“Alimento que dura para la vida eterna”

HOMILÍA EN EL DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Ex 16, 2-4. 12-15; Sal 77; Ef 4, 17.20-24; Jn 6, 24-35

“Alimento que dura para la vida eterna”

Desde el domingo pasado iniciamos la lectura del capítulo seis del evangelio de san Juan, en su parte narrativa, con la multiplicación de los panes. Ahora iniciamos el largo discurso del pan de vida, el cual se prolonga durante cuatro domingos. En el evangelio de hoy Jesús dice a los que sólo buscan llenar el vientre que no trabajen sólo por ese alimento, lo más importante es creer. El pan alimenta el vientre, la fe alimenta el corazón.

El domingo pasado insistimos en el pan que perdura, que permanece y se nos da en la celebración eucarística; ahora, en continuidad con el relato anterior, Jesús confirma la interpretación material que la gente hizo de la multiplicación de los panes, por eso les dice: “Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse”, y recalca lo que es más importante: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna”. Cuando Jesús dice: “No trabajan por el alimento que se acaba” significa no trabajen sólo por ese pan. Esta palabra de Jesús tiene una aplicación a todo lo humano: bienes, éxitos, poder etc. Por el contrario, trabajar por el alimento que dura para la vida eterna, no es desprecio del trabajo para conseguir el alimento material, sino abrir nuestra búsqueda de esperanza y de realización más allá del horizonte terreno para alcanzar la vida eterna.

El Papa Francisco en “Laudato si” cuestiona fuertemente el consumismo, pero no porque no debamos buscar los bienes para este mundo, sino porque los bienes no se distribuyen, se acumulan en manos de pocos y les hacen falta a millones. Una sociedad puramente consumista es aquella en la que Dios sólo cabe si también es un bien de consumo, negociable y redituable. San Pablo decía a los Efesios de ayer y de hoy: “No deben vivir ustedes como los paganos”. En efecto, los que decimos creer en Dios debemos vivir según los criterios del evangelio y no según los criterios del mundo. En el mundo lo que predomina no es el ser, sino el tener. Si creemos en Dios y él es la razón última de nuestra vida, vale la pena preguntarnos: ¿Qué es lo que sacia mi vida?, ¿qué es lo que me llena?, ¿qué es lo que busco? ¿busco llenarme de cosas o busco llenarme de Dios? ¿De qué alimentamos nuestra vida espiritual? En este sentido, en el evangelio de san Mateo dice Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6, 33).

El milagro de la multiplicación de los panes Jesús no lo hizo, simple y sencillamente, para saciar el hambre de aquella gente, sino como un signo para que elevaran su espíritu para poder acoger un pan espiritual que dura para la vida eterna; pero para eso, más que hacer algo, se necesita creer: “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?”, -le preguntan a Jesús- y él contestó diciendo que no se necesitan muchas obras, sino una sola: “La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quién él ha enviado”. Así pues, Jesús es el pan de vida, pero a condición de creer en él. La única obra importante es creer. Desafortunadamente la falta de fe nos impide ver más allá de la superficie de las cosas. Muchas veces pensamos que la conquista de la vida eterna consististe en hacer muchas obras buenas. Lo más importante no se trata de hacer, sino de creer. Ahora bien, creer no significa dejar de hacer. La ley exige hacer lo que se debe hacer, la fe lleva a hacer lo que corresponde a lo que se cree. La verdadera fe es activa, la fe es vital. Una cosa es la fe muerta sin obras, como dijera Santiago, y otra, la fe viva que se muestra con obras (cfr. St 2, 14-26). La fe, decía san Pablo, es la que actúa por medio de la caridad (cfr. Ga 5, 6).

Aunque lo importante es creer en Jesús, para ello, de todas maneras, Jesús debe dar algún signo, como Moisés. Por eso la gente pregunta: “¿Qué signo vas a realizar tú, para que lo veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras?” Con estas preguntas están oponiendo, a Jesús, la figura de Moisés que, como dicen ellos: “Les dio a comer pan del cielo”. Sin embargo, Jesús les aclara: “No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”. En san Marcos, cuando a Jesús le piden una señal del cielo dice que no les será dada ninguna señal (cfr. Mc 8, 12). Sin embargo, en san Mateo dice que: “Así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches” (Mt 12, 39-40). Es decir que la señal principal para creer es Jesús. Jesús es el pan bajado del cielo que alimenta la fe y es el fin último de nuestra vida.

La vida puramente humana necesita de alimento material; la vida espiritual necesita un alimento espiritual. El hombre que viven sin fe sólo busca alimento material y bienes materiales para sus necesidades humanas; el hombre que se ha encontrado con Dios sabe que en primer lugar necesita de Dios, de él ha recibido la vida, de él recibe el alimento material; pero, sobre todo, sabe que de Dios recibe el alimento espiritual o, mejor dicho, Dios es su alimento espiritual. El creyente sabe que el alimento espiritual se le encuentra en la Palabra de Dios, en la oración y en los sacramentos, especialmente en el sacramento de la Eucaristía, en donde Cristo es Palabra de Dios que habla al hombre para iluminar su camino y alimento para fortalecer su vida.

En las palabras de Jesús dice que Dios es su Padre, por tanto, Jesús es más que Moisés; su Padre es el que da, en el presente, el verdadero pan, y no sólo para los israelitas, sino para la vida del mundo. El final de este evangelio evoca el diálogo con la Samaritana, a la cual Jesús le dijo: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 13-14). En aquel diálogo la Samaritana dijo: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla” (Jn 4, 15). Aquí la gente le dice: “Señor, danos siempre de ese pan”, y Jesús declara abiertamente: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Jesús es el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo.

Hermanos, es verdad que hay que trabajar por el pan de cada día, pero más importante trabajar por: “El alimento que dura para la vida eterna”. Si encontramos este alimento, es decir a Jesús que sacia nuestra hambre y sed de vida eterna, él no permitirá que nos falte el pan de cada día. Pero ¿nuestra confianza y nuestra fuerza están en Jesús? ¿buscamos en Cristo sólo el alimento para esta vida o también el que perdura para la vida eterna? Si buscamos en primer lugar el pan que perdura digámosle: “Señor, danos siempre de ese pan”. ¡Que así sea!

 

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla