Homilía de la Misa Crismal 2019

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL
16 de abril de 2019

Queridos hermanos, la fiesta de la resurrección en la que culmina la Semana Santa, en cierto modo, es una fiesta de renovación para empezar de nuevo el anuncio de la Buena Nueva de Cristo resucitado. En este sentido en la Vigilia Pascual se habla de fuego nuevo y cirio nuevo. En la liturgia bautismal de esa noche se habla del nacer de nuevo de aquellos que son bautizados o de renovar nuestro bautismo los que ya llevamos años de bautizados.

La celebración de la Misa crismal, que hoy celebramos, también es una celebración de renovación. En ella los sacerdotes renovamos las promesas sacerdotales, se bendice el óleo de los catecúmenos, el óleo de los enfermos y se consagra el santo crisma. Óleos que se usarán en los sacramentos del bautismo, confirmación, unción de enfermos y en el sacramento del orden durante todo un año hasta que volvamos a una nueva Misa crismal.

Al reunirnos todo el presbiterio para renovar nuestras promesas sacerdotales, esta Eucaristía es la celebración anticipada de la Cena del Señor, con sus apóstoles, en el cenáculo, en la que Cristo se entregó a ellos de manera sacramental anticipando su entrega cruenta que iba a hacer en la cruz el viernes santo. Por ello, como sacerdotes y como presbiterio estamos llamados a vivir, en este momento, el encuentro con Cristo que experimentaron los apóstoles en la última Cena para renovar nuestra identidad, vocación y misión sacerdotal.

Ciertamente, en toda Eucaristía podemos renovar nuestra identidad sacerdotal, no sólo ofreciendo a Cristo, sino ofreciéndonos junto con él, es decir haciendo nuestras las palabras de Jesús en la última cena: “Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros”. Sí hermanos, la participación más plena de nosotros en la Eucaristía consiste en ofrecer la ofrenda de Cristo al Padre y en hacernos ofrenda junto con Cristo por la salvación del mundo.

En toda Eucaristía Cristo hace presente el poder salvador de la última Cena con sus discípulos, sin embargo, no en toda Eucaristía hacemos formalmente la renovación de nuestros compromisos sacerdotales, como sí lo hacemos en la Misa crismal. De ahí la importancia de esta Eucaristía en medio del pueblo que nos acompaña, ora por nosotros y espera de nosotros un renovado entusiasmo en la realización de nuestro ministerio, así como el testimonio humilde y generoso de quienes se han encontrado con Dios y buscan darle gloria en el cumplimiento del encargo recibido.

Como cada año en la primavera las plantas se renuevan, así nuestra Iglesia se renueva cada año en la cuaresma con la penitencia, el reconocimiento de nuestros pecados y la práctica de las obras de misericordia, pero sobre todo nuestra Iglesia se renueva con los misterios que celebramos en la Semana Santa, el Misterio Pascual de Cristo con el cual, por la fe y los sacramentos de la fe, pasamos de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del pecado a la gracia. Todo esto estamos llamados a vivir, todo esto estamos llamados a renovar. Así pues, que el Misterio Pascual que celebramos en la Semana Santa se convierta en un nuevo comienzo, un empezar de nuevo nuestro ser y quehacer como presbiterio y como Iglesia. Si somos renovados en nuestra persona y en nuestro ser sacerdotal, eso quiere decir que somos renovados para renovar, mediante nuestro ministerio, a pueblo que se nos ha confiado.

Hermanos sacerdotes, los invito y me invito a recordar el principio de nuestra vocación, el encuentro gozoso con Cristo que cambió el rumbo de nuestra vida y nos dio el entusiasmo y la decisión de seguir a Cristo con el fin de llegar a la ordenación sacerdotal. Después de recordar, y como parte de vivir profundamente esta Eucaristía, démosle gracias a Dios por el don de la vida, por el don de la fe, por el don de la vocación sacerdotal y hagámonos Eucaristía, es decir hagámonos acción de gracias en esta Misa crismal. Agradezcámosle a Jesús que nos ha asociado a su sacerdocio identificándonos con él y nos ha capacitado para ofrecer su mismo sacrificio por la santificación de la Iglesia y del mundo. Agradezcámosle que nos ha confiado el ministerio de la reconciliación mediante la predicación de la Palabra y el sacramento de la reconciliación.

Pero, por otro lado, también hagamos de esta Eucaristía una súplica pidiendo a Dios las gracias que necesitamos para ejercer santamente el ministerio que se nos ha confiado. Para ello dejémonos tocar por Dios en lo más profundo de nuestro corazón. Pidámosle al que es tres veces santo que, con el fuego de su amor, renovemos nuestra consagración, ese sello del Espíritu que hizo de nosotros sacerdotes con Cristo sacerdote, ese sello que nos consagró para consagrar y santificar por la gracia de los sacramentos y por el ejercicio integral de nuestro ministerio al pueblo de Dios encomendado a nuestro sacerdocio ministerial.

Hermanos, somos parte de un pueblo santo y sacerdotal de donde hemos sido llamados no para apartarnos del pueblo, sino para estar al servicio del pueblo en las cosas que se refieren a Dios. En este sentido está la predicación de la Palabra de Dios, la celebración de los misterios de Dios mediante los sacramentos y la conducción del pueblo de Dios por los caminos del evangelio de la paz. El pueblo de Dios espera eso de nosotros, la predicación de la Buena Nueva, la gracia de los sacramentos y también que vayamos por delante marcando el camino de la salvación.

Hermanos, toda renovación es conversión y obra del Espíritu Santo. Pidamos al Señor que nos renueve y nos convierta más a su amor. Que el Espíritu Santo santificador renueve la consagración que hicimos el día de nuestra ordenación sacerdotal, que renueve en nosotros el fuego del amor por la salvación de los hombres y mujeres que forman parte de las parroquias donde desempeñamos nuestro ministerio.

Hermanos, Jesús nos amó hasta el extremo. Dejémonos amar para poder amar. Nuestro ministerio es un oficio de amor, amor a Dios y amor por la salvación de nuestros hermanos. Que a la hora de renovar nuestras promesas sacerdotales lo hagamos con todo el corazón, con toda nuestra fe y con todo nuestro amor. Que en nosotros se cumplan, en su modo propio, las palabras de Pablo: Basta que confieses con tu boca y creas en tu corazón que Jesús es el Señor para que puedas, en este caso, renovar tu vocación, identidad y misión sacerdotal.

Así que renovemos el llamado que el Señor nos ha hecho para ser sacerdotes con él y renovemos a nuestra Iglesia de Papantla en donde el Señor nos ha llamado, en donde el Señor nos ha plantado y en donde espera frutos de nuestro ministerio sacerdotal. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

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