“Les doy un mandamiento nuevo”

 
HOMILÍA EN EL V DOMINGO DE PASCUA
Hch 14, 21-27; Sal 144; Ap 21, 1-5; Jn 13, 31-33a. 34-35
 
“Les doy un mandamiento nuevo”
 
Queridos hermanos, en este evangelio llama la atención que cuando sale Judas del cenáculo el Señor Jesús diga: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él”. Con estas palabras Jesús anuncia su pronta entrega en la cruz. De hecho, enseguida dice: “Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará”. Con todas estas palabras Jesús revela que su pasión y su cruz, aunque ignominiosa es gloriosa porque con ella da gloria al Padre que lo ha enviado y el Padre a él también lo glorificará. Notemos la frase que dice: “Dios lo glorificará en sí mismo”, es decir en su persona y en su cruz, pues cuando salió Judas fue para entregarlo.
 
No es casualidad que cuando Jesús habla de su glorificación en la cruz, al mismo tiempo les dé a sus discípulos el mandamiento nuevo: “Que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”, porque esto nos indica que no puede vivir ese mandamiento nuevo quien no ha seguido a Jesús en el camino de la cruz. En este sentido, el Libro de los Hechos de los Apóstoles dice que Pablo y Bernabé: “Animaban a los discípulos y los exhortaban a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. Así que este mandamiento tiene como centro que Jesús nos amó primero hasta la entrega de su vida en la cruz y por eso quien sigue a Jesús no puede amar de cualquier manera, sino como dijo él: “Como yo los he amado”, es decir hasta la entrega de la vida o como dijera Pablo, pasando por muchas tribulaciones.
 
Hay que insistir en que, para cumplir el mandamiento de amar como Jesús, no va a ser posible si no nos sentimos amados por Jesús. Sólo el amor de Jesús por cada uno de nosotros nos puede dar la fuerza para amar como Jesús. Este amor de Dios manifestado en Jesús crucificado y resucitado por nosotros es lo que anunciaban los apóstoles en la predicación, este es el motivo central que podía cambiar los corazones de los hombres que escuchaban la predicación; la predicación de este amor es lo que habría a los paganos las puertas de la fe (cfr. Hch 14, 27). La fe viene de la predicación y la predicación consiste en anunciar la Palabra de Cristo (cfr. Rm 10, 17), es decir, el amor de Dios, a nosotros, en Cristo Jesús.
 
Por lo anterior, si nos sentimos amados de Jesús, entonces es posible amar como Jesús, es decir entregándonos como Jesús, aunque en menor grado, tratando de imitarlo a él. Este mandamiento es muy exigente. Aunque tenga muchas expresiones, este es el único mandamiento que hay que vivir. Decía San Pablo: “El que ama, ha cumplido la ley entera” (Rm 13, 8). Todo mandamiento, cualquiera que sea, tiene como centro el mandamiento del amor y el mandamiento del amor no se puede explicar de otro modo, sino como entrega. Por eso, entregarse no sólo significa vivir el mandamiento del amor, sino también glorificar a Dios, que se entregó a nosotros en Jesús crucificado y, como consecuencia, viviendo el mandamiento del amor, como entrega, en eso mismo, Dios glorifica o santifica al que se entrega, es decir al que ama como Jesús, ofreciendo su vida a Dios por los demás. Se trata de aquel que vive su vida unida a la de Jesús y se hace una ofrenda constante a Dios por la salvación de los demás. En este sentido vivir el mandamiento nuevo no es puramente vivir un amor humano, sino vivir el amor de Dios y el amor a Dios en el amor al prójimo.
 
Finalmente, Jesús dice: “Por este amor todos reconocerán que ustedes son mis discípulos”. Es verdad que muchos nos llamamos cristianos católicos y hay señales que nos identifican: un sólo bautismo, una sola fe (el credo), los sacramentos, especialmente nuestro amor a la Eucaristía y nuestro amor a María, la comunión con el Papa, etc. Sin embargo, la señal que nos identifica como verdaderos discípulos del Señor es amar como Jesús, por eso, aunque ya dijimos en que consiste esto, no está de más preguntarnos ¿cómo nos amó Jesús? Jesús renunció a su condición divina, se hizo nuestro esclavo, murió en la cruz por nosotros, se entregó a nosotros y en lugar de nosotros. Eso significa que para amar como Jesús lo primero es renunciar a nosotros mismos, no se trata sólo de dar de lo que tenemos, que bien ayuda a muchos, sino darnos a nosotros mismos, en el amor y servicio a Dios y a los demás.
 
Los que, en Jesús, se han encontrado con el amor, los que se han sentido amados, saben que, ahora, todo ese amor se vive en la fe y en la esperanza de la vida eterna. Cuando Jesús les dio a sus discípulos el mandamiento del amor, era porque se acercaba el final de su vida terrena, por eso les dice: “Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes”. De manera que el mandamiento del amor podríamos decir que es el testamento de Jesús para cuando él no esté físicamente con ellos, pero el cumplimiento del mandamiento del amor se convertirá en camino y garantía de llegar: “al cielo nuevo y a la tierra nueva… a la ciudad santa engalanada como una novia”, donde se oye la voz que dice: “Ahora yo voy a hacer nuevas todas las cosas”. Esta es la plenitud de nuestra esperanza y ha sido el motor de todos aquellos que por esperar la ciudad celestial se pusieron a construir la ciudad terrena, pues: “La importancia de los deberes terrenos no disminuye por la esperanza del más allá, sino que más bien se robustece con nuevos motivos” (GS No. 21). Así, muchos santos sirvieron y amaron a sus hermanos en esta vida porque mucho amaron a Dios y esperaban la vida eterna. A través de ellos, ya desde ahora, Dios hace nuevas todas las cosas en este mundo.
 
San Paulino de Nola, cuando los godos invadieron su país, vendió sus posesiones para rescatar a algunos de su pueblo. Después, al llegar los vándalos, ya no tenía nada que vender y se ofreció como esclavo para rescatar al hijo de una viuda. San Maximiliano María Kolbe se ofreció a morir en los campos de concentración nazi en lugar de un padre de familia que iban a fusilar. San Vicente de Paúl vivió consagrado a amparar a los abandonados de la sociedad. Su lema y vida era: “Callen las palabras y hablen las obras”, por esto fue nombrado por León XIII como patrono universal de las obras de caridad. La madre Teresa de Calcuta, el día de su funeral, recibió honores de muchas naciones y religiones por su caridad con los más pobres y abandonados sin importar su credo o nacionalidad.
 
Hermanos, nosotros estamos llamados a vivir el mandamiento del amor, pero éste no va a ser posible si antes no hemos experimentado el amor de Cristo. Si falta este fundamento no sólo no podremos amar, sino que estamos expuestos a hacer precisamente lo contrario. Todas las virtudes y los mandamientos tienen su centro en el amor, y todos los pecados y los vicios nos hablan de la falta de amor de Dios en nuestras vidas. “¡Que Dios les colme de bendiciones y les llene de su santo amor!” (San Rafael Guizar y Valencia).
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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