“Tú lo has dicho. Soy Rey”

HOMILÍA EN EL DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO
Dn, 7, 13-14; Sal 92; Ap 1, 5-8; Jn 18, 33-37

“Tú lo has dicho. Soy Rey”

Queridos hermanos, en este domingo celebramos la solemnidad de Jesucristo Rey del universo. Con esta fiesta llegamos al último domingo del tiempo ordinario y al primer día de la última semana del año litúrgico. Esto nos permite experimentar en la fe nuestro caminar al encuentro de Dios. Dios es el fin de todas las cosas, él es la plenitud de nuestras esperanzas, él es el gozo que enjuga todas las lágrimas derramadas en nuestras luchas diarias.

Cuando el profeta Daniel en su visión dice que vio un hijo de hombre que venía sobre las nubes, eso significa que subía. La visión es como cuando uno contempla en el horizonte una nube que viene y al mismo tiempo sube a lo alto del cielo. Así pues, Daniel contempló a un hijo de hombre que subía a lo alto para recibir: “La soberanía, la gloria y el reino”. Según el profeta Daniel, este reino nunca se acabará, ni será destruido porque es un poder eterno, es decir que no se trata de un reino como los reinos de este mundo. Lo mismo le anunció el ángel Gabriel a la Santísima Virgen María: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33). La visión que contempló Daniel era una profecía de Cristo que, después de su resurrección, ascendió a los cielos para recibir la gloria y el poder. En cambio, la visión de la que hoy nos habla el libro del Apocalipsis no se trata de la ascensión, sino de la última venida del Hijo de Dios al mundo, por eso dice: “Yo soy el Alfa y la Omega… el que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso”. Desde la ascensión de Cristo a los cielos, la Iglesia y todos los que formamos parte de ella, vivimos en la espera de la venida del Hijo de hombre.

En el Salmo, Dios aparece como el Señor: “El rey de todos los reyes”, como aquel que mantiene el orbe y no vacila. San Pablo dice en su discurso, ante los atenienses, que: “En él vivimos nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). Esto significa que Dios no hizo el mundo y lo dejó, sino que lo cuida y lo conserva para que llegue a su fin. Dios es el principio y el fin. En este sentido se puede hablar de una soberanía de Dios en el universo, pero ¿de qué sirve que sea el rey del universo si no es el rey en nuestros corazones? Es verdad que, en Dios, todos los seres humanos vivimos nos movemos y existimos, pero ¿cómo nos movemos y cómo existimos? ¿creemos en él y en su misericordia? ¿estamos en comunión con Dios y con nuestros hermanos? Es en este sentido donde Dios quiere reinar en el mundo.

Como el Salmo, el Apocalipsis atribuye a Jesucristo lo que el Antiguo Testamento atribuía a Dios. Jesucristo es el: “Soberano de los reyes de la tierra” que con su muerte en la cruz: “Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre”. ¿En qué consiste este reino? Lo explicará Jesús con una palabra ante Pilato: “Mi reino no es de este mundo”. Jesús dice que su reino no es de este mundo, que no es de aquí, pero no dice que no se viva aquí, pues en realidad comienza aquí, por eso dice él: “Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad”, es decir que sí es rey, pero de un reino espiritual, del cual él es el “Testigo fiel”, como dice el Apocalipsis, o el “Testigo de la verdad” como le dice Jesús a Pilato.

En el evangelio de hoy comienza un diálogo entre Pilato y Jesús con la pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Antes de responder afirmativamente Jesús dice: “Mi Reino no es de este mundo”, “Mi Reino no es de aquí”. Con estas palabras Jesús insiste en el origen divino de su reino y en su naturaleza distinta a los reinos de este mundo. Ciertamente, aunque ya está en este mundo, su reino no es de aquí, como lo afirma categóricamente Jesús. En concreto, su reino no consistirá en la restauración temporal de la dinastía davídica, a la cual aspiraban muchos, incluidos sus discípulos; tampoco se trata de un reinado al estilo del emperador romano. Jesús no viene para crear un reino más, sino el único que no necesita de poder, armas o riquezas, sino el poder del amor, el poder de la entrega por los demás.

El reino de Jesús no es de aquí, pero sí se vive aquí en aquellos que, como miembros de la Iglesia, que es germen y principio del reino (cfr. LG No 5), aceptan a Jesús en su vida y tratan de que ese reino de Dios esté más presente en nuestro mundo. En ellos, el reino de Dios comienza a germinar como la semilla de mostaza que es la más pequeña de las semillas, pero cuando germina y crece se convierte en un arbusto grande (cfr. Mc 4, 31). Orígenes, un sacerdote de los primeros tiempos de la Iglesia, decía que cuando en la oración: “Pedimos que venga el reino de Dios lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando”.

Siguiendo el diálogo, Pilato le dice a Jesús: “Con que tú eres rey. Jesús le contestó: Tú lo has dicho. Soy Rey”. Con esta respuesta ya no hay lugar a dudas, pero Jesús explica la naturaleza de su reino: “Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad”, es lo mismo que decir yo he venido al mundo para ser rey, de un reino de verdad, de amor y de libertad, es decir de un reino que libera de la mentira, del odio y de las ataduras que esclavizan y matan la alegría y la esperanza de vivir. El mundo está lleno de injusticias y de mentiras, pero Jesús es la verdad (cfr. Jn 14 6), por eso dice: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).

Así pues, para que seamos parte del reino de Jesús hay que ser sus discípulos, hay que escuchar su voz: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, decía él. Así pues, la escucha de Jesús lleva a la verdad y ésta a la libertad. En quienes viven esto, se puede decir que en ellos está presente el reino de Cristo o, dicho de otro modo, que en ellos reina Cristo, que Cristo es su rey. Esto nos hace recordar que la fiesta de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925, cuando muchos de nuestros hermanos, viviendo en la verdad y con plena libertad, defendían la fe y morían por ella al grito de: “Viva Cristo Rey”.

En el prefacio de la Misa de hoy damos gracias al Padre porque consagró sacerdote eterno y rey del universo a su Hijo Jesucristo para que ofreciéndose a sí mismo en el altar de la cruz consumara el misterio de la redención humana y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a su majestad infinita un Reino eterno y universal: Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz. Este es el reino que queremos que se haga más presente en este mundo tan lleno de mentiras, de maldad, de injusticias, de guerras y de muerte. Este es el reino con el que estamos comprometidos. ¡El Reino es Cristo mismo! Decía san Cipriano que: “Así como Cristo es la resurrección porque en él resucitamos, así él es el Reino porque en él reinamos”. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla