“Santa María, fuente de luz y de vida”

HOMILÍA DE LA PEREGRINACIÓN A LA VILLA DE GUADALUPE
DIOCESIS DE PAPANTLA
15 de mayo de 2018

Santa María, fuente de luz y de vida

Queridos hermanos agradecemos a Dios que, por intercesión de la Santísima Virgen María, nos permite venir una vez más a este santuario donde nuestra Señora nos mira con ojos llenos de ternura, escucha el clamor de sus hijos, toma entre sus manos nuestras súplicas para presentarlas luego, como lo hizo en la Bodas de Canaán, a su Hijo Jesús para que remedie nuestras necesidades.

En efecto ella dijo que quería una casita para en ella mostrar su amor auxilio y defensa. A lo largo de la historia cuando los cristianos han vista alguna oscuridad o una amenaza para la vida y para la paz han recurrido a la intercesión de María. En estos tiempos no es la excepción, también nosotros queremos presentarle nuestras preocupaciones por la paz del mundo, por la violencia en nuestro País, por el aumento de la pobreza, la migración, por los muros que nosotros mismos hacemos entre nosotros, por la exclusión, por los atentados a la vida, así como el poco cuidado de la casa común. En fin, cuántas situaciones a lo largo de los ya casi 500 años que la Morenita del Tepeyac ha escuchado las súplicas de sus hijos en este santuario y la historia continuará; pero también serán casi 500 años que la Santísima Virgen María ha sido, por su condición de madre de nuestro Señor Jesucristo, fuente de luz y de vida porque Cristo su Hijo es luz y vida. Nuestra Señora de Guadalupe fue, para los moradores del Valle de México en 1531, una luz que iluminaba las sombras y fue también una señal de vida porque hubo paz entre los pueblos. También, desde sus apariciones, como lo muestra la curación de Juan Bernardino, la Santísima Virgen María fue salud para los moradores de aquel tiempo, pero también, lo ha seguido siendo, a lo largo de los ya casi quinientos años de sus apariciones, para todos los que la invocan.

La Santísima Virgen María es la creatura que más se ha llenado de luz y de vida porque más se ha llenado de Dios al concebir en su vientre a Cristo nuestro Señor. Así aparece en el apocalipsis: “Una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas” (cfr. Ap 12, 1), así se apareció a Juan Diego, pues “Su vestido relucía como el sol, como que reverberaba” (Nican Mopohua). Por eso nosotros, por su intercesión, buscamos la luz que ilumine nuestro camino de discípulos de su Hijo Jesucristo nuestro Señor, que dijo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Luz de la vida eso es Jesús, por eso nuestra Señora es fuente de luz y de vida, es fuente de Jesús, es la que nos da a Jesús. Para eso quería que se le hiciera un templo. Así le dijo a Juan Diego: “Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada. En donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación” (Nican Mopohua).

Jesucristo es el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (cfr. Lc 1, 78-79). María es la estrella de la mañana que nos anuncia la llegada definitiva de la verdadera luz, en ella tenemos una invitación constante a vivir siempre en la luz y a no perder de vista el camino que, por medio de Jesús, nos conduce a la patria eterna. La santísima Virgen María es Virgen fecunda porque por obra del Espíritu Santo engendró a Cristo, el cual vino al mundo para ser luz y para que tengamos vida en abundancia (cfr. Jn 10, 10). María lo engendró y María nos lo dio a luz. María es Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre nuestra. A Juan diego le dijo: “¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estas bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría?”.

La Iglesia también es madre nuestra. La Iglesia nos da a luz, a la vida de la gracia, en el sacramento del bautismo. Y también en el sacramento del bautismo nos da una luz. Ese día, el sacerdote nos dijo: “Reciban la luz de Cristo”. De manera que, como seguidores de Cristo Jesús, de Cristo luz, debemos vivir iluminados por su luz. La Iglesia también nos da a Cristo en el sacramento de la Eucaristía para que tengamos vida, la vida de Jesús. Con la Eucaristía, la Iglesia: “Prepara cada día la mesa para sus hijos, para alimentarlos con el pan bajado del cielo, que la Virgen María dio a luz para la vida del mundo” (prefacio).

En esta ocasión realizamos esta peregrinación a la casita de nuestra Señora entre la fiesta de la ascensión y la venida del Espíritu Santo. En el libro de los Hechos de los apóstoles Pedro dice, ahora a nosotros, que nos convirtamos a Jesucristo para recibir el don del Espíritu Santo. Aceptemos hermanos esta promesa, aceptemos esta palabra y, en repuesta, como el salmista, bendigamos a Dios en todo momento y pidámosle que por intercesión de nuestra Señora de Guadalupe tengamos un encuentro profundo con su Hijo Jesucristo el Señor. Pidámosle también que, en este Pentecostés 2018 nos llenemos del Espíritu Santo para que guiados por él podamos seguir nuestro camino en medio de las oscuridades e inseguridades actuales. Para ello necesitamos la luz de Dios. Que el Señor nos conceda hoy que, al venir a la casita de nuestra madre, nos vayamos llenos de luz y de vida. Dice san Juan que: “Dios es luz y en él no hay tinieblas” (1 Jn 1, 5); Jesús también dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12); el Espíritu Santo también es luz. Por eso rezamos: “Accende lumen sensibus; infunde amorem cordibus, es decir Enciende con tu luz nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones” (Veni Creator).

El encuentro con María es encuentro con su Hijo Jesús. María no se apropia gloria que no le corresponde, María nos lleva a Jesús y nos da a Jesús. De la misma manera, el encuentro con Jesús es encuentro con nuestro Padre Dios. En el evangelio Jesús dice: “El que me ve a mí, ve al que me ha enviado”. Pero también aclara: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas”. Eso queremos, que nuestra vida no esté en tinieblas, que en nuestra vida siempre haya luz. Que en nuestra familia siempre haya luz y vida, que siempre haya paz. Ahora bien, el encuentro con Cristo también es un encuentro con el Espíritu Santo o, dicho de otro modo, la acción discreta del Espíritu Santo nos lleva al encuentro de Jesús y después al encuentro de nuestros hermanos en la misión que cada uno tiene encomendada. Hermanos, que por haber estado a los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, después de esta peregrinación, todos regresemos a nuestras habituales ocupaciones llenos de gozo y de ternura, llenos de Dios, llenos de vida, llenos de luz, llenos de Jesús y llenos de su Espíritu Santo. ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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