“Yo soy el Buen Pastor”

HOMILÍA EN EL IV DOMINGO DE PASCUA
Hch 4, 8-12; Sal 117; 1 Jn 3, 1-3; Jn 10, 11-18

“Yo soy el Buen Pastor”

Queridos hermanos, el cuarto domingo de pascua es el domingo del Buen Pastor. Por esto, cada año, en este día, siempre se lee un pasaje del capítulo 10 del evangelio de san Juan. En el pasaje del evangelio de hoy Jesús dice: “Yo soy el buen pastor”. No dice que sea un buen pastor, sino ‘el Buen Pastor’, es decir el verdadero, el auténtico, el único. Jesús dice esto porque viene a cumplir la promesa que Dios hizo en el Antiguo Testamento de apacentar personalmente a sus ovejas (cfr Ez 34, 15). Por otro lado, dado que en este pasaje evangélico Jesús se dirige a los fariseos esto significa que quiere aclarar que él es el Buen Pastor, a diferencia de los fariseos que son asalariados, es decir que sólo piensan en su propio interés y cuando ven al lobo huyen y abandonan al pueblo dejándolo a su suerte.

Dice Jesús: “El buen pastor da la vida por las ovejas”. Esta expresión, “dar la vida” se repite varias veces en este breve pasaje del evangelio, lo cual indica la importancia que esto tiene. En efecto Jesucristo vivió su vida por nosotros, dio su vida por nosotros en la cruz y resucitó para nuestra justificación (cfr. Rm 4, 25). Ese ‘dar la vida de Jesús’ debe tener como contraparte ‘recibirla también’. Pero, no todos quieren recibir la vida de Jesús y no todos quieren ser sus ovejas, porque no lo conocen; no obstante, él murió por todos; todos saben que murió, pero no todos creen que resucitó; sin embargo, él dijo: “Nadie me quita la vida; yo la doy porque quiero”. Cristo ha cumplido su palabra, ha resucitado, y como Buen Pastor quiere a todas sus ovejas reunidas en un solo redil.

Dios nos conoce a cada uno de nosotros, incluso, como decía Jeremías, desde antes de habernos formado en el seno materno (cfr. Jr 1, 5). De la misma manera, Cristo, en cuanto Hijo de Dios, nos conoce a todos y murió por todos, pero que lástima que no todos lo conocen a él y no saben que los ama. Él decía: “Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí”. Así pues, Jesús quiere, no sólo conocernos, sino que nosotros lo conozcamos también a él, que lo amemos, crezcamos en su amor y en el conocimiento del designio que tiene para cada uno de nosotros. Él quiere que vivamos en comunión con él en esta vida y en esa comunión seamos felices ahora y que después esa comunión y felicidad se prolonguen en la vida eterna. Ese es el fin de nuestra vida y a eso hay que dedicarla.

Jesús el Buen Pastor, nos dice también: “Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor”. Cristo quiere la unidad de todos los que creemos en él. Por esto en su oración a su Padre Dios, antes de su pasión, decía: “No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno” (Jn 17, 20-21). Cristo quiere una sola iglesia y una iglesia unida. Jesús no piensa sólo en nosotros, él piensa en todo ser humano que viene a este mundo. Cristo murió por todos y no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se salven y lleguen al conocimiento de Dios (cfr. 1 Tm 2, 4). La acción de Cristo nos desborda en la Iglesia y fuera de la Iglesia porque Él es el salvador del mundo. Pero nosotros, como Iglesia, tenemos que vivir y dar testimonio de unidad. Para esto se necesitan colaboradores, para que Jesucristo, el Único Pastor, conduzca a sus ovejas.

Como colaboradores para congregar a todas sus ovejas, el Señor Jesús llamó a los apóstoles y les encargó su misma misión: “Como el padre me envió así los envió yo” (Jn 20, 21). Pero hacía falta un centro visible de unidad y para esto llamó a Pedro: “Pedro ¿me amas más que éstos?… apacienta mis mis corderos…” (Jn 21, 15). A lo largo de la historia de la Iglesia, Cristo sigue llamando a muchos para que sean sus colaboradores. A todos ellos les ha dicho como a Pedro: “Me amas… apacienta mis ovejas” (Jn 21, 16). Nosotros los que ahora estamos al frente del pueblo de Dios somos los primeros que debemos recibir la vida de Jesús y darla también como Jesús. De lo contrario vamos a ser, como los fariseos, unos asalariados que cuando ven venir al lobo abandonan las ovejas y huyen. Nosotros estamos llamados a ser buenos pastores que seamos capaces de dar la vida, aunque sea poco a poco, aunque sea día a día, por las ovejas que están bajo nuestro cuidado pastoral.

La imagen del Buen Pastor y de sus ovejas es una de tantas para referirse a la relación que hay entre Dios y su pueblo. La relación más fundamental es que Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos. Ahora bien, Dios, por naturaleza tiene un solo Hijo, Jesucristo; pero por gracia todos los que creemos en Cristo y hemos sido bautizados somos sus hijos. En este sentido la lectura de la primera carta el apóstol san Juan afirma categóricamente que: “No sólo llamamos hijos, sino que lo somos”, por tanto, no hay que esperar la otra vida para vivir como hijos de Dios. También dice san Juan que: “Aún no se ha manifestado lo que seremos al fin”. Esto no significa que vamos a dejar de ser hijos de Dios, sino que lo vamos a vivir de una manera plena. Para expresar esta plenitud san Juan dice: “vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”. Para alcanzar esta inmensa gracia, vivamos como hijos de Dios, vivamos como ovejas bajo la protección de Cristo, el Buen Pastor.

Jesús nos amó más que a sí mismo. San Juan dice que nos amó hasta el extremo (cfr. Jn 13, 1). Ese es el Buen Pastor. Por eso murió por nosotros, pero resucitó y ahora vive para cuidar de sus ovejas en el aquí y ahora, en el trajín de cada día. El Buen Pastor es la imagen cristológica de Dios providente que cuida de su pueblo. No estamos solos. Jesús resucitado cuida de nosotros, esto no sólo es una verdad, una enseñanza, es una realidad. Jesús Pastor nos cuida, pero no como un vigilante que lleva cuenta de las faltas de las ovejas, sino como el padre que cuida de su hijo y que lo ama por encima de sus defectos o de su poco amor al que ha dado la vida por él. Ese es Cristo como Buen Pastor, nos ama a fondo perdido. ¡Cuánto nos hace falta hacernos consientes de ese Cristo resucitado providente, guardián, protector y proveedor de lo que más nos hace falta en esta vida para no perder el camino a la vida eterna!

Para tener la protección de Cristo, el Buen Pastor, debemos vivir como ovejas suyas. San Juan Crisóstomo decía: “Mientras somos ovejas vencemos y superamos a los lobos, aunque nos rodeen en gran número; pero si nos convertimos en lobos entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del pastor. Éste, en efecto, no pastorea lobos, sino ovejas, y por esto, si te conviertes en lobo, te abandona y se aparta entonces de ti, porque no le dejas mostrar su poder” (Liturgia de las Horas, jueves XXXIV ordinario). Hermanos, para alcanzar la vida eterna, sigamos a Jesús el Buen Pastor, él quiere alimentarnos en esta vida con el banquete de la Palabra y con el banquete de la Eucaristía. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

 

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Última Actualización: 22 de abril 2018