos, el cristiano ofrece, unido a Cristo, su enfermedad por la salvación de los demás.
 
Con el santo crisma también son ungidos los sacerdotes. En esta Eucaristía recordamos que Cristo, para prolongar su obra salvadora en el tiempo, quiso servirse del ministerio de los sacerdotes para que realizaran el sacramento de su amor, el sacramento de la Eucaristía. Conscientes de que somos pecadores llamados a identificarnos más a Cristo, sabemos que Dios nos santifica en el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal. Uno se puede preguntar ¿por qué Dios es tan misericordioso con nosotros que somos pecadores? Dios permite esto para que nosotros, que estamos envueltos en flaquezas, y que hemos experimentado la misericordia de Dios sobre nosotros, podamos comprender y compadecernos de nuestros hermanos siendo misericordiosos con ellos (cfr. Heb 5, 3).
 
A todos, por medio del bautismo y la confirmación, Dios nos unge y renueva con el óleo de su misericordia. Los sacerdotes, además son ungidos con el sacramento del orden para que, en la realización de su ministerio sacerdotal, unjan y renueven al pueblo de Dios con el Espíritu Santo, el cual hace posible que, los óleos que usamos en los sacramentos, nos santifiquen a todos. Los sacramentos nos renuevan, por eso hoy, llevando a la parroquia los nuevos óleos, se retiran los que bendijimos y consagramos el año pasado, como signo de que, así como se renuevan los oleos, así Dios renueva la vida de su pueblo.
 
El máximo don que Dios nos ha dado en el Nuevo Testamento, es su mismo Hijo Jesucristo, el cual quiso quedarse con nosotros en forma sacramental en el sacramento de la Eucaristía. En ella, nosotros ofrecemos pan y vino con unas gotas de agua; las ofrecemos a Dios y, al aceptarlas, él las santifica o consagra y nos las devuelve como alimento espiritual para alimentar esa semilla de vida divina que ya está en nosotros por la gracia del bautismo. Esto que pasa con los dones ofrecidos a Dios en los sacramentos, Dios quiere que pase con cada uno de nosotros, que somos miembros de su pueblo. Para ello es necesario que nosotros, primero nos sintamos o experimentemos que somos un don de Dios y, por otro, que nos ofrezcamos a Dios como ofrenda. Si nos ofrecemos a Dios, Dios nos acepta en Jesucristo y en Jesucristo nos santifica. Este es el culto agradable a Dios y esta es la misión que Dios nos pide realizar en su pueblo: santificarlo en el Espíritu con su Palabra y con los sacramentos.
 
Hermanos sacerdotes, tenemos un ministerio muy hermoso, el de hacer presente a Cristo en la comunidad cristiana colmándola con la misericordia de Dios. Somos portadores de un gran tesoro, pero también es cierto que somos vasijas de barro. Por esto ahora, antes de bendecir los oleos, les invito a invocar la gracia de Dios y la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, para cumplir lo mejor posible nuestro ministerio. Renovemos pues nuestras promesas sacerdotales comprometiéndonos a vivir en la santidad y en la fidelidad, a Dios, para poder así santificar a su pueblo con el óleo de la misericordia. ¡Que así sea!
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
Compartir en:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter