“Yo soy la verdadera vid”

HOMILÍA EN EL V DOMINGO DE PASCUA
Hch 9, 26-31; Sal 21; 1 Jn 3, 18-24; Jn 15, 1-8

“Yo soy la verdadera vid”

Queridos hermanos, el domingo pasado la imagen evangélica que nos hablaba de las relaciones entre Dios y nosotros era la del Buen Pastor, ahora tenemos la alegoría de la vid y los sarmientos; esta imagen revela que nuestra relación con Cristo es tan profunda que no debemos separarnos de él en ningún momento. Con la imagen del Buen Pastor uno puede imaginar que una oveja que se aparta del pastor se expone a muchos peligros, pero con un poco de suerte puede seguir con vida; en cambio una rama que se corta del tronco de la vid ya no tiene remedio, por tanto, nuestra unión con Cristo debe ser permanente.

El evangelio de hoy comienza con una frase solemne: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador”. Esta frase evoca un pasaje del Antiguo Testamento en el que aparece que Dios ha plantado una viña, que es Israel, pero que ésta no le ha dado los frutos de justicia que esperaba, por eso permitió que fuera destruida (cfr. Is 5, 1-7) y ha plantado otra, la verdadera, que es Jesús y sus discípulos: Jesús es el tronco y sus discípulos las ramas. Después de la primera frase sigue una explicación alegórica. Una alegoría es una figura literaria que, por sus diferentes puntos de comparación, ayuda a entender mejor el mensaje profundo del evangelio. El punto de comparación principal es la vid, el cual nos lleva a entender que nosotros, que somos las ramas, para dar frutos espirituales, debemos estar unidos a Jesús.

Ahora bien, en relación a la vid, hay varios puntos de comparación. Dice Jesús: “mi Padre es el viñador” y también agrega: “ustedes son los sarmientos”, es decir las ramas. Con estos tres puntos de comparación se aclara que aquí se habla del Padre, del Hijo y de nosotros. Pero vayamos más adentro de la comparación. Se habla también de poda o purificación, es decir que, así como el viñador poda la vid para que dé más uvas, así Dios poda o purifica a sus seguidores para que den más fruto. Por eso dice: “Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho”, es decir que la Palabra de Dios, sobre todo aceptada como tal, tiene un efecto purificador.

Muchas veces en nuestra vida, Dios, como viñador, necesita limpiar o podar todo aquello que no produce frutos en nosotros. En este sentido los discípulos del Señor tienen que estar preparados para las purificaciones, podas o pruebas que permite el Señor. En este sentido la Palabra de Dios enseña: “Si quieres servir al Señor, prepárate para la prueba” (Si 2, 1). Esta poda no siempre el discípulo la comprende o la considera como necesaria. Pedro en el relato del lavatorio de los pies se resiste a que Jesús lo lave, lo purifique (cfr. Jn 13, 6-8); pero sin purificación no hay salvación, por eso Jesús le dice: “Si no te lavo no tendrás parte conmigo” (Jn 13, 8). La carta a los hebreos dice que “El Señor corrige al que ama y castiga a todo aquel que recibe por hijo” (Hb 12, 6).

Finalmente, el punto de comparación más profundo es el de la savia que corre por el tronco de la vid hasta las ramas o sarmientos para producir el fruto, es decir las uvas. Con esto Jesús nos enseña que, así como hay una profunda unidad entre el tronco, las ramas y los frutos, así debe haberla entre él, sus discípulos y los frutos que éstos deben producir. Por esto dice: “Como el sarmiento no pude dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí”. Este es el tema central hacia donde llevan los diferentes puntos de comparación: la unidad y la permanencia de los discípulos en Jesús. Por esto Jesús insiste una y otra vez: “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer”. Para esta permanencia en Jesús, la Palabra de Dios tiene toda su importancia. Podríamos decir que es la savia que lleva los nutrientes a las ramas para que éstas los conviertan en frutos.

Otro aspecto de la comunión no sólo es que haya frutos, sino que dependiendo de la unidad con Jesús y su Palabra, Dios, el viñador, escucha a los discípulos. Jesús es muy claro en esto: “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes pidan lo que quieran y se les concederá”. La imagen de la vid y los sarmientos nos habla de una unión vital con Jesús: pensar como Jesús, mirar como Jesús, sentir como Jesús, amar como Jesús, apasionarnos por el Reino de Dios como Jesús. Pero ¿qué tanto creemos en este evangelio? ¿qué tanto creemos en Jesús? En efecto la fe no es creer en algo, sino en alguien, se trata de creer en Dios, creer en Jesús. La fe es adhesión y no precisamente a unas verdades, sino al Señor de las verdades y precisamente por eso, porque es adhesión, la fe es unión. Por eso, como consecuencia, si permanecemos unidos a Jesús, Dios escucha nuestras oraciones porque nuestras oraciones son hechas conforme a su voluntad. ¡Amamos lo que él ama, pedimos lo que él quiere!

La misión de la Iglesia es hacer que los hombres crean en Jesús, se unan a Jesús y den frutos en Jesús. La misión de la Iglesia no es ganar adeptos para aumentar el número de sus miembros, sino hacer que sus miembros se encuentren personalmente con Jesús y sean ramas verdes que produzcan frutos. Que desafortunado cuando nosotros los pastores perdemos esto de vista y sólo hacemos que las gentes nos conozcan y nos busquen a nosotros y no llegan a conocer y a buscar a Jesús, la vid verdadera de la cual nosotros no somos más que una rama.

El evangelio habla también de los sarmientos que no dan fruto, son sarmientos por donde no corre la savia de Jesús, los cuales, por ese mismo hecho, son arrancados y echados fuera, se secan y arden. Ciertamente como nosotros no somos simplemente unas ramas ni Dios es simplemente un viñador, sino que somos hijos suyos y Dios es nuestro Padre, entonces Dios no abandona a sus hijos, aunque a veces nos apartemos de él. Pero ¿de qué sirve una vida sin Dios? Es como cardo en la estepa que vive en una tierra inhóspita y salobre que nunca recibe la lluvia, es decir que no tiene vida (cfr. Jr 17, 6). Muchas veces nosotros, los hijos de Dios por el bautismo, cuando abandonamos a Dios no somos conscientes de lo que dejamos porque nunca lo hemos conocido; pero más grave es cuando habiéndolo conocido nos apartamos de su amor. No obstante Dios no deja de amarnos y nos espera con los brazos abiertos.

Para saber si permanecemos y estamos en unidad con Jesús, habría que preguntarnos qué tanto leemos y meditamos la Palabra de Dios, qué tanto ella es nuestra savia o alimento que nos da los nutrientes espirituales para producir los frutos que Dios quiere de cada uno de nosotros, conforme a nuestra vocación. En definitiva, tenemos que preguntarnos qué tan unidos estamos a Jesús y qué frutos estamos dando. Ahora bien, no olvidemos que al sarmiento que da fruto el Señor lo poda o purifica para que dé más fruto. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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Última Actualización: 29 de abril 2018