“Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”

HOMILÍA EN EL DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
Gn, 2, 18-24; Sal 127; Hb 2, 8-11; Mc 10, 2-16

“Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”

Queridos hermanos, el día de hoy la Palabra de Dios nos habla sobre el matrimonio y los niños. En el Evangelio: “Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: ‘¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?’”. Esta pregunta refleja la realidad de todos los tiempos. El matrimonio ha tenido muchas formas de realizarse en la historia de la humanidad y en todas ellas, la separación ha sido una constante. En este sentido, en tiempos de Cristo tenía mucha fuerza la tradición de Moisés, según la cual el varón podía despedir a su mujer prácticamente por cualquier cosa (cfr. Dt 24, 1).

Jesús respondió a esta pregunta apelando, no a la historia, sino al designio de Dios sobre matrimonio. En el libro del Génesis se dice que: “No es bueno que el hombre esté solo” y que: “El hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. En estas palabras tiene su fundamento el matrimonio. La primera palabra, “no es bueno que el hombre esté solo”, no vale sólo para el matrimonio, sino para todos los aspectos de nuestra vida. No podemos vivir en soledad. Para salir adelante en nuestra vida necesitamos de otros, tanto para la alimentación como para el vestido, así como para nuestro trabajo y nuestras realizaciones personales. Siempre estamos en relación con otros, incluso los monjes siempre están en relación consigo mismos, con Dios, con sus hermanos y con la gente que los busca para consejo o dirección espiritual.

El hecho de que el hombre no pueda vivir en soledad explica, en cierto modo, el por qué los que se casan y se separan, en la mayoría de los casos, buscan rehacer su vida en otra relación, y vaya que no son pocos. En efecto, lograr una relación estable y duradera, como la Palabra de Dios indica, requiere de fe, de entrega y de lucha para vencerse a sí mismo, vencer el pecado y así superar todo aquello que pudiera romper la unidad matrimonial. Hace unas décadas, cuando había problemas en un matrimonio, los familiares y los testigos (los padrinos) trataban de ayudar para que se reconciliaran y siguieran adelante; hoy son muchos los que, por falta de fe y el relativismo moral en el que nos encontramos, les aconsejan, la separación y que se busquen otro u otra.

Los datos históricos muestran que el matrimonio ha tenido muchas vicisitudes y en la mayoría de ellas las mujeres no han tenido los mismos derechos ni se les respeta su igual dignidad. En muchas culturas, sólo los varones tenían el derecho de dejar a sus mujeres, tal como se hacía en Israel: “por cualquier motivo” (Mt 19, 3). Todo esto ha sido permitido por Dios, decía Jesús: “Debido a la dureza del corazón de ustedes”. Es un hecho que esto, no sólo en los tiempos de Cristo, sino también en nuestros días, cuando no se quiere o no se puede vivir el designio de Dios, las separaciones aumentan considerablemente y, además, ahora no sólo el varón deja a la mujer, sino también la mujer deja al varón.

La Palabra de Dios nos invita a volver la mirada al plan original. En nuestros días su enseñanza sigue teniendo todo su valor. En el designio de Dios la unidad es una de las características del matrimonio: “Serán los dos una sola cosa”. Además, dice Jesús: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”, es decir que también es indisoluble para toda la vida. Sin embargo, es un hecho que para vivir lo anterior se necesita, por un lado, conocer el designio de Dios sobre el matrimonio y, por otro, poner los medios para que, con la ayuda de Dios, esto sea posible. Por ejemplo, antes del matrimonio debe haber un verdadero noviazgo en el que la pareja se conozca suficientemente y madure su amor para poder vivirlo toda la vida en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad.

Cuando en el libro del Génesis se dice que Dios formó a la mujer de la costilla de Adán no significa que la mujer sea inferior al hombre, sino que el hombre y la mujer tienen la misma carne, la misma dignidad. En la Carta a los Hebreos se dice que: “El santificador y los santificados tienen la misma condición humana” (se entiende por su encarnación). Los Padres de la Iglesia decían que Cristo: “Lo que no asumió no lo redimió”. San Pablo dice que la unión de Cristo con su Iglesia es un matrimonio y un misterio (cfr. Ef 5, 32). En el matrimonio no basta enamorarse y casarse, hay que aceptarse recíprocamente, asumirse y redimirse. Esto significa que al amado o a la amada se le conquista todos los días con el amor, la tolerancia y el perdón y sólo de esta manera maduran recíprocamente.

Después de su enseñanza sobre el matrimonio, fue muy oportuno que le hayan presentado a Jesús unos niños para que los tocara, pues los niños son fruto del matrimonio y el que recibe a un niño, recibe a Jesús (cfr. Mc 9, 36). Sin embargo, parece que los discípulos no sólo no han entendido el designio de Dios sobre el matrimonio, sino tampoco el designio de Dios sobre los niños, pues no dejaban que se acercaran a Jesús. Dios quiere bendecir el matrimonio, la familia y el fruto del amor de los esposos, es decir a los niños.

Por esto Jesús aprovechó para decir: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Aquí Jesús dice que quiere mucho a los niños y que sus discípulos deben ser medio y no estorbo para que los niños vayan a él; también señala lo importante que es el Reino de Dios y que sólo entran en él los que se hacen como los niños. En este sentido y en estos tiempos, en que muchos no se casan por la Iglesia, los jóvenes que se deciden a hacerlo son como niños que piden la bendición de Dios para vivir unidos toda la vida y así entrar en el Reino de Dios.

Finalmente, el evangelio dice que Jesús: “Tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos”. Los niños, como fruto del matrimonio, necesitan la bendición de Dios. Ahora bien, cuando los esposos han traído hijos al mundo y deciden separarse, no sólo sufren ellos la falta de amor o de perdón, sino que, cuando la ruptura es violenta, sufren la pérdida de los hijos y hacen sufrir a los hijos, más por sus pleitos y falta de respeto que, por su separación. Ojalá que si los padres, de hecho, se han de separar, lo hagan respetando los derechos de los niños a tener el apoyo y cariño de sus dos padres, aunque: “Por la dureza de sus corazones”, se encuentren separados. De esta manera, aunque separados, Dios bendecirá a sus hijos, como lo quiere Jesús, y a ellos también. Pidamos a Dios su gracia para vivir el designio sobre el matrimonio y la familia. Dios quiere la unidad toda la vida y que vivamos a favor de la vida, es decir a favor de los niños. ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla