“Tus pecados te han quedado perdonados”

HOMILÍA EN EL XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
2 Sm 12, 7-10. 13; Sal 31; Ga 2, 16. 19-21; Lc 7, 36-8, 3
 
“Tus pecados te han quedado perdonados”
 
Queridos hermanos, en este evangelio tenemos tres personajes: Jesús, un fariseo y una mujer de mala vida. La presencia de la mujer en casa del fariseo es para no creerse, pues resultaba muy atrevido de su parte y, por otro lado, el fariseo no la hubiera aceptado. En realidad, es un artificio literario de san Lucas para poner ante Jesús a dos tipos de personas que hay en la humanidad, los que se creen buenos y los que se saben pecadores. En el evangelio, san Lucas, para interpelarnos a cada uno de nosotros, en varios relatos presenta dos tipos de personajes. Por ejemplo, la parábola del hijo prodigo y el hijo cumplidor (cfr. Lc 15, 11-32) o la parábola del fariseo y el publicano que van al templo a orar (cfr. Lc 18, 9-14).
 
En el evangelio de hoy, ante una persona marginada en la sociedad judía, por doble motivo, por ser mujer y por su oficio, el más viejo del mundo: “una mujer de mala vida”, se demuestra que la misericordia de Dios no excluye a nadie, Jesús había dicho yo no he venido llamar a los justos, sino a los pecadores a la conversión (cfr. Lc 5, 32). De manera que con esta mujer se ve muy claro el llamado a los pecadores a la conversión, pero no sólo a los que son considerados como tales, sino sobre todo a los que se creen justos como el fariseo.
 
Llama la atención que esta mujer no fue llevada ante Jesús, sino que ella misma fue a su encuentro y tuvo el atrevimiento de ir hasta la casa de un fariseo para ungir a Jesús con un perfume porque ha reconocido en él la fuente del perdón, la fuente de la misericordia. Si bien parece irreal que haya sucedido así, la escena es para indicar que el reconocimiento de sus pecados, el saberse amada y perdonada es lo que mueve a esta mujer para mostrar su amor a Cristo y, por otro lado, que, ante el arrepentimiento sincero, la respuesta de Dios es el perdón: “Tus pecados te han quedado perdonados”. Simón el fariseo quiso quedar bien consigo mismo invitando a Jesús a su casa, pero olvidó los gestos de la hospitalidad; en cambio la mujer pecadora con sus gestos, no acogió a Jesús en su casa, sino en su propia vida.
 
El evangelio también nos enseña que, para que Jesús entre en nuestra vida, debemos reconocernos pecadores, así como comprender a los demás para no caer en el fariseísmo. El que se cree justo no siente la necesidad de perdón ni la necesidad de amar. En esta situación se pierde el sentido del pecado y, como consecuencia, también el sentido de Dios. El fariseo se cree justo y concibe en su mente un juicio condenatorio sobre Jesús y sobre aquella mujer pecadora: “Si éste fuera profeta, sabría qué clase de mujer lo está tocando, sabría que es una pecadora”. Pero san Juan nos dijo que si decimos que no tenemos pecados nos engañamos y la verdad no está en nosotros (cfr. 1 Jn 1, 8). Si la verdad no está en nosotros, Jesús tampoco está en nosotros, pues él es el camino la verdad y la vida (cfr. Jn 14, 6).
 
Por esto la parábola contada por Jesús al fariseo habla de dos deudores insolventes, uno que debía quinientos denarios y otro cincuenta. En realidad, se trata de la misma mujer y del fariseo. “¿Cuál de ellos lo amará más?” La respuesta espontánea del fariseo es que el que se le ha perdonado más. El Señor Jesús confirma este pensamiento: “Sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho”. La verdad es que en el fariseo y la mujer pecadora nos vemos representados todos, pues unos nos creemos justos y otros nos reconocemos pecadores. Como en la parábola del fariseo y el publicano, Simón se cree justo y condena a la mujer pecadora; la mujer se reconoce pecadora y queda perdonada. Jesús nos enseña que el que se cree justo y desprecia a los demás no sabe amar; en cambio el que se reconoce pecador, amado y perdonado es el que ama mucho a Dios y a los demás.
 
Si el fariseo y la mujer pecadora nos representan, nos podríamos preguntar quién debe estar más agradecido con Dios, ¿el que se le perdonaron muchos pecados o el que casi no ha pecado? Si profundizamos un poco, en realidad, todos bebemos vivir agradecidos con Dios, unos porque hemos sido perdonados de muchos pecados, otros, porque Dios nos ha ayudado, con su gracia, para no caer en tantos pecados. La gracia de Dios no sólo ayuda para sacarnos del pecado, sino para evitar que caigamos en él.
 
Después de la declaración de Jesús: “Tus pecados te han quedado perdonados” la gente se preguntaba: “¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?” La pregunta tiene de fondo la explicación de que sólo Dios puede perdonar los pecados y apunta, no ha poner en duda, sino a afirmar que Jesús es Dios y en él todos somos perdonados. Más tarde, en los relatos de la resurrección aparece claramente, en el mandato misionero, que el perdón de los pecados es el fin de la predicación evangélica que Jesús encargó a los apóstoles, y a través de ellos a su Iglesia. En san Lucas Jesús pide a sus apóstoles que prediquen en su nombre la conversión para el perdón de los pecados (cfr. Lc 24, 47) y en san Juan les dice: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados les quedan perdonados y a quienes se los retengan les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23).
 
Al final del relato, el evangelio nos dice que Jesús recorría ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios y lo acompañaban los Doce y algunas mujeres. Con estas palabras vemos que Jesús rompió las barreras culturales de aquel tiempo, las cuales marginaban a las mujeres. El evangelio menciona a tres mujeres por su nombre, a María Madalena, Juana, la mujer del administrador de Herodes, Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes. Desde entonces y hasta hoy las mujeres sostienen la misión de la Iglesia con su acción, con su oración y con su cooperación.
 
Así pues, hermanos, Dios, que es amor y misericordia, ha querido en su designio que todos, aunque pecadores, colaboremos en la obra de la salvación y que su misericordia se derrame sobre todos y cada uno de nosotros. Para ello, sin hacer a un lado su acción directa en las almas, ha querido también asociar a su Iglesia en el ministerio de la reconciliación. Por eso, así como a Dios lo ofendemos en forma indirecta a través de lo que le hacemos a los hermanos, así también Dios ha querido que, a través de nuestros hermanos, nos llegue el perdón, es decir a través de la Iglesia. Este perdón y este amor se nos comunican en el sacramento de la reconciliación, en el que el sacerdote en nombre de Cristo repite las mismas palabras de Jesús a la mujer pecadora: “Tus pecados te han quedado perdonados… vete en paz”. Como esta mujer, acerquémonos a Cristo que se hace presente en la celebración de la Eucaristía y es la fuente del perdón y la fuente de la misericordia en el sacramento de la reconciliación. Que así sea.
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 
 
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