“Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre”

HOMILÍA EN EL DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO
1 Re 19, 4-8; Sal 33; Ef 4, 30-5, 2; Jn 6, 41-51

“Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre”

Queridos hermanos, después de que Jesús ha dicho que él es el pan de vida y que el que viene a él no tendrá hambre y el que cree en él nunca tendrá sed: “Los judíos murmuraban contra Jesús, porque había dicho: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Recordemos que la murmuración fue el gran pecado de Israel en el desierto. La murmuración es expresión de la falta de fe en Dios, en este caso es por la falta de fe en Jesús. La fe es camino a la vida eterna, camino a la comunión con Dios; la murmuración es camino a la muerte, camino a la separación. Si la fe es adhesión, la murmuración es desunión.

Jesús claramente había dicho que la única obra importante era creer en el que Dios había enviado. Pues bien, los judíos no creen en Jesús, por eso dicen: “¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?”. Sin la fe, y ante la evidencia de su condición humana, es un escándalo para los judíos el origen celestial que se atribuye Jesús. Sin la fe, los judíos sólo ven al hijo de José, pero no alcanzan a descubrir en él al Hijo de Dios. A los judíos les faltaba la luz de la fe, estaban cegados por la incredulidad, tropezaron con el misterio de la encarnación y la resurrección. “La fe… es la luz de una memoria, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro ‘yo’ aislado hacia la más amplia comunión” (Lumen Fidei No. 4).

Cuando Jesús les dice: “No murmuren”, más que un imperativo prohibitivo es una explicación de la acción de Dios en los hombres para que crean y de la acción de los hombres para resistirse a creer. Por eso dice Jesús: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre”. La fe en Jesús tiene al origen la acción de Dios; la murmuración es la resistencia o la negación a creer. Después de que Jesús habla de la acción de Dios para atraer a los hombres a él, anticipa el tema que más adelante será central, el de la resurrección: “A ese yo lo resucitaré el último día”, es decir al que haya sido atraído por el Padre. En las palabras de Jesús, el Padre está en el origen y en el fin de su misión y de la ‘atracción’, es decir en el origen de la fe. En este sentido pareciera que no es el Hijo el que da a conocer al Padre, sino el Padre el que atrae a los hombres hacia su Hijo.

Ahora bien, esta atracción del Padre ya estaba escrita en los profetas: “Todos serán discípulos de Dios”, y este discipulado apuntaba hacia el Hijo de Dios: “Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí”. Jesús es el centro de todo el misterio de salvación. Es decir, todo procede del Padre, pasa por Jesús y vuelve al Padre. Es verdad que se afirma que hay que escuchar al Padre, pero eso no significa que Jesús no sea mediador. Los hombres pueden escuchar al Padre en esta vida, pero no lo pueden ver. Pero Jesús en cuanto procede del Padre, ha visto al Padre y los hombres sólo pueden ver al Padre al ver a Jesús. En esto está su condición de mediador para revelar al Padre, cosa que san Juan ya había mencionado en 1, 18: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado”. Así pues, aunque el Padre está en el origen de la atracción de los hombres hacia su Hijo, su Hijo es el revelador del Padre, es el Mediador entre Dios y los hombres.

Después del tema de la murmuración y la atracción del Padre hacia Jesús, reaparece el tema de la fe y de la vida: “El que cree en mí, tiene vida eterna”. Si ponemos atención nos damos cuenta de que en el evangelio hay tres verbos que no pueden pasar desapercibidos. Se trata de escuchar, creer y comer. Además, hay que decir que estos tres verbos tienen que vivirse en ese orden, primero es escuchar, luego creer y finalmente comer. En la Carta los Romanos aparece muy clara la relación entre los dos primeros verbos. San Pablo dice que: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?” (Rm 10, 13-14). Así pues, la fe viene de la predicación (cfr. Rm 10, 17), es decir que lo primero es escuchar a Dios y los segundo es creer en él.

Ahora bien, como ya dijimos, el tercer verbo es comer. En este sentido Jesús insiste: Yo soy el pan de la vida”. Estas palabras, Jesús las dice en oposición al maná y a la muerte: “Sus padres comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron”. En cambio, ahora, Jesús afirma: “Éste es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera”. En este contexto, comer es alimentarse, no de algo, sino de alguien. Jesús dice en este evangelio que: “El pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. Nos podemos preguntar qué significa la palabra carne. Esto se aclara en el evangelio de san Juan cuando dice: “El Verbo se hizo carne”, es decir se hizo humano, se hizo hombre, por tanto, la expresión “mi carne” significa mi vida, es decir Jesús mismo.

En la primera lectura vemos al profeta Elías huyendo de la Reina Jezabel que quiere matarlo y, para salvarse, se dirige al monte Horeb, el monte de Dios. Durante el camino siente deseos de morir y el cansancio lo vence. Pero un ángel del Señor lo despierta y le ofrece un alimento con el que recobra las fuerzas necesarias para llegar al monte de Dios. Este episodio puede ser muy bien el símbolo de nuestra vida, pues para llegar a la vida eterna, el verdadero monte de Dios, necesitamos alimentarnos de un alimento divino, de un alimento especial dado por Dios mismo para poder llegar a él. Ese alimento es Jesús, pan vivo bajado del cielo. Ese alimento nos llega desde el momento que creemos en él; pero tiene una forma concreta de hacerse realidad con nuestra participación en la Eucaristía.

En la Eucaristía Jesús se nos da como alimento, ya sea por la oración, ya sea por la escucha de su Palabra, pero sobre todo por el sacramento de la comunión. En la celebración de la Eucaristía, a través del sacerdote, Jesús dice: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo… tomen y beban esta es mi sangre”. La Eucaristía es el alimento para tener la vida de Jesús en nosotros y mediante esto llegar a la vida eterna: “El que coma de este pan vivirá para siempre”, dice Jesús. Qué lástima que no todos los que van a Misa comulgan, o porque no creen que Cristo sea pan de vida o porque piensan que no necesitan de él. Son muchos los que sólo van a oír Misa, pero Jesús dice en la celebración: “Tomad y comed… Tomad y bebed”. Hermanos, que Dios les atraiga hacia su Hijo y se alimenten de él ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla