Homilía de la Peregrinación a la Villa de Guadalupe | 21 de mayo de 2019

HOMILÍA DE LA PEREGRINACIÓN A LA VILLA DE GUADALUPE
DIOCESIS DE PAPANTLA
21 de mayo de 2019

El Inmaculado Corazón de Santa María de Guadalupe.

Queridos hermanos, bendito sea Dios que nos concede reunirnos, una vez más, en la casita sagrada que Santa María de Guadalupe pidió que se le hiciera para escucharnos, para mirarnos, para consolarnos y en muchos casos para curarnos.

La madre es el corazón de la familia, nosotros como familia de fe venimos al encuentro de nuestra Madre, venimos a ponernos en sus brazos, venimos a hablar a su Corazón. Cuando hablamos del Corazón de Jesús hablamos de su amor por nosotros, cuando hablamos del Corazón de María hablamos de su amor por Dios, por su Hijo y por nosotros los creyentes y seguidores de su Hijo. María, en cuanto recibió el Verbo de Dios en su vientre, por obra de Espíritu Santo, es el Corazón más santo, es el Corazón más inmaculado por su unión con Dios y en ese sentido es el Corazón que se convierte en modelo para nuestra santificación y para la unión con Dios. Teniendo en cuenta el cántico de María que hoy cantamos como salmo responsorial, el Corazón de María además de inmaculado es alegre, humilde, creyente, agradecido y colaborador con la misericordia del Señor. María se alegra en su cántico; en la imagen que nos dejó en el Tepeyac, ella baila y viene al encuentro de un pueblo que baila.

En el evangelio que acabamos de leer encontramos el pasaje en el que Jesús se perdió y fue encontrado tres días después en el templo. Tres días es un anuncio velado de su muerte, sepultura y resurrección. José y María encontraron a Jesús: “Sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas”. Los doctores eran los especialistas de las cosas de Dios, los mejores conocedores de la Sagrada Escritura y, sin embargo, Jesús estaba en medio de ellos, como discípulo y maestro, escuchándolos y haciéndoles preguntas. ¡Cuántas veces nosotros nos hemos perdido en el camino de la vida, en el camino de la fe! Jesús se perdió, pero fue encontrado en el templo, fue encontrado en la casa de Dios. Nosotros hemos venido a ser hijos de Dios e hijos de María por la gracia del bautismo. Podemos estar seguros de que si nos perdemos María nos busca, su Corazón maternal no puede olvidar a sus hijos perdidos. En 1531 vino buscar a sus hijos perdidos en el cerro del Tepeyac. También es verdad que los que se reconocen hijos de Santa María de Guadalupe la buscan en su casa y se regocijan, junto con ella, en la Mesa eucarística en la que su Hijo Jesucristo se hace nuestro alimento espiritual para que podamos seguir el camino de la fe.

Cuando María y José encuentran a Jesús en el templo no sólo son testigos de que escuchaba a los doctores y les hacía preguntas, sino que también cuando ellos le preguntaron: “¿Por qué te has portado así con nosotros?”, él les respondió: “¿No sabían que debía estar en la casa de mi padre?”. El templo de Jerusalén era la casa principal para el encuentro con Dios. Todo templo es una casa para encontrarnos con Dios y esta Basílica, en la que nos encontramos, no es la excepción. Sin embargo, a este templo lo llamamos la casa de Santa María de Guadalupe porque ella pido al obispo Fray Juan de Zumárraga que se le hiciera una casita, ciertamente para ella, pero para ponerlo de manifiesto a él. Así le dijo a Juan Diego: “Mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto, lo entregaré a las gentes en todo mi amor personal, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación” (Nican Mopohua). Así que María no se apropia nada que no le corresponda, pidió una casa para ella, pero para manifestar a su Hijo Jesucristo Nuestro Señor, es una casita para encontrarnos con la Madre y encontramos con el Hijo, es una casita sagrada para encontrarnos con Dios. Nuestra peregrinación tiene ese fin: encontramos con Dios. Si no hay encuentro con Dios, con María y con Jesús, la venida a México podrá ser un paseo, un viaje para hacer compras, pero no una peregrinación.

El evangelio dice que: “Ellos no comprendieron lo que quería decir”. María sabía que su Hijo era Hijo de Dios, a ella se le había anunciado que sería llamado Hijo del Altísimo (cfr Lc 1, 32), pero el misterio del Hijo de Dios es tan profundo que nadie lo puede comprender de manera absoluta. En este sentido María también tuvo que peregrinar en la fe. Por eso dice el evangelio que: “Su Madre conservaba todo esto en su corazón”, es decir el misterio del Hijo de Dios encarnado en su seno. El Corazón de María es cofre o sagrario del misterio de Dios. En el Corazón de María, por la encarnación, se dio el encuentro entre la divinidad y la humanidad. El Corazón de María es el Corazón más unido a Dios, es el Corazón más unido al Corazón de Jesús, es el Corazón que, por lo mismo, nos puede unir más al Corazón de Jesús. En Zozocolco de Hidalgo, una de nuestras parroquias de la diócesis de Papantla hay una tradición oral en la que se cuenta que: “Es importante esta Mujer (la Virgen de Guadalupe), porque se para frente al sol, pisa la luna y se viste con las estrellas, pero su rostro nos dice que hay alguien mayor que Ella, porque está inclinada en signo de respeto (hacia el que lleva en su vientre). Nuestros mayores ofrecían corazones a dios, para que hubiera armonía en la vida. Esta Mujer dice que, sin arrancarlos, le pongamos los nuestros entre sus manos, para que Ella los presente al Verdadero Dios” (CHAVEZ Eduardo, La Verdad de Guadalupe, Editorial ISEG, pág. 58). Hermanos esto es lo principal del encuentro de nuestra peregrinación: ofrecer nuestro corazón a Dios por medio de María. Pues bien, para que eso suceda tenemos como centro y cumbre esta Eucaristía. En ella, hay que ofrecer a Cristo al Padre por la salvación del mundo y ofrecernos juntamente con él poniendo en manos de María nuestro corazón, es decir toda nuestra vida para que ella tomándola entre sus manos la presente como ofrenda agradable al verdadero Dios por quien se vive. La Sagrada Escritura dice que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres (cfr. 1 Tm 2, 5), eso es indiscutible, pero María es nuestra mediadora entre Jesús y nosotros. En efecto ella es nuestra intercesora, la que, como en las Bodas de Caná, le dice a Jesús lo que nos hace falta y la que nos dice a nosotros: hagan lo que mi Hijo diga (cfr Jn 2, 1-11).

Hermanos, hablemos al Corazón de Dios, hablemos al Corazón de María, hablemos al Corazón de Jesús. Hoy Jesús también está aquí, en medio de nosotros, escuchándonos, pero también haciéndonos preguntas. La vida cristiana es siempre un dialogo constante con el maestro, él nos escucha, pero también nos pregunta sobre cómo estamos viviendo nuestra fe, cuáles son nuestras preocupaciones. Por medio de María, pidamos a Jesús por la paz en México, por la santificación y perseverancia de nuestros sacerdotes, por las religiosas, por los laicos comprometidos. Pidamos por los adolescentes y los jóvenes para que tengan en nuestras parroquias un espacio seguro para su desarrollo humano y cristiano. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

 

 Audio de la Homilía

 

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