“Haremos en él nuestra morada”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“Haremos en él nuestra morada”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Jn 14, 23-29
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras. La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.
La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean”.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. Jesús no dice “me ama el que dice que me ama”, sino el que cumple su palabra.
2. Dios nos amó primero (cfr. 1 Jn 4, 19). La frase: “Mi Padre lo amará” no significa que antes no lo amaba, sino que el amado antes no se daba cuenta.
3. “Haremos en él nuestra morada”. Como el enamorado quiere morar en el corazón de la persona amada, así Dios quiere morar en nosotros.
4. Jesús aparece como portador de una palabra que no es suya; sin embargo, él es la misma Palabra del Padre.
5. “Les enseñará todas las cosas y les recordará”. El Espíritu Santo será el continuador de la obra iniciada por Jesús. Si Jesús fue el revelador del Padre, el Espíritu será el revelador de Jesús.
6. La paz que Jesús da es la paz interior, fruto de sentirse amado del Padre, de cumplir su palabra y ser morada de Dios.
7. “Me voy, pero volveré a su lado”. Es un anuncio de su pasión y resurrección.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

En el evangelio de hoy, Jesús nos dice: “El que me ama guardará mi palabra, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. Si Dios nos ama y quiere morar en nosotros es porque está enamorado de nosotros. Estar enamorado es desear morar en el corazón de la persona amada. Los enamorados son personas que moran una en el corazón de la otra. Dios quiere morar en nuestro corazón y que nosotros hagamos de su corazón nuestra morada. Por eso Dios envió a su Hijo que puso su morada entre nosotros (cfr. Jn 1, 14) y quiere morar en cada uno de nosotros.

Así pues, el que ama a Dios vive en el corazón de Dios, el corazón de Dios es su morada y su corazón es morada de Dios y como consecuencia guarda la Palabra de Jesús: “El que me ama guardará mi palabra”. Esto significa que el que se sabe y siente amado de Dios, al mismo tiempo corresponde al amor de Dios. Uno podría preguntarse, pero ¿cómo es posible esto? Pues bien, esto es posible gracias al Espíritu Santo. Jesús dice: “El Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”. En efecto, el Espíritu Santo derramado en Pentecostés sobre los apóstoles mora en la Iglesia y está en la Iglesia y en sus miembros como continuador, revelador y realizador pleno de la obra de Jesús. Jesús fue el revelador del Padre (cfr. Jn 1, 18), el Espíritu Santo es el revelador de Jesús y gracias a él, entendemos cada día mejor, el Misterio de Jesús, por eso dijo Jesús: “Les recordará todo cuando yo les he dicho”.

En el Antiguo Testamento, para los judíos, el templo de Jerusalén era la morada de Dios y a ella iban todos al encuentro de Dios para adorarlo. Cuando Jesús expulsó a los vendedores del templo y los judíos le preguntaron: “¿Qué señal nos muestras para obrar así? Jesús les respondió: Destruyan este templo y en tres días lo levantaré” (Jn 2, 18-19). El evangelista dice que: “Él hablaba del Santuario de su cuerpo” (Jn 2, 21), es decir que Jesús es el nuevo templo. A la Samaritana le dijo: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23). Si amamos a Dios y guardamos su Palabra, ahora en esta vida somos morada de Dios, pero después de esta vida, en el cielo, Dios será nuestra morada, es decir nuestro templo. Así lo dice el libro del Apocalipsis: “No vi ningún templo en la ciudad porque el Dios todopoderoso y el Cordero son el templo” (Ap 21, 22).

El Espíritu Santo que mora en nosotros es el que hace posible entender y vivir esa cadena de amor en la que Dios nos ama, nosotros amamos a Dios y Dios hace de nosotros su morada. Por lo mismo es el que nos ayuda para cumplir la Palabra de Jesús. Bajo la acción del Espíritu Santo, cumplir la Palabra de Jesús no se trata de un legalismo externo, sino de vivir en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y desde este amor juzgarlo y mirarlo todo. Se trata de una vida espiritual interior que tiene sus efectos al exterior en la relación con los demás y con toda la creación.

