Homilía en la Basílica

HOMILÍA DE LA PEREGRINACIÓN A LA VILLA DE GUADALUPE
DIOCESIS DE PAPANTLA
17 de mayo de 2016

 
Queridos hermanos, damos gracias a Dios que nos permite venir nuevamente como diócesis a la casita que pidió la Santísima Virgen María para mostrar en ella todo su amor auxilio y defensa. En esta ocasión lo hacemos dentro del año de la misericordia. San Pablo nos ha dicho en la primera lectura que: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por el pecado, nos ha hecho vivir con Cristo”. Dios es misericordioso y “la misericordia del Señor dura por siempre”, hemos cantado en el salmo responsorial. Esta es la enseñanza central de toda la Biblia. Tan misericordioso es Dios que vino a nosotros en Jesucristo, por eso Jesucristo es el rostro de la misericordia, como nos ha dicho el Papa Francisco. Por eso Jesús decía: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la conversión” (Lc 5, 32).
 
Saludo fraternalmente a Mons. Lorenzo Cárdenas, nuestro obispo emérito; a Don Rafael Palma Capetillo, ahora obispo auxiliar de Xalapa; a todos los sacerdotes, así como a todos ustedes hermanos que traen en su corazón alguna suplica para presentársela a la Madre del verdadero Dios por quien se vive. Hagamos presente en esta Eucaristía a nuestros hermanos que no han podido venir y que esperan de Nuestra Señora de Guadalupe un rayo de esperanza y de misericordia. Precisamente nuestra Señora de Guadalupe le dijo a san Juan Diego: “Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”.
 
Hermanos, nuestra fe proclama a Jesucristo como Rey y a María como Reina. Dado que Jesucristo es el rostro de la misericordia, María es Madre y Reina de la misericordia. San Alfonso María de Ligorio en su libro, Las glorias de María, dice que los reyes, deben ejercitarse principalmente en las obras de misericordia; pero no de modo que los reos queden sin el justo castigo. María, si bien es Reina, no lo es de justicia, sino de misericordia. Jesucristo, como rey, se reserva para él la justicia y le ha entregado a María la misericordia.
 
Como María ha sido elevada a esta alta dignidad, decía san Alberto Magno que, podemos decirle a María lo que le decía Mardoqueo a la Reina Esther: “Advierte Señora que, si Dios te ha exaltado a la dignidad de Reina del universo, no es solamente para tu gloria, sino también para que desde la cumbre de tu grandeza puedas con más facilidad socorrernos y compadecerte de los miserables”. Por lo anterior, no hay pecador por perverso y culpable que sea, que llegue a perderse, si lo ampara María. Hagamos que María sea nuestro amparo. Precisamente quiénes son los que buscan a María, los que se reconocen pecadores, quiénes son los que proclaman a María como madre de misericordia, los pecadores.
 
A santa Brígida le dijo María: “Yo soy la Reina del cielo y la madre de misericordia, yo soy la alegría de los justos y la intercesora de los pecadores para con Dios. No hay ningún mortal tan desventurado, que mientras viva carezca de misericordia, pues por mi causa tientan los demonios menos de lo que en otro caso tentarían. Ni hay ninguno tan apartado de Dios, a menos que del todo estuviere maldito (como lo están los condenados), que, si me invocare, no vuelva a Dios y alcance misericordia”. Así que los pecadores más culpables y perdidos que acudan a su protección forman en el cielo su más rica corona.
 
Hermanos, decimos que Dios es amor y que Dios ama a nosotros pecadores, aunque nosotros no lo amemos a él. María, por ser Madre de Dios y madre nuestra, ama a los pecadores, aunque los pecadores no amen a María. Decía santo Tomás que, así como no hay un mandamiento de que las madres amen a sus hijos, María no necesita un mandamiento para amar a los pecadores. Por el contrario, somos nosotros los que, así como necesitamos un mandamiento para amar a nuestros padres, así necesitamos un mandamiento para amar a Dios y a María. ¿Por qué María nos ama tanto? Porque ama mucho a Dios. Los que aman mucho en este mundo a sus hermanos es porque aman mucho a Dios. Todos los santos han amado mucho a los demás porque han amado mucho a Dios. Ahora bien, ninguno puede amar a Dios más que María y, después de Dios, ninguno puede amarnos más como nos ama María. A Sor María del Crucificado la Virgen le reveló que era tan grande el incendio de su amor en su pecho que si las montañas lo sintieran se derretirían y que ni juntando todo el amor de las madres a sus hijos, el amor de los esposos a sus esposas y el amor de los ángeles y de los santos a sus devotos, podrían igualar el amor que María tiene a una sola alma. ¡Cuánto nos ama María!
 
Si nosotros somos pecadores y María es Madre de la misericordia eso significa que basta que nos volvamos a ella invocándole para que no desoiga nuestra suplicas. Por eso hemos venido a este santuario. Así que pidamos a Dios, por intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, aquella necesidad más sentida que traigamos en nuestro corazón. Decía Cornelio de Lápide que es mejor pedir a Dios lo que lo Virgen pide por nosotros: “Porque mayores bienes nos desea nuestra madre que los que nosotros podemos apetecer”. Así pues, pidámosle a Dios que escuche lo que María pide por nosotros, pidámoselo con fe y humildad.
 
En efecto, a Dios le gusta escuchar las súplicas que brotan de un corazón humilde. Nos dice Dios por boca del profeta Isaías: “En ese pondré mis ojos, en el humilde y en el abatido que se estremece ante mis palabras” (Is 66, 2). Estas palabras se cumplieron a la perfección en la Virgen María, por eso canta en el Magnificat que Dios: “Puso sus ojos en la humildad de su esclava”. San Ambrosio decía que: “Cada uno debe tener el alma de María para proclamar la grandeza del Señor, cada uno debe tener el espíritu de María para alegrarse en Dios. Aunque, según la carne, sólo hay una madre de Cristo, según la fe todas las almas engendran a Cristo, pues cada una acoge en sí al Verbo de Dios”.
 
Hermanos, esto es lo que Dios más quiere de nosotros, esto es lo que María más pide por nosotros. Orígenes decía que, como san Juan, nadie puede ser cristiano si no recuesta su cabeza sobre el pecho de Jesús y recibe a María como madre. Así pues, como Cristo es el único redentor y salvador nuestro, nuestro amor a María nos debe llevar a un amor más profundo a Cristo. Nuestra fe y devoción a María nos deben de llevar a una fe y devoción más profunda a Jesús. De la misma manera la oración y la invocación a María nos debe llevar a una mejor oración e invocación a Cristo nuestro único salvador. ¡Que así sea, por intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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