“¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”

HOMILÍA EN EL DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO
Dt, 6, 2-6; Sal 17; Hb 7, 23-28; Mc 12, 28-34

“¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”

Queridos hermanos, en el evangelio de hoy un escriba se acercó a Jesús para preguntarle cuál era el primero de todos los mandamientos. A diferencia de otros casos, en los que le ponen una trampa a Jesús, ahora el diálogo se da con mucho respeto. El escriba reconoce la respuesta acertada de Jesús, motivo por el cual Jesús le dice al final: “No estás lejos del Reino de Dios”. En efecto, una búsqueda sincera de Dios es un buen primer paso porque el primero que viene al encuentro de nosotros es Dios, sobre todo en Cristo Jesús que, por su encarnación, se convirtió para nosotros en el camino, la verdad y la vida (cfr. Jn 14, 6).

Como ustedes saben, ya desde el Antiguo Testamento Dios le dio a su pueblo los diez mandamientos (cfr. Ex 20, 1-17 y Dt 5, 1-21), los cuales no han perdido su valor hasta nuestros días. Los diez mandamientos eran como el corazón de toda la Ley y de ellos se desprendían una serie enorme de preceptos. En tiempos de Cristo los maestros de la ley distinguían 613 preceptos, de los cuales 365 eran prohibiciones y 248 mandamientos positivos. La pregunta del escriba, para no perderse entre tanto mandamiento, tenía mucha razón de ser, ¿cuál de todos es el principal? La respuesta de Jesús une el mandamiento del amor a Dios con el mandamiento del amor al prójimo. Además, añade Jesús: “No hay ningún mandamiento mayor que estos”.

Dado que es un escriba el que le pregunta, Jesús contesta citando pasajes de la Ley. Para hablar del mandamiento del amor a Dios Jesús hacer referencia al libro del Deuteronomio 6, 4-5 donde se dice que el amor a Dios no consiste simplemente en el cumplimiento de preceptos, sino en amar a Dios: “Con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Este mandamiento es el alma de todos los mandamientos, es el alma de toda la Sagrada Escritura. Sin embargo, el amor a Dios lleva necesariamente al amor al prójimo. Nosotros quisiéramos amar a Dios sin tener que ver nada con el prójimo, pero Dios quiere que nuestro amor a él pase por el amor al prójimo. El amor a Dios se debe de verificar en el amor al prójimo y el amor al prójimo debe llevarnos al amor de Dios. En este sentido San Juan nos dice en su primera carta que: “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4, 20).

Para hablar del mandamiento del amor al prójimo Jesús hizo referencia al libro del Levítico, 19, 18 en donde el prójimo es el compatriota, pero no los extranjeros. En el Nuevo Testamento este mandamiento vale para todo ser humano independientemente de su raza o de su color. Ciertamente una cosa es el amor a Dios y otra el amor al prójimo; por tanto, estos dos mandamientos no se identifican, pero no se excluyen, sino que se complementan en uno solo: el mandamiento del amor. Por esto san Pablo llegó a decir en la Carta a los Romanos que el que ama ha cumplido toda la ley (cfr. Rm 13, 8). San Agustín decía: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.

Todos sabemos la importancia del templo de Jerusalén como lugar de encuentro con Dios. En la respuesta del escriba, en primer lugar, le dice a Jesús que ‘tiene razón’ y luego explica que el amor a Dios y el amor al prójimo: “Vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Recordemos que el templo era el lugar para ofrecer los sacrificios a Dios. Si el amor a Dios y el amor al prójimo valen más que todos los sacrificios eso significa que son como un culto para dar gloria a Dios. Así pues, el amor es un verdadero culto a Dios, pero tiene dos direcciones, una vertical hacia Dios, como el incienso que sube hacia arriba, y otra horizontal como extendiendo los brazos hacia el prójimo. Pero ¿cuál es el primero? San Agustín llegó a decir que el amor a Dios es lo primero en el orden del pensar, pero en el orden del actuar lo primero es el amor al prójimo.

Conocer en su totalidad la Palabra de Dios y todos sus mandamientos no nos hace mejores si no buscamos y nos preguntamos ¿qué es lo más importante de todo ello? La respuesta es simple, lo más importante es el amor. Pero ¿qué es el amor? ¿dónde se le encuentra? ¿dónde está? Está en Dios. San Juan nos dice que Dios es amor (cfr. 1 Jn 4, 8). De manera que encontrarse con Dios es encontrase con el amor. Por eso podemos y debemos amar al prójimo. El evangelio dice que: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, es decir, como deberías amarte a ti mismo. Sin embargo, si no hemos experimentado el amor de Dios sobre nosotros no vamos a poder amarnos a nosotros mismos como Dios quiere y tampoco vamos a poder amar al prójimo como se merece. Para amar al prójimo necesitamos saber cómo Dios me ama y cómo ama a mi hermano más cercano, a mi hermano más próximo. En cierto modo, se puede decir que, para amar al prójimo, hay que dejar a Dios que en nosotros ame al prójimo. Esto no es nada fácil, pero es posible en la medida que nos dejamos amar de Dios y nuestro amor a Dios es cada vez más auténtico y verdadero.

Las últimas palabras de Jesús confirman que aquel hombre verdaderamente buscaba el espíritu y profundidad de la Ley y no se quedaba en el cumplimiento externo. Por eso Jesús le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. El amor nos acerca a Dios, la falta de amor nos aleja de Dios. Sin embargo, es un hecho que estamos inclinados a pensar sólo en nosotros, a amarnos a nosotros mismos de manera equivocada y egoísta. Por eso existe el mandamiento del amor. La verdad de las cosas es que el amor no se puede vivir como un mandamiento, sino como una fuerza vital fruto de sentirnos amados por Dios. Ahora bien, como el sentirnos amados por Dios no es algo automático, sino que se va aprendiendo y experimentado a lo largo de la vida, en aquellos que buscan a Dios, así en la misma proporción se puede amar al prójimo, cada vez mejor, en la misma medida como uno se siente amado de Dios.

Queridos hermanos, ya sabemos cuál es el mandamiento principal, el mandamiento del amor, el cual tiene dos expresiones, el amor a Dios y el amor al prójimo. Pidamos a Dios, que es amor (cfr. 1 Jn 4, 8), la gracia para ponerlo en práctica en línea vertical hacia él cuando hagamos oraciones y en línea horizontal hacia nuestro prójimo cuando hagamos acciones. Recordemos que cuando hacemos el bien a los demás, especialmente a los pobres, en realidad se lo estamos haciendo a Jesús que dijo: “Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25, 38). ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla