“Cinco panes de cebada y dos pescados”

HOMILÍA EN EL DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO
2 Re 4, 42-44; Sal 144; Ef 4, 1-6; Jn 6, 1-15

“Cinco panes de cebada y dos pescados”

Queridos hermanos, durante cinco domingos la liturgia sustituye, la lectura de san Marcos, por la lectura del capítulo sexto del evangelio de san Juan para meditar en el pan de vida que es Cristo nuestro Señor. El fragmento del evangelio de hoy comienza y termina con una subida de Jesús a un monte y lo que se encuentra entre una y otra, es la multiplicación de los panes. La multiplicación es el centro de atención de este evangelio, pero ¿por qué entre dos subidas a un monte? Porque Jesús es el alimento simbolizado en la multiplicación de los panes, fruto de su subida a Jerusalén para morir en la cruz (primera subida) y dado a la Iglesia como alimento posterior a su ascensión a los cielos (segunda subida), hasta que el venga (cfr. 1 Co 11, 26).

Como todos sabemos, mucha gente seguía a Jesús. Por eso es que: “Subió al monte y se sentó”. Esta expresión recuerda cuando subió al monte de las bienaventuranzas en el evangelio de san Mateo y se puso a enseñar la gente (cfr. Mt 5, 1ss). Las montañas son lugares de encuentro con Dios, recordemos el Monte Tabor, el Monte de los Olivos, el Monte Calvario. Aquí, por el contenido de la multiplicación de los panes, se evoca el pasaje en el que Moisés subió al monte Sinaí con los setenta ancianos para sellar la alianza y ahí tuvieron una comida con Dios, lo vieron y no murieron (cfr. Ex 24, 11).

El evangelio dice que “Estaba cerca la Pascua, festividad de los judíos”. Al evocar la Pascua de los judíos se hace referencia a otra Pascua que nace de la Pascua antigua, se trata de la Pascua de Jesús que dará lugar a la Pascua cristiana. En este contexto hay que entender las palabras: “Jesús sabía lo que iba a hacer”, es decir una nueva Pascua y, por esto, más tarde dirá a sus discípulos que vayan a prepararle la cena de Pascua (cfr. Mt 26, 18; Mc 14, 14) y en esa cena dirá que, lo que está haciendo, como en el monte Sinaí, es la nueva alianza en su sangre (cfr. Mt, 26, 28; Mc 14, 24). Pascua, comida y alianza son parte de una misma realidad.

Levantando los ojos Jesús vio que “Mucha gente lo seguía”. Se cumple aquí lo que Jesús dijo en el evangelio de san Juan: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). En este contexto de la futura pasión Jesús hace la multiplicación de los panes. Los cinco panes de cebada evocan el milagro de Eliseo en el que un hombre le trae veinte panes de cebada y grano fresco en espiga. Eliseo manda a su siervo: “Dáselo a la gente para que coman”, su servidor se resiste, Eliseo insiste y dice: “Así dice el Señor: comerán y sobrará” (2 R 4, 42-44). Proféticamente se anunciaba así lo que Jesús iba a hacer.

Luego, en el evangelio, se pasa a una imagen paradisíaca cuando se dice que: “En aquel lugar había mucha hierba”. Se evoca, por un lado, el paraíso con su armonía y belleza y, por otro, la fugacidad de este mundo, como dice el profeta Isaías: “La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is 40, 7). Se evoca también el salmo que dice: “El Señor es mi pastor nada me falta” (Sal 22). El domingo pasado dijimos que los Padres de la Iglesia de los primeros tiempos veían en la verde pradera el símbolo de la Palabra de Dios que permanece para siempre. Este pan que Jesús multiplica y da también permanece para siempre, pues: “Con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos”. Esto nos habla de un todo que no se acaba, del que “todos se saciaron”. Es Jesús mismo que se nos da en la Eucaristía y nunca se acaba.

Cuando Jesús hacía un milagro se necesitaba la fe. Aquí Jesús no pretende curar a nadie, sino dar de comer a la multitud que lo seguía. Ciertamente no se exige la fe, sino la solidaridad de los discípulos para compartir lo poco que tienen. Ante la imposibilidad humana de alimentar a tanta gente, Jesús hace el milagro de multiplicar cinco panes y dos pescados para alimentar a cinco mil hombres. Podríamos preguntarnos ¿sin la solidaridad de aquel joven Jesús habría hecho el milagro? ¿Qué pasaría si en nuestros días fuéramos más solidarios entre nosotros? ¿Por qué san Pablo dice: “Lleven una vida digna del llamamiento que han recibido?”. Él mismo da la respuesta: “Porque no hay más que un solo cuerpo y un solo Espíritu, como también una sola es la esperanza del llamamiento que ustedes han recibido. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que reina sobre todos, actúa a través de todos y vive en todos”. En la respuesta, san Pablo nos da la razón del por qué debemos vivir de manera digna; pero también hay que decir que san Pablo exhortaba a esto porque no se vivía. San Pablo decía que Dios actúa “a través de todos”. Esto quiere decir que el milagro de la multiplicación de los panes podría volver a repetirse, no porque se multipliquen los alimentos, sino porque se compartan entre todos y “a través de todos”.

¿Cómo hacer para que Jesús repita el milagro en este mundo lleno de millones de hambrientos? El Papa Francisco ha dejado claro, en la encíclica Laudato si, que somos una única familia y que vivimos en la única casa común que es el medio ambiente y que hay una estrecha relación entre el deterioro y los pobres a tal punto que el grito de la tierra es al mismo tiempo el grito de los pobres. Si somos una sola familia ¿por qué unos hijos están muriendo de hambre mientras que otros derrochan y desperdician en abundancia? Bueno, los hechos demuestran que nos hace falta conciencia de esto y, por lo mismo, mucha solidaridad. Los bienes que existen bastan y sobran para alimentar a todos, pero unos pocos acumulan mucho y muchos no tienen lo necesario para vivir. La solución no está, pues, en aumentar el dinero, sino en repartirlo. En el evangelio Jesús hace el milagro de multiplicar lo que un joven discípulo tuvo a bien compartir. Se necesita pues, la solidaridad de todos. Nos gustaría que los ricos sean solidarios con los pobres para que se acabe la pobreza en el mundo; sin embargo, en el evangelio es un pobre joven que compartió sus cincos panes y sus dos pescados, por tanto, es más necesaria la solidaridad de los pobres con los más pobres.

Queridos hermanos, la Eucaristía es un banquete con Dios, él nos invita y nos da un alimento que no se acaba y que nos alimenta para la vida eterna. Pero la celebración de la Eucaristía tiene una doble dirección. Por un lado, es acción de gracias a Dios que nos alimenta con su propio Hijo y, por otro, es compromiso de compartir los pocos bienes que tengamos con los más necesitados. El Papa Juan Pablo II dijo que: “Por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35; Mt 25,31-46). En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas” (Mane Nobiscum Domine, No. 28). Así pues, participemos de la Eucaristía y compartamos los bienes que Dios nos ha dado. ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla