“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”

HOMILÍA EN EL DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO
Gn 3, 9-15; Sal 129; 2 Co 4, 13-5, 1; Mc 3, 20-35

“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”

Queridos hermanos, en el evangelio de hoy vemos a Jesús gastarse y desgastarse por la causa del Reino que ni tiempo tenía para comer y la gente pensaba que se había vuelto loco. Por otro lado, los escribas lo acusan de estar poseído y los familiares quieren de plano llevárselo para ponerlo en paz. Jesús aprovecha todo esto para enseñar la incompatibilidad del Reino de Dios con la acción de Satanás, así como el pecado contra el espíritu Santo por negarse a su acción. Finalmente, aprovechando la presencia de sus familiares, nos muestra que todos aquellos seguidores suyos que cumplen la voluntad de Dios entran a formar parte de una nueva familia espiritual, la de los hijos de Dios.

En el evangelio aparecen la búsqueda de la gente que no le dejaba tiempo ni para comer, las preocupaciones de los familiares, así como las acusaciones y la oposición de los escribas, pero sobre todo la respuesta de Jesús a los escribas y la enseñanza sobre su nueva familia. Ahora pues, en función de estos destinatarios, aparecen tres enseñanzas. Primero, Jesús aparece entregado totalmente a la gente que buscaba el encuentro con Dios; segundo, Jesús es acusado por los escribas de estar poseído por Satanás a lo cual responde con la enseñanza sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo y, finalmente, partiendo de los parientes que lo buscan, Jesús da sus enseñanzas sobre la verdadera y espiritual familia de los que lo siguen.

Una vez que Jesús fue bautizado y descendió el Espíritu Santo sobre él, en orden a su misión, prácticamente no tuvo descanso, siempre andaba predicando el Reino de Dios porque veía que la gente andaba como ovejas sin pastor (cfr. Mc 6, 34). En ese sentido el evangelio de hoy dice que: “Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer”. Claro que, por toda esta misión evangelizadora, los parientes preocupados lo fueron a buscar pues: “decían que se había vuelto loco”. Lo que no queda claro es quiénes decían que se había vuelto loco, ¿la gente o los familiares? Probablemente los familiares, porque lo han oído de la gente y por esto querían hacerse cargo de él.

Cuánto nos ama Dios que nos mandó a su Hijo, el cual vivió toda su vida como fuera de sí, pero en el sentido de que su preocupación eran los demás. Ahora bien, para estar fuera de sí, por los demás, se necesitaba una interioridad espiritual y una comprensión muy profunda de su ser y de su quehacer. En cuanto a su ser Jesús tenía su identidad firmemente centrada en su Padre Dios, en cuanto a su quehacer, sabía perfectamente cuál es su misión: Él venía para cumplir la promesa hecha por Dios de que la descendencia de Adán aplastaría la cabeza de Satanás y ¡la descendencia de Adán es Jesús! Por tanto, tenía la misión de anunciar el Reino de Dios y hacerlo experimentar con su presencia, su Palabra y sus signos o milagros con los que, por un lado, curaba a los enfermos y, por otro, expulsaba a Satanás.

Por su parte los escribas consideraban que los demonios obedecían a Jesús porque estaba poseído por Satanás. La respuesta de Jesús, en un primer momento, es de sentido común, pues Satanás no se va a combatir a sí mismo. Pero el hecho de que Jesús expulse a Satanás es porque Jesús es el más fuerte, el prometido desde el libro del Génesis para que pisara la cabeza Satanás (cfr. Gn 3, 15). Por lo mismo, en un segundo momento, Jesús enseña que no descubrir la acción del Espíritu y la presencia del Reino de Dios en su obra, o confundirla con la acción de Satanás, es una blasfemia que no tiene perdón porque es una negación voluntaria que atribuye al diablo lo que es obra de Dios y rechaza la acción del Espíritu Santo. En este sentido, el pecado contra el Espíritu Santo no es otra cosa, sino la negación de la presencia del Reino de Dios en Jesús y, por tanto, cerrarse a su acción en la historia y en el interior de las personas. En definitiva, el pecado contra el Espíritu Santo es negar la acción del Espíritu Santo que lleva al arrepentimiento. Sólo donde no se deja actuar al Espíritu Santo no hay arrepentimiento y si no hay arrepentimiento no puede haber perdón. Los escribas, en este evangelio, no sólo rechazaron la acción del Espíritu, sino que acusaban a Jesús de ser parte de la familia de Satanás. Pero no, Jesús tiene otra familia, la familia de los que se dejan guiar por el Espíritu santo y por esto cumplen la voluntad de Dios.

Al final de este evangelio la presencia de “su madre y sus parientes” parece indicar que estaban preocupados por su salud y como toda familia querían hacerse cargo de él para que descansara y recuperara su salud. Hay que aclarar que en el texto griego dice que llegan su madre y sus hermanos. Esta última palabra se ha traducido como parientes porque eso eran y no hermanos carnales como algunos piensan. En la Biblia la palabra hermano se usa para toda clase de parentesco. Por ejemplo, Abraham dice que Lot es su hermano (cfr. Gn 3, 18), cuando en realidad era su sobrino (cfr. Gn 11, 27). Ahora bien, partiendo de estas relaciones familiares, Jesús pregunta: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” y él mismo: “Mirando a los que estaban sentados a su alrededor”, responde: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Es evidente que Jesús no está descalificando las relaciones familiares, sino hablando de un nuevo parentesco espiritual que va más allá del vínculo biológico familiar. Se trata de la pertenencia a la familia de Dios en el orden de la gracia. En esta familia, Jesús es el primero que ha cumplido la voluntad de Dios. Por esto, todo el que cumple la voluntad de Dios se hace parte de su familia espiritual, se hace familiar de Jesús.

Dentro de esta familia espiritual, la Santísima Virgen María es grande por haber sido escogida para ser la Madre del Hijo de Dios y por esto, junto con su Hijo Jesús, ha pisado la cabeza de Satanás. De su maternidad brotan todas las gracias y una de ellas es precisamente ser Madre de la Iglesia y Madre nuestra en el orden de la gracia. De manera que las palabras de Jesús en este evangelio no son un menosprecio a su Madre, sino un llamado a poner la mirada en su maternidad espiritual. Después de Jesús, la Virgen María ha sido la primera que con su: “Hágase en mí según tu palabra”, ha cumplido la voluntad de Dios, por eso se ha convertido en modelo de fe para que lleguemos a ser familiares de Dios.

Hermanos, todo lo hecho por Jesús era una locura, una locura de amor por nosotros. Por esto san Pablo decía que la predicación de Jesucristo era una necedad (cfr. 1 Co 1, 17), es decir una locura de amor de Dios por la humanidad. ¡Cómo nos harían falta más locos como Jesús y más locos por Jesús! Hombres y mujeres que no confundan, por su incredulidad como los escribas, la acción divina con la acción del maligno. Que el Espíritu Santo nos vuelva locos de amor y ansiosos por anunciar la acción salvadora de Dios en nuestra vida. ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

Última Actualización: 10/junio/2018  19:45 hrs.