“El que quiera venir conmigo”

 

HOMILÍA EN EL DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 50, 5-9; Sal 114; St 2, 14-18; Mc 8, 27-35

“El que quiera venir conmigo”

Como sabemos, además de que Jesús es el camino, la verdad y la vida, siempre andaba de camino. Pues bien, en el camino a a los poblados de Cesarea de Filipo preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Son dos preguntas: ¿qué dicen los demás? y ¿qué dicen ustedes? Para la primera pregunta tuvieron varias respuestas, para la segunda, que es más personal, la respuesta de Pedro, a nombre de todos, fue: “Tú eres el Mesías”. En el evangelio de san Mateo Pedro agrega “El hijo de Dios vivo”, en cambio aquí sólo dice: “Tú eres el Mesías”, lo cual indica que sólo lo ven como hijo de David, pero no descubren todavía su condición divina y menos la forma como va a llevar a cabo su misión.

Responder a la última pregunta es muy importante porque puede tener varios significados: ¿ustedes qué piensan de mí?, ¿quién soy yo para ti? Si tratamos de responder sólo desde el punto de vista del conocimiento, nos bastaría ir al catecismo de la Iglesia y ahí encontramos la doctrina de lo que Jesús es para nosotros; pero la pregunta de Jesús quiere una respuesta más personal y más existencial: ¿qué importancia tengo en tu vida, qué lugar ocupo en ella? Responder desde este último punto de vista no es responder con el catecismo, sino con el corazón, no se trata de dar una respuesta de conocimiento, sino una respuesta de amor. Aquí no se trata de un examen de catecismo, sino de un examen de fe a Jesucristo Nuestro Señor.

Este pasaje evangélico se encuentra ubicado a la mitad del evangelio y precisamente antes de iniciar el camino definitivo a Jerusalén. Por esto mismo, Jesús hace su primer anuncio de la pasión: “Era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día”. Cuando Jesús dice que “era necesario”, significa que está previsto en el designio de Dios que la salvación del mundo tenga su fuente en Cristo entregado por nosotros en la cruz, amándonos hasta el extremo, y que los que lo quieran seguir han de asumir su estilo de vida, es decir entregarse también. En este sentido las palabras del profeta Isaías son una profecía de la pasión de Cristo y una invitación para que se identifiquen los que lo quieren seguir: “El señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos”.

Los contemporáneos de Jesús esperaban un Mesías que, como hijo de David, restaurara la dinastía davídica y, por lo mismo, a pesar de que Isaías hablaba ya de un Mesías sufriente, la verdad es que nadie esperaba ni quería un Mesías así, sino un Mesías que destronará a los romanos e instaurara un reino temporal. Pero el evangelio dice que Jesús: “todo esto lo dijo con entera claridad”, es decir: que sería un Mesías entregado a la muerte y resucitaría al tercer día. El evangelio dice que después de que Pedro contestó: “Él les ordenó que no se lo dijeran a nadie”. Uno se pregunta ¿por qué Jesús no quería que se supiera? Pues por la sencilla razón de que Pedro y sus compañeros piensan en un Mesías temporal que haría justicia a Israel devolviéndole la dinastía davídica y este no era el designio de Dios.

A pesar de que Jesús les explicó todo con claridad: “Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”. ¡Qué palabras tan duras!, pero es que era muy importante dejar en claro qué tipo de Mesías era Jesús y de qué manera iba a salvarnos y, por otro lado, indicar el camino que debían seguir todos sus discípulos. El camino de la renuncia, y de la entrega: pensar como Jesús, actuar como Jesús y amar como Jesús. No hacer esto podría ser indicio de pensar al modo del príncipe de este mundo o ser de sus seguidores. De ahí que es muy importante preguntarse qué es lo que buscamos en esta vida, a quién seguimos, con quien nos identificamos.

Después de esto, Jesús invitó a todos a seguirlo. Este es el discipulado que hay que asumir: se trata de seguir de manera personal a Jesucristo y al modo de Jesucristo. Las palabras de Jesús: “El que quiera venir conmigo” exigen seguirlo de manera incondicional. Jesús es el único que puede poner condiciones, y de hecho pone tres: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. Renunciar a sí mismo, cargar la cruz y seguir a Jesús es ir en contra de nuestros deseos de realización meramente humana. Renunciar a sí mismo significa trascender el horizonte de las realizaciones humanas por una realización espiritual. Para lograr esto se necesita poner en el centro de nuestra vida a Cristo nuestro Señor. Para ello se necesita la gracia de Dios. En este sentido dice el profeta Isaías: “Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado”. Sólo así, con la ayuda de Dios, podremos renunciar a nosotros mismos, a nuestros egoísmos o proyectos personales y humanos que no son parte del designio de Dios. Sólo así se puede cargar la cruz y seguir, cada día, a Jesús.

El cardenal Van Thuan, en su libro “Testigos de Esperanza”, dice que Jesús no era bueno para la propaganda, como tantos candidatos a elecciones que preparan buenos discursos con programas detallados y muchas promesas para esta vida. Jesús en cambio promete procesos, junto con persecuciones; no asegura ni la comida ni el alojamiento, en definitiva, correr su misma suerte; es decir abrazar la cruz del sufrimiento. En efecto seguir a Jesús no es nada fácil y, sin embargo, ¡muchos lo han seguido desde entonces hasta nuestros días! En efecto, a lo largo de la Historia de la Iglesia los cristianos han sido perseguidos y mueren por su fe en uno o en otro lugar de la tierra. Siempre constatamos esta realidad en alguna parte del mundo: muchos cristianos son desplazados de su tierra o asesinados simplemente por creer en Jesucristo. Se cumple en ellos lo que decía un escritor de los primeros tiempos: “¡La sangre de los mártires es semilla de cristianos!” (Tertuliano).

Hermanos, en dónde radica el secreto para que, a pesar de la cruz, muchos sigan a Jesús. La respuesta está en las últimas palabras de este evangelio: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. Es decir que Jesús también hace promesas; pero éstas, a pesar del dolor de la cruz, llevan a la vida eterna. Es la paradoja del seguimiento de Cristo, es morir y vivir. En la catedral de Morelia Michoacán hay un letrero que dice: “Acostúmbrate a morir, antes que la muerte llegue, porque muerto sólo vive, el que estando vivo, muere”. ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla