“Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta”

HOMILÍA EN EL XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 66, 18-21; Sal 116; Hb 12, 5-7. 11-13; Lc 13, 22-30
 
“Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta”.
 
Queridos hermanos, en el evangelio de hoy se le hace una pregunta a Jesús: “¿Es verdad que son pocos los que se salvan?”. Pregunta que Jesús no responde, como querían, sino que con sus palabras da una respuesta que va más allá de la curiosidad sobre el número de los que se salvan. Lo hace con estas palabras. “Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta”. Lo importante no es saber cuántos se salvan, sino esforzarse por alcanzar la salvación. En los evangelios se constata que siempre que le preguntaban algo a Jesús, daba respuestas que apuntaban a un plano superior para que sus oyentes pusieran su mirada en algo más importante. A la samaritana, que preguntaba dónde se debía adorar a Dios, Jesús no le dijo en qué lugar, sino como se debía adorar a Dios: “En Espíritu y en verdad” (Jn 4, 24); así, a éste que pregunta por el número, Jesús le dice que lo importante es que se esfuerce por entrar.
 
Después de esta exhortación, Jesús ilustra su contenido con una parábola en la que se dice que: “Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán fuera”. Esta puerta que ahora impide la entrada a unos, los que, según la parábola, eran los primeros, es decir los judíos; se abre ahora para otros: “Los que vendrán del oriente y del poniente, del norte y del sur”, es decir, como dice el evangelio al final: “los que ahora son últimos, serán los primeros”. Se trata de todos los pueblos de la tierra que no pertenecían al pueblo de Dios y que ahora se unen a Abraham, Isaac, Jacob y los profetas en el Reino.
 
El evangelio nos indica que la puerta para entrar en el Reino es estrecha, pero está abierta para todos: “Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4). La salvación es iniciativa de Dios, pero exige la respuesta del hombre. Dios no impone la salvación, la ofrece. El hombre con el uso de su libertad puede aceptar o rechazar la salvación, viviendo conforme al evangelio o rechazándolo. Al momento presente para nosotros la puerta está abierta, cuando llegue la última hora la puerta se cerrará y algunos quedarán adentro y otros se verán echados fuera.
 
Los Padres de la Iglesia, de los primeros siglos, veían en la puerta del arca de Noé una figura de la puerta de entrada en la nueva arca de salvación que es Cristo. Consideraban que Cristo colgado en la cruz era la nueva arca de la salvación y la herida de su costado, era la puerta por donde entraría la nueva generación. Es decir, la puerta angosta es Cristo por eso dijo él: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre si no es por mí” (Jn 14, 6). Jesús es el camino para ir al Padre, Jesús es la puerta angosta para entrar en su Reino, Jesús es la puerta para entrar en la salvación (cfr. Jn 10, 7-9). Bueno Jesús es la misma salvación, encontrar la salvación es encontrarse con Jesús. Si Jesús es la puerta, para poder pasar por ella hay que tener las medidas reglamentarias: seguir a Jesús, ser su discípulo, vivir como él, tomar la cruz como él, vivir para los demás como él. La medida es Cristo, el que se parezca más a Cristo podrá entrar por la puerta que es él.
 
La puerta estrecha es seguir el camino de la cruz, el camino de la renuncia, el camino del sacrificio o el camino de la corrección, como nos lo señala hoy la carta a los hebreos. ¿Qué cosas hay que cambiar en nuestra vida? o ¿qué cosas Dios tiene que corregir en nosotros para que podamos entrar en su reino? Desafortunadamente muchos quisieran una puerta ancha, es decir una salvación sin exigencias, sin justicia, sin compromisos. En el mundo de hoy el seguimiento de Cristo no tiene rating porque se quiere vivir sin moral y se tiene miedo a la interioridad, se vive en la superficialidad, se valora más el género que el ser, el éxito más que el servicio. Por eso decía san Ignacio de Loyola que necesitamos ser indiferentes a todas las cosas creadas, que lo mismo nos dé tenerlas que no tenerlas. Ahora bien, si alguna cosa nos ayuda para ir a Dios hay que tratar de abrazarla, aunque nos disguste, y si alguna cosa nos estorba para acercarme a Dios, hay que dejarla, aunque nos guste. Para entrar en el Reino de Dios puede ser que algunos excesos nos estorben o vacíos de misericordia nos lo impidan.
 
Según la parábola, los que se quedan echados fuera, son los judíos, los que se sentían seguros de la salvación, por pertenecer al pueblo de Dios, porque Jesús había predicado en sus plazas. Esto significa que para entrar al Reino de Dios no depende de privilegios ni de nacionalidad, sino de aceptar la salvación y ajustarse a sus exigencias. La salvación no es un derecho, sino gracia que se ha de aceptar y con la cual hay que ser responsables pues se puede perder por no vivir conforme al evangelio. Para entrar al Reino tenemos que ajustarnos a la Palabra de Dios, a las enseñanzas de Cristo, a sus principios, a sus valores, es decir tenemos que ser cristianos, parecernos a Cristo lo más que podamos. Si no hacemos el esfuerzo por convertirnos, no estaremos haciendo el esfuerzo por entrar en el Reino y corremos el riesgo de quedarnos fuera. Lo que les pasó a los judíos nos puede pasar también a nosotros hoy. Según la parábola, aquellos decían: “Señor ábrenos… hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas”. Nosotros podríamos decir: “estamos bautizados, vamos a Misa, leemos la Biblia, predicamos tu Palabra”. Pero a nosotros, si no vivimos conforme a su voluntad, nos puede decir también: “No sé quiénes son ustedes. Apártense de mí todos ustedes los que hacen el mal”.
 
El Papa Francisco en este año de la misericordia nos ha dicho que Cristo es el rostro de la misericordia y nos ha invitado a encontrarnos con él pasando por la puerta santa que se ha dedicado para este encuentro con Dios en las catedrales del mundo o en los santuarios. Por lo anterior, en este año hemos hecho diversas peregrinaciones para pasar por la puerta santa, pero dice el Papa no basta que busquemos misericordia, sino que como dice el lema de este año de Gracia: “Que seamos misericordiosos como el Padre”. Por tanto, si no somos misericordiosos de nada nos servirá decir que hemos entrado por la puerta de la misericordia. Si no hemos vivido el evangelio, el Señor nos puede decir: “No sé quiénes son ustedes”. No basta decir que soy católico, hay que serlo de verdad, necesitamos vivir en coherencia con el evangelio, no es cuestión de hablar, sino cuestión de amar.
 
Hermanos, Cristo es la puerta estrecha, pero en este momento siempre abierta. Cuando llegue el final de los tiempos esta puerta se cerrará. ¿Cuándo será ese día?, no lo sabemos. Lo importante es que, ahora antes de que el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, nos esforcémonos por entrar en el Reino siendo verdaderos amigos de Jesús. Para esto hay que buscarlo en la celebración de la Eucaristía, en la oración diaria y en nuestros hermanos más necesitados de misericordia. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 
 
 
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