“Mis ovejas escuchan mi voz…”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“Mis ovejas escuchan mi voz…”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Jn 10, 27-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno”.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. El evangelio de hoy es muy breve, pero es parte de todo el capítulo 10 del evangelio de san Juan en el que se nos habla de Cristo como Buen Pastor.
2. El día de hoy el evangelio contiene solamente palabras de Jesús:
a. “Mis ovejas escuchan mi voz”. Será que nosotros escuchamos la voz de Jesús.
b. “Yo las conozco”. Como el pastor conoce a sus ovejas, Jesús nos conoce a cada uno de nosotros.
c. “Ellas me siguen”. No basta escuchar la voz de Jesús, hay que seguirlo.
d. “Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás”. El pastor lleva a las ovejas a donde hay pasto y agua, Jesús nos lleva a la vida eterna.
e. “Nadie las arrebatará de mi mano”. “Y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre”. Esto vale para los que viven como ovejas suyas. Jesús cuida ovejas, no lobos.
f. “El Padre y yo somos uno”. El Padre es de Jesús, Jesús es del Padre, las ovejas son del Padre y de Jesús.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

En el evangelio Jesús dice: “Mis ovejas escuchan mi voz”. El posesivo “mis ovejas” nos indica que somos ovejas de Cristo, el Buen Pastor, pero ¿cómo ha sido posible esto? Hay que decir que Cristo nos ha adquirido con su propia sangre. Es lo que nos dice el libro del Apocalipsis: “Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap, 7, 14). Ahora bien, si las ovejas de Cristo escuchan su voz, para escuchar a Cristo se necesita hablar el mismo idioma de Cristo, es decir el idioma del amor de Dios. Jesús nos vino a revelar el amor del Padre y el designio que tiene sobre cada uno de nosotros. Para esto es necesario crear espacios para escuchar a Jesús. Uno de ellos, es la celebración de la Eucaristía pues en ella Jesús nos habla en la Palabra proclamada; otro es la lectura orante de la Palabra de Dios, tanto en forma individual como en pequeñas comunidades; otro es la adoración ante el Santísimo Sacramento, pues ahí Jesús habla directamente al corazón.

Jesús no sólo dice: “Mis ovejas escuchan mi voz”, sino: “Yo las conozco y ellas me siguen”. Esto es lo que cambia la historia y la vida de los hombres, porque la frase: “Yo las conozco”, no sólo tiene un significado intelectual, sino afectivo. En la Biblia, el verbo conocer, significa también amar. Así que “Yo las conozco” significa “Yo las amo”. El amor de Dios es lo que ha cambiado la vida de muchos que han escuchado la Palabra de Jesús, se han convertido y lo han seguido. Precisamente porque Jesús ama a sus ovejas y les revela su amor y ellas lo escuchan, por eso el seguimiento de Cristo es la consecuencia de escucharlo y de sentirse amado por él.

También dice Jesús en el evangelio: “Yo les doy la vida eterna”. La imagen del Buen Pastor es una imagen de Cristo resucitado que conduce a su Iglesia a la Jerusalén celestial. En el Apocalipsis aparece que Cristo es el Cordero, por su muerte; y, es el Buen Pastor por su resurrección. En este sentido san Juan dice: “vi una gran muchedumbre que nadie podía contar… todos estaban de pie, delante del trono y del Cordero, iban vestidos con una túnica blanca y llevaban palmas en las manos… Estos son los que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero”. Y el que está sentado en el trono los acogerá en su tienda; ya no tendrán hambre ni sed porque el Cordero que está en medio de ellos será su Pastor y los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida (cfr. Ap 7, 13-17). Así pues, Cristo por su condición de Cordero nos lava de nuestros pecados, por su condición de Pastor nos conduce a la vida eterna.

“Nadie las arrebatará de mi mano”. Las ovejas de Cristo se ven asediadas en este mundo por Satanás que trata de apartarlas del seguimiento de Jesús, especialmente con las tentaciones: la tentación del tener, del poder y del placer. Pero el Buen Pastor no sólo nos cuida en esta vida. En los primeros tiempos de la Iglesia, se pensaba que también cuidaba las ovejas en el trayecto de esta vida a la vida eterna. En el viaje que hacían las almas al cielo, los Padres de la Iglesia veían a Cristo luchar contra los poderes del mal rescatando y arrebatando a las ovejas de los lobos voraces del demonio e introduciéndolas en los pastos paradisiacos del cielo. Por este motivo, la figura del Buen Pastor no sólo aparecía en los bautisterios, sino también en los sarcófagos. El paraíso celeste era representado como un jardín delicioso donde se encuentra un Pastor rodeado de sus ovejas y de hombres que visten la túnica blanca de los bautizados y reciben la eucaristía celeste de los que han llegado a su destino final (así aparece en la Pasión de Perpetua y Felicidad).

