“Subió al cielo y está sentado la derecha de Dios”

HOMILÍA EN EL VII DOMINGO DE PASCUA
Hch 1, 1-11; Sal 46; Ef 4, 1-13; Mc 28, 19.20

“Subió al cielo y está sentado la derecha de Dios”

El día de hoy celebramos la ascensión de nuestro Señor Jesucristo a los cielos. El próximo domingo celebraremos la venida del Espíritu Santo. El libro de los Hechos de los Apóstoles dice que Jesús antes de su ascensión a los cielos les mandó a sus apóstoles: “No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre”. Así que ellos se volvieron a Jerusalén y permanecieron en oración en compañía de algunas mujeres, entre ellas María la madre de Jesús (cfr. Hch 1, 12-14). ¡Este fue el primer novenario al Espíritu Santo! Ahora nos toca a nosotros prepararnos en oración para celebrar la fiesta de Pentecostés el próximo domingo y con ello recibir una nueva efusión del Espíritu.

Antes de su ascensión el Señor Jesús dijo a sus apóstoles: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra”. Esta es la misión evangelizadora de la Iglesia, la cual no tiene fronteras y no se puede llevar a cabo, conforme a la voluntad de Dios, sino con la ayuda del Espíritu Santo. El Espíritu Santo ha sido el motor que impulsó a la Iglesia para cumplir su misión desde los primeros tiempos; pero en la realización de la misión evangelizadora, no siempre nos hemos dejado guiar por el Espíritu Santo, por eso es necesaria una constante revisión, purificación y reorientación.

El evangelio de hoy describe el envío a la misión, las señales que acompañarán a los misioneros, la ascensión y la realización de la misión, en la que: “El Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían”. En el envío, según el evangelio de san Marcos, Jesús pide a sus apóstoles predicar el evangelio a toda creatura, nadie debe ser excluido o discriminado. Hay que decir que en los primeros tiempos de la Iglesia este mandato de Jesús se llevó a cabo al pie de la letra, pues los apóstoles y los discípulos por donde quiera que iban llevaban la Buena Nueva y el que aceptaba la fe se hacía bautizar y así entraba a formar parte de la Iglesia. Estos eran los pasos ordinarios y naturales del proceso de la evangelización. San Pablo decía que la fe viene de la predicación y la predicación consiste en anunciar la Palabra de Cristo (cfr. Rm 10, 17).

Según este mandato, el acto primero era predicar; el acto segundo, creer, y el acto tercero, bautizarse. Es un hecho que en los años pasados recientes se puso mucho énfasis en los sacramentos a tal punto de ponerlos en primer lugar y en realidad no son punto de partida, sino de llegada. Actualmente la Iglesia está insistiendo en la importancia de la misión, en la importancia del anuncio kerigmático. Necesitamos rescatar este aspecto y ponerlo en primer lugar. Ahora que hay muchos bautizados no evangelizados, necesitamos salir a predicar el evangelio a ellos mismos, se trata de reavivar la fe, el que crea en la predicación se acercará a vivir la gracia de los sacramentos y a su vez se convertirá en misionero.

Los signos de los que se habla aquí que acompañaban a los apóstoles muestran, que Jesús les dio su mismo poder, su misma misión de predicar, de expulsar a Satanás y de curar a los enfermos. Dice san Marcos que: “Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios” (Mc 3, 14-15). San Mateo, por su parte, dice que: “Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 10, 1). En este sentido también nos hemos quedado un poco cortos. El mandato misionero no sólo comporta el anuncio de Cristo, sino también la expulsión de demonios y la curación a los enfermos, especialmente de las enfermedades del alma. En lo que se refiere a la expulsión de demonios, es verdad que a Satanás se le expulsa con la llegada del evangelio al corazón de los hombres. Pero también hay casos en los que hay que hacer una expulsión específica con lo que se llama un exorcismo. Jesús anunciaba el evangelio y también expulsaba a Satanás.

Para llevar a cabo su plan de salvación, Dios envió a su Hijo al mundo, nacido de la Virgen María. La encarnación es el principio de lo que llamamos el Misterio Pascual, es decir el paso del Hijo de Dios por nuestra tierra para revelarnos el amor de Dios y hacérnoslo experimentar en la fe. Este paso se prolongó durante su vida, tuvo su punto culminante con su muerte en la cruz y se continuó con la resurrección, ascensión y la donación del Espíritu Santo. La ascensión es el regreso, al cielo, del Hijo de Dios, que pasó por nuestra tierra llevando a cabo la obra que el Padre le había encomendado. El fin de la ascensión es la glorificación de Cristo, para ser el Señor del universo, para recibir todo el poder, eso es lo que significa estar sentado a la derecha de Dios. Pero, sobre todo, subió a los cielos para enviarnos el Espíritu Santo, como lo dice san Pedro en su primera predicación en Jerusalén, después de Pentecostés: “A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hch 2, 32-33).

Santo Tomás de Aquino decía que la ascensión de Cristo nos es más útil que su presencia corporal entre nosotros, porque aumenta nuestra fe cuyo objeto es la realidad invisible, aumenta nuestra esperanza puesto que Cristo subió para prepararnos un lugar en el cielo y estimula nuestra adhesión a las realidades celestiales. Por lo mismo, decía que la ascensión nos hace volver nuestro espíritu hacia Cristo en un movimiento de fe, esperanza y amor y, por otro lado, nos abrió el camino al cielo donde ya está Cristo, el cual quiere que sus miembros le sigan a donde ya está su cabeza. Además, así como el sumo sacerdote del Antiguo testamento penetraba en el santuario terrenal, para presentarse ante el Señor en nombre del pueblo; así, Cristo, por su ascensión, entró en el cielo para ser nuestro intercesor.

Finalmente, el evangelio de hoy dice que: “Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían”. Eso significa que, aunque Cristo subió a los cielos no nos ha dejado abandonados. No sólo nos ayuda mandándonos el Espíritu Santo, sino que cumple su Palabra: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Hermanos, si Jesús es el Señor del cielo y de la tierra y lo ponemos como Señor de nuestra vida, siempre estará con nosotros y desde su gloria estará bendiciendo la misión evangelizadora que él nos ha encomendado para que, juntos, como cuerpo suyo, podamos llegar a donde él nuestra cabeza nos ha precedido, es decir a la vida eterna. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla