“Jesús designó a otros setenta y dos discípulos”

HOMILÍA EN EL XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 66, 10-14; Sal 65; Ga 6, 14-18; Lc 10, 1-12. 17-20
 
“Jesús designó a otros setenta y dos discípulos”
 
Queridos hermanos, el evangelio de hoy nos enseña que los misioneros abren camino y tocan el corazón de las personas en aquellos lugares a dónde Jesús va a llegar después. Jesús llega a los seres humanos a través de la predicación de sus misioneros. Por otro lado, la misión no se puede hacer de manera individual, sino en comunidad, por eso Jesús mandó a otros setenta y dos discípulos “de dos en dos”. La designación de estos discípulos indica, por un lado, que la misión es tarea de todos los miembros de la Iglesia y, por otro lado, que el evangelio no tiene fronteras, sino que debe llegar hasta los confines de la tierra (cfr. Hch 1, 8).
 
Dada la universalidad de la misión, es muy importante que la misión comience por la oración y además debe tener como contenido la necesidad de pedir más misioneros. Por esto, es a los discípulos a quienes Jesús les dice: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Una misión que no parta de la oración y no conduzca ella está condenada al fracaso porque no se está confiando ni buscando a Dios, sino que, por un lado, se hace simple y sencillamente como una realización personal y, por el otro lado, no se busca que los oyentes vayan a Dios o se encuentren con él. Para que la misión tenga los frutos que Jesús quiere debe tener, como punto de partida y de llegada, a Dios. Dios es el principio, el contenido y el fin de la misión.
 
Para llevar a cabo su misión, los discípulos de Jesús se enfrentan a un mundo adverso a los valores del Reino. Por eso, como Jesús, deben estar preparados para sufrir la incomprensión y el rechazo. En este sentido se comprende que Jesús dice: “Pónganse en camino. Yo los envío como corderos en medio de lobos”. En esta palabra tenemos un mandato, un envío y un desafío. Por tanto, los discípulos, a pesar de las dificultades, no deben encerrarse, sino que siempre deben buscar caminos para llevar el evangelio a donde son enviados. Pero, ¿por qué como corderos en medio de lobos? Es decir, que lo deben hacer al estilo de Jesús. Recordemos que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (cfr. Jn 1, 29). El Hijo de Dios fue enviado por Dios al mundo como Cordero en medio de lobos. Jesús fue el enviado de Dios, los discípulos son enviados de Cristo, así que sus discípulos se tienen que enfrentar a las mismas adversidades que se enfrentó Jesús. A propósito, en la segunda lectura de la misa san Pablo nos dijo: “No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestros Señor Jesucristo… que nadie me ponga más obstáculos, porque llevo en mi cuerpo la marca de los sufrimientos que he pasado por Cristo”.
 
Como Jesús anunció el evangelio, así lo deben hacer sus discípulos. Por eso, su confianza más que en los medios humanos debe estar en la fuerza de Dios. Es esto lo que significa: “No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias”. Los discípulos deben ir desprendidos de todo, no deben ser portadores de riquezas materiales ni confiar en ellas para la realización de la misión. La confianza absoluta debe estar en el Señor y la riqueza que hay que llevar es solamente Dios. También dice Jesús: “No se detengan a saludar a nadie por el camino”. Con esta palabra no se indica que se sean mal educados, sino que no deben perder el tiempo, es urgente anunciar el evangelio. Decía san Pablo que la caridad nos apremia para que los que viven no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (cfr. 2 Co 5, 14-15).
 
El contenido central de la predicación de los discípulos es el anuncio de la cercanía del Reino de Dios. Esta cercanía no es una cercanía cronológica, sino espiritual y existencial en el que acepta la predicación del evangelio. El Reino de Dios es el contenido de la predicación y la paz es la consecuencia en el corazón de aquellos que aceptan la buena nueva. En definitiva, la llegada del Reino de Dios es la llegada de Dios o la llegada de Cristo. Por esto llega la paz, porque llega Dios al corazón del que acepta el evangelio. Así se cumple en toda la extensión de la palabra la promesa que Dios hizo a Jerusalén por boca del profeta Isaías, y que leímos en la primera lectura de la misa de hoy: “Yo haré correr hacia Jerusalén como un río la paz”. Dios es como un río de agua viva, o como dijera el profeta Jeremías: “manantial de aguas vivas” (Jr 2, 13), por eso decía Jesús el que tenga sed que venga mí y beba (cfr. Jn 7, 37).
 
Otra consecuencia de la llegada el Reino de Dios es la salud. Jesús dijo a sus discípulos: “Curen a los enfermos que haya y díganles: Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios”. Nos podemos preguntar si los misioneros deben ser médicos. La respuesta es afirmativa, pero médicos del alma, por eso dice Jesús: “Díganles que ya se acerca el Reino de Dios”. Como sabemos, muchas enfermedades tienen causas naturales; pero también es cierto que un gran porcentaje de enfermedades corporales tienen una causa psicológica o espiritual. La ausencia de Dios en el alma, el odio, la venganza, el dolor, la angustia o la desesperación son la causa de muchas enfermedades. Si con la llegada de Dios al corazón del hombre, llega también el amor, la paz, la confianza y la esperanza en un futuro mejor, entonces, llega también la salud espiritual y ésta se traduce también en salud corporal. Por eso el mandato misionero de Jesús: “Curen a los enfermos”, tiene todo su valor y todo su vigor. En este sentido, la salud corporal es símbolo de la salud espiritual; en definitiva, es símbolo de la salvación.
 
Cuando los discípulos regresaron llenos de alegría, contaron la satisfacción de haber vencido a Satanás, cosa que confirma Jesús cuando dice que lo vio caer del cielo como un rayo; pero Jesús dice que eso no es lo más importante: “No se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”. Los éxitos misioneros no tienen valor en sí mismos, lo que realmente vale y nos debe alegrar profundamente es nuestro destino eterno, nuestra salvación. La misión ciertamente es un estímulo fuerte para vivir y acrecentar la fe, pues la fe se fortalece dándola, pero lo más importante es el contenido de la fe. Cuando se tramite la fe se trasmite a Dios, cuando se es portador de la fe se es portador de Dios. En la realización de la misión, a Dios se da y a Dios se recibe, a Dios se entrega y a Dios se espera.
 
Hermanos la Iglesia existe para evangelizar y para ser evangelizada. Por la gracia del bautismo somos miembros de la Iglesia y, por ser miembros de la Iglesia, tenemos la misión de anunciar a Cristo para que otros crean y lo acepten en su vida y llegue a ellos la paz. Ahora bien, para anunciar a Cristo no es necesario ir a un país lejano, se puede hacer en el propio barrio o en nuestra comunidad. Ciertamente todos debemos anunciar a Cristo, aunque sea al vecino, al compañero de trabajo o a nuestro hermano, hermana, esposo o esposa. Hagámoslo para que nuestros nombres estén escritos en el cielo ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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