Actualmente, la Iglesia celebra a Cristo Resucitado como Buen Pastor el domingo cuarto de Pascua. Si tenemos en cuenta el capítulo 10 del evangelio de san Juan podemos ver que Jesús lo es todo: Jesús es la puerta del redil y también el Buen Pastor. Pero, además, podemos notar que estos textos adquieren nuevas luces, si los vemos a la luz de la resurrección y del bautismo. En efecto en los vv 17-18 es clara la luz de la resurrección: “Por eso me ama el Padre porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo”. El aspecto bautismal podemos notarlo por su contexto, especialmente en el capítulo 9, con la curación del ciego de nacimiento, la cual fue probablemente una catequesis bautismal. Así como el ciego de nacimiento recobró la luz de sus ojos, así los nuevos bautizados era iluminados con la luz de la fe al entrar en el rebaño de Cristo el Buen Pastor.

“El Padre y yo somos uno”. En el libro del profeta Ezequiel aparece claramente que, como respuesta por los malos pastores que se aprovechaban del pueblo de Dios, éste se compromete a quitarles las ovejas (cfr. Ez 34, 10) y dice: “Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34, 11). En este mismo sentido no podemos olvidar el salmo 23 (22) conocido como el salmo del Buen Pastor que dice: “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduces para reparar mis fuerzas”. Así que en el Antiguo Testamento Dios aparece como el Buen Pastor; sin embargo, aquí en el evangelio de san Juan Jesús se apropia este título. Eso significa que Jesús es Dios, significa que Dios cumple su promesa de apacentar a su pueblo por medio de Jesús. Así pues, el Padre es de Jesús, Jesús es del Padre y las ovejas son del Padre y de Jesús. Bien dijo Jesús: “El Padre y yo somos uno”.

Si creemos en Cristo resucitado, estamos seguros en el camino de la fe. Cristo nuestro Buen Pastor nos ama y nos cuida. Sólo hay una condición, escuchar su Palabra y seguirlo. En el mundo de hoy hay muchas voces que nos pueden confundir; necesitamos estar muy atentos para distinguir la voz de Jesús. Hay voces que llevan a la perdición; en cambio la de Jesús dice: “Yo les doy la vida eterna”.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Señor Jesús, Buen Pastor, te damos gracias porque, por la gracia del bautismo, hemos llegado a ser ovejas de tu rebaño. Tú nos conoces, es decir tú nos amas y moriste en la cruz por nosotros y resucitado y vencedor de la muerte eres nuestro pastor que nos conduce a la vida eterna. Concédenos la gracia de que no dejemos de escuchar tu voz y de seguir tus pasos.

Gracias Jesús porque, a pesar de nuestros pecados, nos aseguras que nadie nos arrebatará de tu mano ni de la mano del Padre, gracias por abrazarnos y tenernos junto a tu corazón. No permitas que nosotros perdamos nuestra condición de ovejas y nuestra confianza en tu amor y en tu protección. Concédenos que, así como el Padre y tú son uno sólo, así nosotros, bajo la acción del Espíritu Santo, seamos uno solo en ti y en el Padre.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

El Señor Jesús no pide escuchar su voz y seguir sus pasos. Para esto necesitamos leer su Palabra, meditarla y convertirla en oración y en testimonio de vida. No basta leer u oír la palabra, sino escucharla, es decir hacerle eco en lo más profundo de nuestro corazón. Sólo haciendo esto podremos cumplir la palabra que dice Jesús: “Yo las conozco y ellas me siguen”.

El Señor Jesús nos conoce, nos ama y nos pide también conocerlo y amarlo a él. Si vivimos en su amor no perderemos nuestra condición de ovejas y estará asegurada la protección del pastor, pues Jesús cuida ovejas, no lobos que se apartan de su amor.

El Señor nos pide aceptarlo a él en nuestra propia vida. El Señor quiere darnos la vida eterna, pero la vida eterna no es otra cosa, sino él mismo. Cuando dice: “Yo les doy la vida eterna”, significa, yo me doy a mí mismo. Ahora bien, si Jesús se nos da y se nos entrega, eso significa que nosotros debemos corresponder dándonos y entregándonos a él.

El Señor Jesús nos pide que, así como él y el Padre son uno, así nosotros seamos uno en él y en el Padre. Es decir que vivamos en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y en la unidad que debe haber entre nosotros que somos hijos de Dios y formamos la familia espiritual que es la iglesia, el nuevo rebaño del Señor.

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

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