Jesús no sólo prometió el Espíritu para cuando él ya no estuviera presente físicamente, sino que deja como herencia a los que viven y moran en su amor el don de la paz: “La paz les dejo, mi paz les doy”. Sabemos que la paz de Jesús no es ausencia de conflictos, sino vivir la presencia de Dios en medio de ellos. En el mundo hace falta Dios, en la vida de las personas y en la sociedad. Sin embargo, a Dios se le ha alejado de la sociedad, la vida se lleva a un ritmo tan acelerado que no hay tiempo para Dios. En un mundo así para sembrar la paz se necesita que los discípulos de Jesús la lleven en su corazón, en pocas palabras, para sembrar la paz se necesita llevar a Dios en el corazón, ser portadores de Dios y de su paz.

La paz que Jesús nos ha dejado no nos libra de conflictos. Vivir en la fe, en medio del mundo, la presencia de Dios en nuestro corazón, es una lucha, no sólo para mantenerlo dentro de nuestros corazones, sino para sembrarlo y compartirlo con los demás y para ello, para vivir a Dios y hacerlo vivir, la vida tiene siempre conflictos por todo aquellos que se oponen al reinado de Dios y no sólo se oponen, sino que lo atacan frontalmente como es el caso de las persecuciones que la Iglesia ha tenido que sufrir a lo largo de los siglos. En medio de todo eso, las palabras de Jesús tienen todo su valor: “No pierden la paz ni se acobardan”. Bien dijo Jesús: “En el mundo tendréis tribulación; pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). San Pablo nos dijo la semana pasada: “Que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hch 14, 22), el libro del Apocalipsis dice de los que han luchado por Dios en este mundo: “Estos son los que vienen de la gran tribulación, y han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14). En este mismo sentido hay que recordar otras palabras de Jesús: “Bienaventurados los que trabajan por la paz porque se les llamará hijos de Dios” (Mt 5, 9). La paz que Jesús ha dejado a sus discípulos es un don, una tarea y una misión. Pero si amamos a Dios y guardamos su Palabra somos morada de Dios y por lo mismo nos respetamos los unos a los otros, como moradas de Dios que somos. Por eso donde haya conflictos trataremos de sembrar la paz de Jesús.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Te damos gracias, Dios Padre todopoderoso, porque estás enamorado de nosotros, nos amas y quieres morar en nosotros y para que esto sea posible has enviado a tu Hijo Jesucristo para que nos hablara de tu designio de salvación y nos invitará a corresponder a tu amor y a cumplir tu palabra.

Concédenos la gracia del Espíritu Santo para que siga revelándonos la profundidad de tu amor y la obra de Jesucristo nuestro redentor que, por su muerte y resurrección, mediante la fe y los sacramentos de la fe, nos ha dada una vida nueva.

Te pedimos que no nos apartemos de tu amor, no perdamos la paz y esperemos la venida de tu Hijo. Que nunca sintamos que nos ha dejado solos, sino que, aunque se has ido a la gloria, espiritualmente está con nosotros dándonos la paz y pidiéndonos que la compartamos. Por eso como san Francisco te decimos: “Señor, hazme un instrumento de tu paz, donde haya odio lleve yo tu amor, donde haya injuria tu perdón Señor, donde haya duda fe en ti”.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

El Señor nos pide corresponder a su amor, pero no sólo con palabras, sino guardando su Palabra y guardándolo a él en nuestro corazón. Él quiere estar en nuestro corazón, en nuestra morada y también que nosotros nos pongamos en su corazón, que moremos uno en el otro: Dios en nosotros y nosotros en Dios.

Dios nos pide acoger a Jesucristo como enviado del Padre, como el revelador de su designio de salvación. Jesús es el mensaje de Dios y el mensajero, él es portador de la Palabra de Dios y es la misma Palabra de Dios. Para ello Dios quiere también que vivamos bajo la acción del Espíritu Santo para entender cada vez más su misterio y el misterio de Jesucristo muerto y resucitado para nuestra salvación.

El Señor nos pide no perder la paz y no apartarnos de su amor. Aunque, a veces parece que el mal triunfa y que Dios no hace nada en el mundo, él está actuando discretamente, especialmente desde el interior de los corazones de los que lo aman y lo hacen presente en el mundo con su testimonio de vida o con acciones concretas de evangelización o de caridad.

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

Compartir en:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter