“El sábado se hizo para el hombre”

HOMILÍA EN EL IX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Dt 5, 12-15; Sal 80; 2 Co 4, 6-11; Mt 2, 23-3, 6

“El sábado se hizo para el hombre”

En este evangelio aparentemente se transgredió la ley del sábado en dos formas. Por un lado, los discípulos arrancaban espigas y, por otro, Jesús cura en la sinagoga a un hombre que tenía tullida una mano. Pero ¿en qué consistía el precepto del sábado? El descanso del sábado tenía razones humanitarias, sociales y religiosas. Por un lado, era un servicio humanitario para el descanso y motivo de encuentro con los hermanos, por otro lado, era para celebrar la liberación de la esclavitud de Egipto (cfr. Dt 5, 12ss), así como imitar el descanso del creador (cfr. Ex 20, 8ss) y encontrarse con él para darle gloria. Por haber sido liberados, los israelitas, debían construir una sociedad sin esclavitud. Pero en tiempos de Cristo se aplicaron normas complementarias según las cuales nada se podía hacer en sábado ni siquiera curar a un enfermo. Jesús, como auténtico intérprete de la ley, desenmascaró esas leyes que no tenían como alma el amor y por lo mismo no eran liberadoras.

Los fariseos se escandalizan porque los discípulos de Jesús arrancan espigar al pasar por los sembrados. La ley lo que prohibía en sábado era cosechar. Los fariseos piensan que a Dios sólo le agrada el cumplimiento de la ley. Con el ejemplo de David y sus hombres, que al tener hambre comieron de los panes sagrados, Jesús muestra que Dios no es legalista, sino misericordioso. El Señor Jesús pone un ejemplo en el que resalta que el bien de las personas está por encima del sábado y, por tanto, de una observancia meramente legal. Cuando David y sus hombres comieron de los panes sagrados en tiempos del sacerdote Ajimélek (cfr. 1 Sm 21, 2), y no Abiatar como dice el evangelio, lo más importante era alimentarse, lo más importante era la vida. En el evangelio de san Mateo se afirma que los sacerdotes, por su trabajo en el templo, violan el sábado sin incurrir en culpa alguna (cfr. Mt 12, 5), por tanto, la ley del sábado no es absoluta, sino que tiene excepciones o aplicaciones concretas mucho más profundas sobre todo en función de la caridad pues con ella se da gloria a Dios.

La pregunta de Jesús pone en el centro lo más importante de la ley del sábado: “¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre o hay que dejarlo morir?”. El fin principal del sábado era la gloria de Dios y para esto había que encontrarse con él en medio de su asamblea, ya sea en la sinagoga o a través de los sacrificios en el templo. Pero, por otro lado, el prójimo también es un lugar de encuentro con Dios, por tanto, también es un lugar para darle gloria. Decía san Ireneo de Lyon que la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios (cfr. Tratado contra las herejías, Libro 4, 20,5-7). Podemos decir que la gloria de Dios consiste en la salvación del hombre. La pregunta es ¿cuál es la manera mejor de darle gloria cumpliendo la ley o ayudando al prójimo? Si la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, entonces se da más gloria a Dios ayudando al prójimo, aunque, en apariencia, no se cumpla la ley de Dios. En el evangelio Jesús es el auténtico intérprete de la ley, por otro lado, el alma de la ley es el amor a Dios y el amor al prójimo. Por esta razón, cuando hay un conflicto entre el cumplimiento de la ley y el amor al prójimo, prevalece el amor al prójimo. Esto es lo que muchas veces no entendemos: que el amor al prójimo se convierta en ley. En este sentido podemos entender la pregunta de Jesús, ¿qué tenemos que hacer: salvarlo o dejarlo morir?

El sábado era signo de libertad. Descansar después de seis días de trabajo, recordaba a los judíos la liberación de la esclavitud de Egipto. Por eso dijo Jesús: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. Y el Hijo del hombre también es dueño del sábado”. Por un lado, el hombre debe guardar la ley de sábado, pero dado que el hombre está por encima del sábado, si el sábado no le ayuda a su liberación, sino que favorece su esclavitud, entonces el hombre no está obligado a guardarlo. Se debe rescatar, por tanto, el espíritu del descanso sabático para que logre el verdadero fin. Ciertamente Dios pide cumplir la ley, pero la ley debe estar al servicio del hombre y por debajo de él. Si la ley oprime y está por encima del hombre entonces es obsoleta. La ley no deber ser opresora, sino liberadora. Sanar a aquel hombre no era una ofensa a Dios, sino la mejor forma de darle gloria. Todo lo que Jesús hace es para que los hombres tengan vida en abundancia (cfr. Jn 10, 10). Jesús valora, cura, perdona, predica el Reino. Jesús libera de toda atadura, incluso de la ley. Jesús da alegría, confianza, esperanza y promete, además de esta vida, la vida eterna.

En el evangelio de san Juan, se dice que, cuando Jesús curó, en sábado, a un hombre que llevaba 38 años enfermo, los judíos querían matarlo porque hacia estas cosas en sábado: “Pero Jesús les replicó: Mi padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5, 1-18). De manera que Dios nunca descansa. Podríamos decir que incluso el sábado, es el día que Dios más trabaja, es decir el día que más realiza la salvación. Más adelante, en el evangelio de san Juan, cuando le preguntan: “¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?”, Jesús dice que: “La obra de Dios es que crean en quién él ha enviado” (Jn 6, 28-29). Si Dios obra la salvación lo que tenemos que hacer es creer en él y en su salvación. Ahora bien, esta salvación no se da sin el encuentro con Dios, no se da sin la comunión con él. Para eso era el sábado, para estar en comunión con Dios.

Ahora bien ¿cuál debe ser el día del descanso, el sábado o el domingo? En primer lugar, hay que decir que entre el Antiguo y el Nuevo Testamento hay continuidad, superación y diferencia. La Iglesia nace de Israel, pero no es una simple prolongación, sino que en ella la resurrección ha sido el acontecimiento fundante que, con la venida del Espíritu Santo, le ha hecho emprender caminos totalmente nuevos que llevaron a abandonar algunas prácticas del Antiguo Testamento, modificar algunas y adoptar otras totalmente diversas. En el Antiguo Testamento había sacrificios de animales, ahora es el sacrificio de Cristo en la cruz que se hace presente en la celebración de la Eucaristía. El pueblo antiguo descansaba en sábado para dedicarse al encuentro con Dios, en los sacrificios o en las sinagogas. El nuevo pueblo de Dios, es decir los creyentes del Nuevo Testamento, experimentaron que el primer día de la semana, es decir el domingo, el Señor resucitado se hacía presente en medio de ellos (cfr. Jn 20, 19-26; Ap 1, 10) y concluyeron que el día más importante para la gloria de Dios era el domingo. Por esta razón cambiaron su día dedicado al encuentro con Dios y por esto establecieron que el domingo, o primer día de la semana, se celebrara la fracción del pan (cfr. Hch 2, 42; 20, 7; 1 Co 16, 1-2). Así pues, dado que el precepto del descanso no tiene otro objeto, sino la gloria de Dios y nuestra salvación, eso lo podemos vivir el domingo, el día del Señor, con la celebración de la fracción del pan, es decir con la Eucaristía. ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla