HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Hch 10, 34. 37-43; Sal 117; 1 Co 5, 6-8; Jn 20, 1-9
 
“Vio y creyó”
 
Queridos hermanos, cada vez que celebramos la Eucaristía anunciamos la muerte del Señor hasta que venga (cfr. 1 Co 11, 26), cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos su resurrección. En los primeros tiempos de la Iglesia los discípulos se reunían el primer día de la semana, es decir el domingo, que según sus costumbres comenzaba al ponerse el sol, el sábado en la tarde; se reunían para comer la Cena del Señor, sabían y hacían la experiencia que Cristo resucitado se hacía presente en medio de ellos para animarlos a seguir adelante soportando las pruebas. A esta celebración se le llamó la pascua semanal de Cristo. De ahí la importancia de ir a Misa cada domingo para tener un encuentro con Cristo resucitado.
 
Posteriormente, los primeros cristianos, pensaron que era importante tener una celebración anual de la Pascua y, una vez que se decidió la fecha, le pusieron días de preparación, primero tres, luego una semana, más tarde seis semanas, hasta que ese tiempo de preparación comenzó en lo que hoy es el miércoles de ceniza. Desde entonces, año con año, celebramos solemnemente la resurrección de Cristo como culmen de toda la cuaresma. Así que hoy tenemos triple motivo para celebrar la resurrección: primero porque celebramos la Eucaristía, segundo porque es domingo y tercero porque es el domingo de resurrección.
 
Todos los evangelistas, cada uno según su propia tradición, nos hablan de la resurrección como el gran acontecimiento fuente del cristianismo. Lo mismo hace san Pablo en sus cartas. La resurrección es lo que cambió a los apóstoles, pues a pesar de que Cristo les dijo que resucitaría y, a pesar de que les prometió la resurrección, la muerte de Cristo les hizo tambalear en la esperanza de esa nueva vida. En los relatos de la resurrección, en los cuatro evangelistas, hay constancia de que los discípulos no creían en la resurrección. El que más llama la atención es Tomás (cfr. Jn 20, 25); pero a todos Jesús les echó en cara su incredulidad (cfr. Mc 16, 14) y en Mateo aparece que por lo menos dudaban (cfr. Mt 28, 17).
 
A pesar de todo, como sabemos, los apóstoles fueron los testigos cualificados de la resurrección del Señor. El anuncio del evangelio tenía como centro atestiguar que Cristo estaba vivo, que había resucitado. Por eso Pedro decía: “A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hch 2, 32). En la primera lectura de hoy, Pedro dice: “Nosotros somos testigos de cuanto él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día”. La experiencia de la resurrección y la venida del Espíritu Santo dio a los apóstoles la valentía para anunciar al resucitado como “juez de vivo y muertos” que vendría a separar a las ovejas de los cabritos (cfr. Mt 26, 31-46).
 
Sin embargo, hay que hacer notar que, a pesar de la importancia de la resurrección, o precisamente por eso, porque es el misterio central de nuestra fe, nadie fue testigo ocular del hecho mismo de la resurrección. Los apóstoles no anunciaban que vieron a Cristo resucitar, sino que lo vieron resucitado. En la primera lectura de hoy, san Pedro dice que: “Concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que él, de antemano había escogido, a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos”.
 
Ahora bien, aunque los apóstoles fueron los testigos cualificados de la resurrección, los evangelios muestran que las mujeres fueron las primeras que vieron la tumba vacía, es decir que tampoco vieron a Cristo resucitar, sino que también lo vieron resucitado. Ciertamente, en este acontecimiento, las mujeres tuvieron un papel muy especial., ellas fueron las primeras en darse cuenta que Jesús estaba vivo; más aún, ellas, si se vale decir, fueron a evangelizar a los apóstoles, a llevarles la buena noticia (evangelio significa buena noticia) de que Cristo estaba vivo. Luego, como aparece en el evangelio de hoy, Pedro y Juan fueron a cerciorarse de que el Señor estaba vivo y, a partir de entonces, Juan “vio y creyó” en la resurrección.
 
Como sabemos, Pedro tenía un lugar especial entre los apóstoles, por eso Juan, aunque: “Llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos en el suelo, no entró”, sino que esperó a Pedro y éste entró primero, luego Juan y “Vio y creyó”. Esto les dio tal valentía que, en adelante, no tuvieron miedo de morir, porque se dieron cuenta que la muerte ya no tenía la última palabra. La resurrección de Cristo, aunque ciertamente todavía tendrían que esperar la venida del Espíritu, los convirtió, los convenció: “Porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”.
 
La resurrección de Cristo es tan importante que san Pablo decía: “Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe” (1 Co 15, 17). Pero Cristo resucitó, así que la resurrección es posible para los que creen en Cristo. Sin embargo, la resurrección no se trata simple y sencillamente de una reanimación. No se trata de volver a esta vida, a este valle de lágrimas, todos los apóstoles creyeron en la resurrección y todos murieron, pero viven en Cristo, están con él en la gloria. Jesús no vino para librarnos de la muerte física, sino para librarnos del infierno y darnos la esperanza de una nueva vida fuera del alcance del mal, de las injusticias y de las asechanzas de Satanás. Así que todos moriremos, pero no todos para siempre, pues los que creen en Cristo resucitado y viven coherentemente su fe, les espera la vida eterna.
 
Así pues, si Cristo resucitó, y creemos en él, hay que buscarlo, pero no entre los muertos, ¡Jesús ha resucitado! pero ¿qué significa creer que Jesús ha resucitado? Que nuestra vida debe estar llena de alegría y de esperanza; todo nuestro ser y quehacer, debe dar también alegría, vida y esperanza a nuestros hermanos. Si con nuestra manera de ser, de actuar o de vivir, no damos alegría, esperanza y vida, se podría decir que el Jesús resucitado, en el que decimos creer, no nos ha dado la vida nueva. Seguramente que, si hacemos un poco de análisis de cómo vivimos nuestra fe, podríamos concluir que muchas veces buscamos a Jesús entre los muertos o que creemos en un Cristo resucitado más muerto que vivo.
 
Los discípulos de Emaús, como Pedro y Juan, tampoco habían entendido las Escrituras, pero en la fracción del pan, lo reconocieron (cfr. Lc 24, 30-31). Jesús prometió: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 54-55). Hermanos, cada vez que asistimos, con fe, a la Eucaristía, Cristo vence en nosotros el pecado y la muerte con su resurrección y se convierte en el alimento espiritual que nos fortalece para seguir luchando por un mundo nuevo en el que haya más vida, alegría, justicia y paz. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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