“Mis ovejas escuchan mi voz…”

HOMILÍA EN EL IV DOMINGO DE PASCUA
Hch 13, 14. 43-52; Sal 99; Ap 7, 9. 14-17; Jn 10, 27-30
 
“Mis ovejas escuchan mi voz…”
 
El día de hoy celebramos a Cristo como Buen Pastor que, por su muerte, ha dado la vida por nosotros, sus ovejas, y, por su resurrección, nos conduce a la vida eterna. La lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles tiene como personaje central a la Palabra de Dios que predicaban los apóstoles. Los que escuchaban la Palabra de Dios abrazaban la fe y quedaban llenos del Espíritu Santo. De esta manera los apóstoles realizaban la misión que Jesús les había encomendado. Jesús es el Buen Pastor, los apóstoles realizan lo que Jesús le dijo a Pedro: “Pastorea mis ovejas”, esto lo hacen predicando la Palabra de Jesús. La Palabra de Jesús ha de ser escuchada y el que la escucha ha de seguir a Jesús el Buen Pastor.
 
En este breve evangelio Jesús dice: “Mis ovejas escuchan mi voz”. El posesivo “mis ovejas” nos indica que somos ovejas de Cristo, el Buen Pastor, pero ¿cómo ha sido posible esto? Hay que decir que Cristo nos ha adquirido con su propia sangre. Es lo que nos dice el libro del Apocalipsis: “Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap, 7, 14). Ahora bien, si las ovejas de Cristo escuchan su voz, para escuchar a Cristo se necesita hablar el mismo idioma de Cristo, es decir el idioma del amor de Dios. Jesús nos vino a revelar el amor del Padre y el designio que tiene sobre cada uno de nosotros. Para esto es necesario crear espacios para escuchar a Jesús. Uno de ellos, es la celebración misma de la Eucaristía pues en ella Jesús nos habla en la Palabra proclamada; otro es la lectura orante de la Palabra de Dios, tanto en forma individual como en pequeñas comunidades; otro es la adoración ante el Santísimo Sacramento, pues ahí Jesús habla directamente al corazón.
 
Jesús no sólo dice: “Mis ovejas escuchan mi voz”, sino: “Yo las conozco y ellas me siguen”. Esto es lo que cambia la historia y la vida de los hombres, porque la frase: “Yo las conozco”, no sólo tiene un significado intelectual, sino afectivo. En la Biblia, el verbo conocer, significa también amar. Así que “Yo las conozco” significa “Yo las amo”. El amor de Dios es lo que ha cambiado la vida de muchos que han escuchado la Palabra de Jesús, se han convertido y lo han seguido. Precisamente porque Jesús ama a sus ovejas y les revela su amor y ellas lo escuchan, por eso el seguimiento de Cristo es la consecuencia de escucharlo y de sentirse amado por él. Todo esto, como dice el Documento de Aparecida, desencadena un proceso de discipulado, comunión y misión (cfr. No. 278) que: “No es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana” (No. 144), la cual no se puede vivir, sino en la comunión de la Iglesia: “La comunión es misionera y la misión es para la comunión” (No. 173).
 
También dice Jesús en el evangelio: “Yo les doy la vida eterna”. La imagen del Buen Pastor es una imagen de Cristo resucitado que conduce a su Iglesia a la Jerusalén celestial. En el Apocalipsis aparece que Cristo es el Cordero, por su muerte; y, es el Buen Pastor por su resurrección. En este sentido san Juan dice: “vi una gran muchedumbre que nadie podía contar… todos estaban de pie, delante del trono y del Cordero, iban vestidos con una túnica blanca y llevaban palmas en las manos… Estos son los que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero”. Y el que está sentado en el trono los acogerá en su tienda; ya no tendrán hambre ni sed porque el Cordero que está en medio de ellos será su Pastor y los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida (cfr. Ap 7, 13-17). Así pues, Cristo por su condición de Cordero nos lava de nuestros pecados, por su condición de Pastor nos conduce a la vida eterna.
 
En los primeros tiempos de la Iglesia se pensaba que Cristo resucitado y Buen Pastor conducía a las ovejas a los verdes prados de los que habla el salmo 22 como símbolo de los manjares celestes. Las ovejas simbolizaban los recién bautizados. En los bautisterios antiguos era muy frecuente la representación del Buen Pastor. Los que venían a ser bautizados podían ver ante sus ojos, en las pinturas, el misterio que celebraban. El bautisterio de Dura estaba decorado con dos imágenes: a la derecha estaba la del Buen Pastor que conducía a su rebaño y llevaba a las ovejas en sus hombros; a la Izquierda se encontraba la caída de la primera pareja humana. El bautismo aparecía como una vuelta al paraíso. En el bautisterio de Nápoles el Buen Pastor se hallaba en actitud de reposo con sus ovejas en un marco paradisiaco de flores y fuentes. En torno al Buen Pastor reinaba una atmósfera de paz y de quietud.
 
Pero el Buen Pastor no sólo nos cuida en esta vida, en los primeros tiempos de la Iglesia, se pensaba que también cuidaba las ovejas en el trayecto de esta vida a la vida eterna. En el viaje que hacían las almas al cielo, los Padres de la Iglesia veían a Cristo luchar contra los poderes del mal rescatando y arrebatando a las ovejas de los lobos voraces del demonio e introduciéndolas en los pastos paradisiacos del cielo. Por este motivo, la figura del Buen Pastor no sólo aparecía en los bautisterios, sino también en los sarcófagos. El paraíso celeste era representado como un jardín delicioso donde se encuentra un Pastor rodeado de sus ovejas y de hombres que visten la túnica blanca de los bautizados y reciben la eucaristía celeste de los que han llegado a su destino final (Así aparece en la Pasión de Perpetua y Felicidad).
 
Actualmente, la Iglesia celebra a Cristo Resucitado como Buen Pastor el domingo cuarto de Pascua. Si tenemos en cuenta el capítulo 10 del evangelio de san Juan podemos ver que Jesús lo es todo: Jesús es la puerta del redil, Jesús es el Buen Pastor. Pero, además, podemos notar que estos textos adquieren nuevas luces, si los vemos a la luz de la resurrección y del bautismo. En efecto en los vv 17-18 es clara la luz de la resurrección: “Por eso me ama el Padre porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo”. El aspecto bautismal podemos notarlo por su contexto, especialmente en el capítulo 9, con la curación del ciego de nacimiento, la cual fue probablemente una catequesis bautismal. Así como el ciego de nacimiento recobró la luz de sus ojos, así los nuevos bautizados era iluminados con la luz de la fe al entrar en el rebaño de Cristo el Buen Pastor.
 
Hermanos, si creemos en Cristo resucitado, estamos seguros en el camino de la fe. Cristo nuestro Buen Pastor nos ama y nos cuida. Sólo hay una condición, escuchar su Palabra y seguirlo. En el mundo de hoy hay muchas voces que nos pueden confundir; necesitamos estar muy atentos para distinguir la voz de Jesús. Hay voces que llevan a la perdición; en cambio la voz de Jesús dice: “Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano”. ¡Que Cristo Buen Pastor les lleve por el camino de la vida eterna! ¿Qué así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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