HOMILÍA EN LA PEREGRINACION A LA VIRGEN DEL CARMEN

HOMILÍA DE LA PEREGRINACION A LA VIRGEN DEL CARMEN
12 de julio de 2016
 
Queridos hermanos todos en Cristo nuestro Señor. Como diócesis de Papantla, hemos venido en peregrinación ante la imagen bendita de nuestra Señora del Carmen en este año de la misericordia.
 
En la primera lectura hemos escuchado que Dios ofrece al rey Ajaz una señal de que Dios está con él, de que está a su favor; pero el rey no quiere pedir ninguna señal porque, según él, no quiere tentar a Dios. La verdad es que lo que le faltaba era fe. No obstante Dios dice que él mismo dará una señal: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros”. A diferencia del Rey Ajaz, María en el evangelio, cuando el Ángel le anuncia que ha hallado gracia ante Dios y que va a concebir un hijo, que será llamado Hijo del Altísimo y que Dios le dará el trono de David su padre, pone una objeción, o más bien, pide una señal de que esto sea posible puesto que permanece virgen. Y el Ángel le da una señal del poder de Dios: “Ahí tienes a tu parienta Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril”. Si Dios puede hacer que una mujer estéril y de avanzada edad pueda concebir un hijo, puede también hacer que una joven Virgen sea la madre de su Hijo. Entonces María concluye diciendo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
 
¡La fe tiene sus señales! Dios sí da señales a los que tienen fe. El rey Ajaz no quiso pedir señales a Dios; pero las señales de Dios ahí estaban de todas maneras, aunque por falta de fe el rey no las descubrió. En efecto, cuando falta la fe no se piden señales o se piden señales demostrativas como los escribas y fariseos que pedían una señal del cielo para poner a prueba a Jesús y Jesús dijo que no se les daría ninguna señal, sino la de Jonás (cfr. Mt 12, 38-40), pues, así como estuvo Jonás tres días en el vientre de la ballena así estaría tres días el Hijo del hombre bajo la tierra. Se trata de Cristo crucificado, del cual decía Pablo que no quería gloriarse en otra cosa, sino en él; se trata de la señal de la cruz. Todo camino tiene señales; el camino de la fe también tiene las suyas. El signo principal de nuestra fe es Cristo crucificado: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto así tiene que ser levantado el Hijo del hombre” (Jn 3, 14).
 
Junto a esta señal, es decir junto a Cristo crucificado estaba María. Pero no sólo en el momento de la cruz, María estuvo presente también con los discípulos en la espera del Espíritu Santo y en las tribulaciones de la Iglesia naciente. El libro del Apocalipsis nos dice que, en los momentos difíciles de persecución a la Iglesia, como signo de victoria y de esperanza, apareció una señal en el cielo: “Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12, 1). Sí, nuestra fe tiene como señales principales a Cristo y a María. Somos cristianos y somos marianos.
 
Dios se comunica con su pueblo por medio de signos, incluso por medio de la misma naturaleza; como en el signo de la alianza con Noé, Dios se valió del arco iris para decir que nunca jamás volvería a destruir la vida (cfr. Gn 9, 8-11) o como dice el salmo: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 19, 1). En la naturaleza, los magos vieron una estrella y se pusieron en camino, la estrella fue una señal de fe para llevarlos al niño Dios para adorarlo; a los pastores los ángeles les dijeron que la señal era un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cfr. Lc 2, 12). Las señales de la fe son señales de vida. El rey Ajaz, por falta de fe, no descubrió esa señal, en cambio María vio en el embarazo de Isabel el signo del poder del Dios dador de vida que le pedía su sí para que viniera al mundo el Salvador. Por esto honramos a María por la aceptación del plan de Dios en su vida para darnos al Salvador y por eso es nuestra intercesora para que nosotros, como ella, descubramos las señales de Dios y digamos como ella: “Hágase en mí según tu palabra”.
 
En este sentido, la Iglesia diocesana de Papantla, como parte de su historia, tiene como patrona a la Santísima Virgen María del Monte Carmelo. Esto significa que la Virgen del Carmen es un signo de Dios para este pueblo que peregrina en estas tierras. Podemos decir incluso que esta diócesis de Papantla tiene su monte Carmelo en esta Perla de la Sierra, en el pequeño monte donde se encuentra ese santuario tan pequeño, pero tan hermoso dedicado a la Virgen del Carmen. Por esta razón, cada año, la diócesis, representada en los que vienen a esta Eucaristía, peregrina al encuentro de Nuestra Señora, en esta Santa Iglesia Catedral, donde ha sido trasladada la imagen de la Virgen para poder ser visitada por todos nosotros.
 
El apóstol Tomás, cuando los demás apóstoles le dijeron que habían visto a Cristo resucitado, para fortalecer su fe, dijo que no creería si no veía las señales de la pasión y Cristo resucitado le dio las señales que pedía, las señales del crucificado. Nosotros, como peregrinos, buscamos a Dios guiándonos por las señales que nos ha dejado en nuestra historia. Cristo resucitado, dio su espíritu a los apóstoles y fundó la Iglesia de la que formamos parte; en ella, nos salvamos por la fe y por los sacramentos de la fe. Los sacramentos son los principales signos del camino de la fe. Por eso, como bautizados, en este año de la misericordia, hemos venido a pasar por la puerta santa al encuentro de Cristo en la Eucaristía ante la imagen bendita de nuestra Señora del Carmen para darle gracias por tantos favores recibidos.
 
Si revisamos un poco el camino de nuestra vida, seguramente podremos recordar todas aquellas señales que Dios nos ha dado de que ha estado con nosotros. ¡Cuántos momentos o acontecimientos no se pueden explicar sin la presencia de Dios, sin su protección, sin su amor misericordioso! ¡En cuántos acontecimientos la Santísima Virgen María ha sido nuestra intercesora, ya sea porque se lo pedimos o simplemente porque estaba al cuidado de sus hijos, que somos nosotros! Por eso, al venir como peregrinos ante la imagen de nuestra Señora, le damos gracias a Dios y a María con esta Eucaristía.
 
Hermanos, nuestra fe trinitaria tiene como centro a Cristo, nuestro único salvador, y a María como nuestra poderosa intercesora. Así pues, pidámosle a nuestra Señora que interceda por nosotros para que en medio de los acontecimientos que nos toca vivir hoy, y que a veces no parecen nada halagadores, descubramos las señales de que Dios está con nosotros y que sigamos las señales que nos lleven por el verdadero camino y no nos dejemos engañar de señales que nos aparten de la fe. Que, al descubrir las señales que Dios nos da para poder seguirlo, sepamos aceptar la voluntad de Dios en nuestra vida y le digamos como la Virgen María: “Hágase en mí según tu palabra”. ¡Qué así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
Compartir en:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter