“Auméntanos la fe”

HOMILÍA EN EL XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Hab 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94; 2 Tm 1, 6-8. 13-14; Lc 17, 5-10
 
“Auméntanos la fe”
 
Queridos hermanos, en el evangelio de hoy los discípulos le piden al Señor Jesús que les aumente la fe. El Señor Jesús les responde indicando la grandeza del que tiene fe, a diferencia del servilista que sólo cumple la ley. Tanto el que quiere aumento de fe como el que sólo hace lo que tiene que hacer mantiene una mala relación con Dios. No se trata de aumentar la cantidad, sino la calidad. No se trata sólo de cumplir la ley como esclavos, sino de vivirla como hijos.
 
La fe es la respuesta del hombre a la revelación de Dios: “Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando «a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad», y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe son necesarios la gracia de Dios, que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da «a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad». Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones” (Dei Verbum No. 5).
 
El Papa Benedicto nos dijo en su carta Porta Fidei, que la fe es una puerta: “Que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia… Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna” (Porta Fidei No. 1). Por otro lado, fe tiene como centro la persona de Jesucristo: “Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación” (Porta Fidei No. 3). Cuando le preguntaron a Jesús: “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?”, él contestó diciendo que no se necesitan muchas obras, sino una sola: “La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quién él ha enviado” (Jn 6, 28-29).
 
Ahora bien, la fe no puede estar separada de la esperanza y de la caridad, una lleva a la otra. Los Padres de la Iglesia, hablando de la conversión, afirmaban la unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad: “La fe y la caridad son el principio y el fin de la vida: el principio es la fe, el fin la caridad. Cuando ambas virtudes van a la par se identifican con Dios. El que profesa la fe no peca, el que posee la caridad no odia. Así como por el fruto se conoce el árbol, así los que pertenecen a Cristo se distinguen por sus obras” (San Ignacio de Antioquía a los Efesios). El Papa Benedicto nos dijo también que la fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin la fe es un sentimiento constantemente a merced de la duda. Gracias a la fe que, actúa por la caridad (Gá 5, 6), podemos reconocer el rostro de Cristo en los necesitados de nuestro amor (cfr. Porta Fidei No. 14). Dice hoy el profeta Habacuc que: “El malvado sucumbirá sin remedio; el justo en cambio, vivirá por su fe”. La fe es vida en Dios ya desde ahora y aunque la fe se acabará a la hora de la muerte se prolongará en el amor, el cual, como dice san Pablo, no pasará nunca (cfr. 1 Co 13, 8).
 
Según lo anterior, la fe auténtica, que es adhesión, entrega y obediencia a Dios, nos une profundamente a Él y, como consecuencia, podemos hacer grandes cosas; pero la falta de fe o una fe que no madura pone de manifiesto que nuestra relación con Dios puede ser totalmente equivocada o superficial. De manera que cuando pedimos, como los discípulos, “auméntanos la fe”, en realidad lo que pedimos es que nuestra poca fe sea más fuerte, más confiada, más auténtica y, por consiguiente, nuestra vida más entregada a Dios. En realidad, no sería necesario pedir aumento de fe, sino que vivamos profunda y coherentemente la poquita fe que tengamos, por eso Jesús les dijo: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y los obedecería”. Con estas palabras Jesús no dice a sus discípulos que tienen poca, fe, sino que no tienen ni siquiera como un granito de mostaza.
 
Después de la respuesta, Jesús continúa con una parábola en la que pregunta si el amo de un siervo: “¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?”. En seguida concluye con una frase con la cual invita a evitar el peligro del legalismo servil: “Cuando hayan cumplido lo que se les mandó digan: No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Nosotros como hijos de Dios estamos llamados a superar los límites del cumplimiento de la ley. Claro que cuando falta la fe, se mantiene una relación con Dios meramente legalista pensando que basta con cumplir la ley.
 
Cuando vivimos según la ley podemos tener dos posturas equivocadas: la de transgresores que ni siquiera hacemos lo mandado por ella, o la de esclavos que sólo la cumplimos y no hacemos más allá de lo mandado. Este último es el mejor de los casos, la humanidad estaría mejor si se cumplieran las leyes; sin embargo, en relación con Dios, el cumplimiento de la ley nos hace esclavos y él quiere una relación de hijos. En una relación de hijos no se trasgrede la ley, sino que se supera por una relación vital y personal, por la fe que es unión a Dios y a su amor, por la fe que nos lleva a actuar en la caridad. El amor es el que mueve nuestra vida, es el que rige todas nuestras relaciones.
 
El evangelio nos invita a ir más allá de la ley. La ley hace esclavos, el evangelio hace hijos. Vivamos pues como hijos de Dios, actuamos no porque se nos manda, sino porque creemos en nuestro Padre Dios, porque esperamos de él, porque lo amamos a él. Bien decía san Pablo, la letra mata; el espíritu es el que da la vida (cfr. 2 Co 3, 6). Nuestra relación con Dios no debe ser según la ley, es decir según el cumplimiento, sino según la fe viva y operante, según la esperanza y según el amor a Dios que esperamos continuar en la vida eterna.
 
Queridos hermanos, que las dificultades por las que pasamos no nos paralicen en la misión que cada uno de nosotros tenemos, pero sobre todo que no paralicen nuestra fe, nuestra solidaridad y nuestra caridad. El Señor Dios constantemente está probando nuestra fe, nuestra esperanza y el ejercicio de la caridad. Pidámosle al Señor Jesús que nos aumente la fe, es decir nuestra entrega a Dios, y nuestra esperanza en la vida eterna y nuestra caridad hacia los más necesitados. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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