“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”

HOMILÍA EN EL DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO
Prov 9, 1-6; Sal 33; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58

“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”

Queridos hermanos, el evangelio inicia con las mismas palabras que terminó el domingo pasado: “El pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”. Ya dijimos antes, citando a Jn 1, 14 que “mi carne” significa “mi vida” (se hizo hombre). Antes, Jesús, evocando la encarnación, insistía en que él era el pan bajado del cielo, ahora insiste en: “El pan que yo les voy a dar”. Por tanto, en las palabras: “El pan que yo les voy a dar” se anuncia la entrega de Jesús, la entrega total de su vida en la Cruz y en la Eucaristía.

En la primera lectura, del libro de los Proverbios, la sabiduría preparaba un banquete e invitaba a los faltos de juicio a dejar la ignorancia y avanzar por el camino de la prudencia, es decir que cuando ahí se habla de comer se trataba de una forma metafórica de saciarse, no de comida, sino de sabiduría. Sin embargo, aquí en el evangelio, los judíos discutían entre ellos al escuchar las palabras de Cristo, eso significa que están entendiendo las palabras de Jesús en su sentido literal y no metafóricamente, y tenían razón, porque Jesús no habla de entrega de conocimientos, sino de la entrega de su propia vida, por eso discuten los judíos porque no podían admitir que de la entrega de la vida de un hombre viniera la salvación y se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Dado que carne significa vida, en este contexto comer no se trataba de masticar, sino de aceptar esa vida ofrecida por Jesús. En el fondo se trata de dos preguntas, ¿cómo puede éste darnos su vida? y ¿cómo podemos nosotros recibirla?

La pregunta que se hacen los judíos tiene de fondo en ellos la falta de fe, pero es una buena pregunta que exige una buena respuesta de fe, es decir ¿cómo puede la entrega de la vida de un hombre transformar la vida de quienes aceptan la entrega? La respuesta está en la fe pues por ella se acepta a Jesús y en la medida que se le acepta Él se hace parte de nuestra vida y la transforma. Los judíos se niegan a creer en Cristo que les ofrece su vida. Se asoma así veladamente el escándalo de la cruz al negar que de la muerte de Jesús en la cruz brote la salvación. En cambio, para quien acepta, por la fe, la entrega de Jesús, por la fe comienza a comer su carne y por consiguiente a vivir su vida. Recordemos a Pablo que decía: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gá 2, 20). Para que Pablo diga estas palabras es porque, por la fe, comió el cuerpo entregado y bebió la sangre derramada de Cristo en la cruz y también en la Eucaristía, por eso decía él: “Siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva” (1 Co 11, 26).

Ahora bien, si Jesús vivió toda su vida para los demás, toda su vida fue entregarse por los demás y esa entrega de toda su vida la consumó en la cruz, eso significa que quiere como respuesta nuestra, una vida también entregada a Dios y a los demás. No es buen signo, en nuestra vida, querer recibir la entrega de la vida de Jesús y no querer entregar la nuestra. Recibir a Jesús tiene como consecuencia querer vivir como él. En este sentido, san Pablo dice en la carta a los filipenses: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2, 5) y en la carta a los romanos dice que “A los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29).

Cristo en sus palabras es reiterativo, lo vuelve a repetir una y otra vez, ya no sólo hablando de comer su carne, sino también de beber su sangre y extiende la explicación hacia sus dos consecuencias, es decir hacia la permanencia en él y hacia la vida eterna. La permanencia en él es la primera consecuencia, para esta vida, en aquel que ha aceptado la vida de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”. Más adelante Jesús dirá: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto” (Jn 15, 5). Para los judíos esto era impensable, para nosotros que hemos aceptado a Cristo como nuestro salvador, su vida nos llega, en primer lugar, por la fe, pues Cristo vive en nosotros y nosotros en Cristo. Esta permanencia de Cristo en nosotros, y de nosotros en Cristo, es al modo de la permanencia de Cristo en el Padre: “Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así el que me come vivirá por mí”.

La última y definitiva consecuencia es la vida eterna: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”. Comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre en primer lugar es creer en él, en cuanto Hijo de Dios hecho hombre que entrega su vida por la salvación de todos y, precisamente, porque entrega su vida y se acepta y se vive su vida, esa vida se prolonga hasta la vida eterna. En ese sentido el prefacio de la Misa dice que cuando alguien que tiene fe muere, la vida no se acaba, sino que se transforma. Es decir que después de la muerte se continuará lo que en esta vida se ha comenzado.

San Pablo exhorta a los efesios a no ser insensatos, sino prudentes, es decir a tener la sabiduría de la vida porque los tiempos son malos (siempre se ha dicho lo mismo). San Pablo dice: “No sean irreflexivos”, es decir sean sabios. Para ello: “Traten de entender cuál es la voluntad de Dios”. Entender cuál es la voluntad de Dios es la verdadera sabiduría. Dios quiere que recibamos la entrega de su Hijo Jesús y llenos del Espíritu Santo vivamos en continua oración, sobre todo en el sacramento de la Eucaristía. En efecto, sabemos que la entrega de la vida de Jesús se consumó en la cruz, pero él quiso adelantarla sacramentalmente en la última cena. En la cruz no hubo manos que se alargaran para recibir la vida de Jesús, fue la tierra la que recibió el cuerpo entregado y la sangre derramada de Jesús. En cambio, en la última cena, cuando Jesús dijo “Este es mi cuerpo, tomad y comed”, “Esta es mi sangre. tomad y bebed”, las manos de los apóstoles se alargaron para recibir de Jesús aquel pan y aquel vino que dijo Jesús que era su cuerpo y su sangre.

Hermanos, desde aquella noche, la última cena fue la primera de muchas cenas en las que la entrega de Jesús tiene una forma concreta de realizarse. Desde entonces, es en la celebración de la Eucaristía donde Jesús se nos da como alimento para la vida eterna. Por eso san Ignacio de Antioquia decía que la Eucaristía es medicina de inmortalidad. Es en la Eucaristía, donde recibimos a Cristo para que permanezca en nosotros y transforme nuestra vida para que la vivamos entregándola también por los demás. Así pues, con fe, esperanza y caridad aceptemos la entrega del Hijo de Dios encarnado que se entregó por nosotros en la cruz y que en la Eucaristía se nos entrega, una y otra vez, de forma sacramental. Que Cristo permanezca en ustedes, les bendiga en esta vida y les dé la vida eterna. ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla