“¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”

 

HOMILÍA EN EL DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Sab, 7, 7-11; Sal 89; Hb 4, 12-13; Mc 10, 17-30

“¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”

Queridos hermanos, el día de hoy el Señor Dios pone a nuestra consideración los bienes de la tierra y los bienes del cielo, así como lo que debemos hacer para tener un tesoro en el cielo.

En el evangelio aparece un hombre que está muy apegado a los bienes materiales. Jesús va de camino a Jerusalén y un hombre se acercó y le preguntó: “Maestro bueno ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” La respuesta de Jesús, dejando a un lado los mandamientos que se refieren a Dios, se refirió a los mandamientos que tienen relación con el prójimo: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”. Notemos que Jesús no menciona los mandamientos que hablan del honor de Dios, lo cual indica la importancia que Jesús le quiere dar a los que hablan del amor al prójimo. Muchas veces, queremos cumplir con Dios sin cumplir con el prójimo, otras veces quisiéramos encontrarnos con Dios sin ir al encuentro del prójimo. Pero Dios quiere hacer pasar por el prójimo nuestras relaciones con él.

La respuesta de aquel hombre: “Todo eso lo he cumplido desde muy joven” refleja que ciertamente él es alguien que ha acumulado méritos y bienes materiales y se ha esforzado cumpliendo los mandamientos, pero los ha cumplido de manera legal, por cumplimiento. Cuando las cosas se hacen así, la misma palabra dice cumplo y miento. Ya san Pablo decía a los Gálatas que, si la ley fuera capaz de dar vida, su cumplimiento bastaría para hacer justos a los hombres (cfr. Ga 3, 21), pero entonces Cristo habría muerto en vano (cfr. Ga 2, 21). Así que más que cumplir los mandamientos lo importante es creer en Jesucristo y porque se cree en él no se cumplen los mandamientos, sino que se viven; aquel hombre se pregunta por el “qué debo hacer” y no por el “qué debo ser”. Ciertamente cumplir los mandamientos es parte del esfuerzo laborioso que el hombre ha de hacer para disponerse a la gracia. San Pablo dice que la ley es nuestro pedagogo para llevarnos a Cristo, pero una vez llegados a Cristo ya no estamos bajo el régimen de la ley. Este hombre estaba bajo el régimen de la ley y no pudo superarla. Por eso: “Jesús lo miró con amor y le dijo: Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”. Jesús le invita a entrar en una relación más profunda donde los mandamientos quedan superados por una relación personal y vital con él y con los pobres. No basta pensar en sus riquezas y en su propia salvación, hay que pensar en las necesidades materiales de los demás: “La religión pura a los ojos de Dios es ayudar a los huérfanos y viudas en su tribulación” (St 1, 27). ¿Como lograr lo anterior? Se necesita el encuentro con Cristo, desposeerse, compartir los despojos y seguir a Jesús.

El encuentro con Jesús es un momento radical en la gracia que exige un desapego con los bienes materiales, cosa que aquel hombre no pudo hacer. San Pablo, después del encuentro con Cristo, decía: “Todo lo considera basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8). El evangelio dice que aquel hombre: “Se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes”. El hecho de que se haya retirado triste y apesadumbrado comprueba las palabras de Jesús: “En donde está tu tesoro ahí está tu corazón” (Lc 12, 34). La actitud de aquel hombre era la de poseer todo en esta vida y todo en la otra, por eso se entristeció porque comprendió que para poseer todo en la vida eterna había que desposeerse de todo en esta vida. Este hombre vivía apegado a sus bienes materiales, sin embargo, según este evangelio los bienes hay que compartirlos. En cierto sentido los bienes pertenecen a todos. Los Padres de la Iglesia de los primeros tiempos decían que lo que al rico le sobra al pobre le pertenece: “El pan que no usas, es el pan del hambriento; el vestido colgado en tu armario es el vestido del que está desnudo; los zapatos que no te pones son los zapatos del que está descalzo; el dinero que tienes guardado bajo llave es el dinero de los pobres” (San Basilio el Grande). Desde este punto de vista, cuando algo compartimos en realidad devolvemos lo que no nos pertenece. Decía San Ambrosio: “No das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo que es suyo”. ¡Si las riquezas se compartieran más en el mundo no habría pobres, seriamos más humanos, más hermanos y más cristianos!

Aquel hombre que no pudo seguir a Jesús cumplía rigurosamente sus deberes religiosos, su conciencia estaba tranquila. Así nos pasa muchas veces, disfrutamos de nuestros bienes sin pensar en los que carecen de lo más elemental. Seguir a Cristo significa mirar y ayudar a los hermanos en sus necesidades. Muchas veces preferimos nuestro bienestar que seguir a Cristo. Mucho se nos ha dicho, y no lo ponemos en duda, que Dios quiere nuestra felicidad, pero eso no significa que nuestra felicidad dependa de los bienes materiales, sino de encontrase con Cristo y seguirlo. No hemos venido a este mundo para llenarnos de dinero, sino para hacernos ricos de lo que vale ante Dios (cfr. Lc 12, 21). Dice San Pablo que el Señor Jesús, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Co 8, 9).

En la segunda parte del este evangelio, y como conclusión al encuentro con aquel hombre: “Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!”. El evangelio dice que: “Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras”. Sin embargo, Jesús aclara: “¡Qué difícil es para los que confían en las riquezas!”. A pesar de esta aclaración: “Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Los discípulos reconocen, con la explicación que les ha dado Jesús, el peligro que significan las riquezas, incluso para los seguidores de Jesús más cercanos, pues no es cuestión de cantidad, sino de confianza en ellas, por eso dicen: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Nuevamente Jesús les aclara: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”.

Si la salvación sólo fuera difícil para los que tienen muchos bienes materiales y fácil para los que tienen pocos, no habría mucho de qué preocuparnos, puesto que los ricos son pocos y los pobres son muchísimos. Las palabras de Pedro confirman que, en el apego a las riquezas, no es cuestión de cantidad: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”, pero ¿qué es ese todo que Pedro dejó?, él no era rico, ¿su barca, sus redes, su modo de vivir? Pues sí, ese era su todo y, sin embargo, Pedro lo dejó. El dinero, tanto si se tiene, como si se quiere tener, puede ser un ídolo o un impedimento para seguir a Jesús. El evangelio es claro: “De que le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida” (Lc 9, 25). En cambio, si se pone a Jesús en primer lugar, él ha prometido, “en esta vida”, a los que lo siguen, “el ciento por uno”, “junto con persecuciones y en el otro mundo la vida eterna”. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla