“Basta con que digas una sola palabra”

HOMILÍA EN EL IX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
1 Re 8, 41-43; Sal 116; Ga 1, 1-2. 6-10; Lc 7, 1-10
 
“Basta con que digas una sola palabra”
 
Queridos hermanos, en este evangelio tenemos un milagro a distancia en el que se prueba el poder de la Palabra de Jesús y la fe de un oficial romano que, por medio de unos ancianos judíos, mandó llamar a Jesús para que fuera a curar a su criado que estaba a punto de morir. “Jesús se puso en marcha con ellos” al encuentro de aquel que solicitaba su ayuda, en este caso un oficial romano simpatizante del pueblo judío que les había construido una sinagoga.
 
Notemos que el oficial no fue a buscar a Jesús, como sucede en muchos relatos de milagros. El oficial mandó decir a Jesús “que vinera a curar a su criado” y luego no quiere que entre en su casa, sino que diga una palabra que cure a su criado. Lo que pasa es que el oficial es consciente de no pertenecer al pueblo elegido y sabe que para un judío suponía impureza legal entrar en casa de un pagano. Por eso, para no causarle un problema a Jesús, le dice: “Yo no soy digno de que entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte”. Jesús también sabe de esas costumbres, pero no considera que los judíos por ser judíos sean dignos y los paganos por ser paganos sean indignos. Delante de Dios, nadie es digno. Pero, Cristo, como buen samaritano y enviado por Dios, se ha puesto en marcha hacia la humanidad enferma para curarla y hacerla digna. Esto lo ha hecho a través del pueblo de Israel, pero con la intención de llegar todas las naciones.
 
Cuando vinieron los ancianos a Jesús, de parte del oficial romano, “Jesús se puso en marcha con ellos”. Para que Jesús pueda llegar a todo ser humano, independientemente de su raza, color o nacionalidad, sólo hace falta un poco de fe. Lo que el oficial romano había oído de Jesús y su propia experiencia fue la base para comprender el poder de la Palabra de Jesús. Él sabía que cuando ordenaba a alguien, su palabra era obedecida al momento: “Le digo a uno: ‘¡Ve!’, y va; a otro: ‘¡Ven!’, y viene; y a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”. Por eso, descubriendo la grandeza de Jesús y el poder de su Palabra le dice: “Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano”. Con estas palabras, con esa humildad y con esa confianza el oficial romano consiguió la curación de su siervo.
 
En el oficial romano tenemos un modelo de fe en el poder de la Palabra de Jesús. Quizá el oficial no pensó como nosotros hoy, que Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre; pero sí que era “un hombre de Dios” y que por lo mismo su Palabra tenía el respaldo y el poder de Dios. El evangelio afirma varias veces que la gente veía que la Palabra de Jesús tenía autoridad sobre los demonios (cfr. Lc 4, 36), y por esto decían que enseñaba con autoridad y no como los escribas (cfr. Mc 1, 22). La gente constataba que la Palabra de Jesús no sólo comunicaba una doctrina, sino que trasmitía un poder que podía curar a los enfermos, así como cambiar los corazones de los pecadores.
 
También en el centurión tenemos un modelo de humildad, sobre todo porque era pagano y, además, oficial romano. No era usual que un oficial romano pidiera un favor a un judío, pero el evangelio da a entender que este hombre era simpatizante de los judíos, pues les había construido una sinagoga, lo cual indica que era un hombre en la búsqueda del poder de Dios, un hombre en búsqueda del Dios verdadero, que sabía reconocer su indignidad. A Jesús le manda a decir: “Yo no soy digno de que entres en mi casa”. A los ojos de Dios, como lo prueba la parábola del fariseo y el publicano (cfr. Lc 18, 9-14), el hombre que se siente digno muchas veces no lo es y, por el contrario, el que se siente indigno, Dios lo hace digno.
 
Por la fe y las palabras del oficial romano Jesús dice: “Yo les aseguro que ni en Israel ha hallado una fe tan grande”. Estas palabras de Jesús a un pagano pueden ser una advertencia a nosotros los que formamos parte de la Iglesia. En aquel tiempo Jesús dijo que no encontró en Israel una fe como la del oficial romano. Preguntémonos ¿Cómo vivimos nuestra fe, los que somos parte de su nuevo pueblo que es la Iglesia? ¿No nos habremos desviado del camino? ¿No estaremos predicando un evangelio distinto como advertía Pablo a los gálatas? San Pablo es consciente de que hay esa posibilidad. El evangelio, por su parte, nos enseña la posibilidad de que alguien de afuera tenga más fe que los que estamos adentro.
 
Lo anterior nos habla, por un lado, de que nuestra pertenencia a la Iglesia no siempre es sinónimo de fe, como tampoco la no pertenencia sea siempre sinónimo de incredulidad. Muchas veces estamos en la Iglesia porque nuestros padres nos bautizaron, pero no hemos conocido y asumido de manera adulta la gracia que se nos ha dado. Por el contrario, a veces nos encontramos con personas que no son parte de nuestra Iglesia y buscan a Dios, luchan por un mundo mejor y tienen un gran respeto por sus semejantes, así como por los valores que nosotros vivimos y enseñamos. En este sentido, el catecismo de la Iglesia católica, comentado aquella frase antigua que dice que fuera de la Iglesia no hay salvación, afirma que: “No podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella” (No. 846). En cambio: “Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (No. 847).
 
Hermanos, el oficial romano nos representa puesto que nosotros tampoco pertenecíamos al pueblo de Dios; sin embargo, Jesús ha venido al encuentro de todos los hombres independientemente de su nacionalidad. San Pablo lo constató cuando veía que muchos, que no eran del pueblo de Israel, aceptaban la predicación del evangelio. Por esto mismo afirmó que también los paganos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús (cfr. Ef 3, 6). Así que, ahora no sólo pertenecemos al nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia, sino que Jesús ha venido a nuestro encuentro y se quedado con nosotros en la Eucaristía. Por eso nosotros, reconociendo esa presencia suya, antes de comulgar decimos las palabras del oficial romano: “Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Por cierto, esta palabra la podríamos decir a Jesús en cualquier otro momento, dificultad, problema o tentación que tengamos. Recordemos el poder salvador de la Palabra de Jesús y digámosle, como el oficial romano: “Señor basta que digas una palabra y mi situación o mi problema cambiará”. Pero hay que hacerlo con fe y humildad y Jesús vendrá a nuestro encuentro. A diferencia del centurión dejemos que Jesús entre en nuestra casa. ¡Que Dios les bendiga!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 
 
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