“Eviten toda clase de avaricia”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“Eviten toda clase de avaricia”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Lc 12, 13-21
En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”.
Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.
Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. Jesús dice en este evangelio que no viene como repartidor de herencias. Ya había dicho antes: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Lc 5, 32).
2. Jesús nos previene contra la avaricia diciendo: “La vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”. Esto lo ilustra más con la parábola del rico insensato que acumula bienes y se da buena vida, pero al morir: “¿Para quién serán todos tus bienes?”.
3. La conclusión de la parábola enseña que hay que ser ricos, pero: “De lo que vale ante Dios.”

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

El evangelio comienza diciendo que un hombre le dijo a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. Aunque los rabinos podían ocuparse de estas cosas, Jesús aprovecha la solicitud de aquel hombre para decir que él no vino como repartidor de herencias materiales, sino a proyectar nuestra vida más allá de los límites estrechos de este mundo hacia la herencia eterna. Por eso dice a la multitud: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”. Por poseer bienes materiales, naciones, pueblos y familias se pelean. Hay familias que a la muerte de sus padres gastan mucho dinero peleando las herencias y al final, cuando ya se resuelve el caso, se comprueba que, los que ganaron más fueron los abogados. Muchas dificultades se resolverían si entendiéramos que nuestra vida no depende de nosotros ni de nuestras riquezas, ¡nuestra vida depende de Dios!

Partiendo de las riquezas materiales, Jesús quiere elevarnos a las riquezas espirituales y por esto cuenta la parábola del rico que tenía muchos bienes y en lugar de pensar en las necesidades de los demás, se dice a sí mismo: “Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida”. Cuando no se conoce a Dios, nuestra mirada incluso bien intencionada, tiene unos límites muy estrechos que nos impiden ver nuestro destino trascendente y las necesidades de los hermanos. Cuando las riquezas ocupan el lugar que le toca a Dios en nuestro corazón, nos ciegan y ya no tenemos ojos para otra cosa, sino para ellas.

En la oración del Padre nuestro le pedimos a Dios: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. ¿Qué significa esto? Que no nos interesa acumular, sino que no nos falte lo necesario para cada día. No se le dice a Dios: ‘danos hoy nuestro pan de una semana, ni de un mes, ni de un año, ni el que necesitamos para toda la vida’, simplemente: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. El rico de la parábola tenía pan para muchos días y años, ¡tenía de sobra! ¿Por qué no pensar en los que no tenían? Porque las riquezas lo han hecho ciego, no ve las necesidades de los demás y tampoco ve su destino eterno. Bien decía el historiador griego Plutarco que “La bebida apaga la sed, la comida satisface el hambre; pero el oro no apaga jamás la avaricia”.

El rico de la parábola es un ciego espiritual que privilegia los bienes materiales sobre los bienes espirituales. Pero ¿cómo se puede fundar una existencia sobre algo que hoy es y mañana desaparece? ¿Cómo se puede mirar de frente a la muerte, cuando los grandes valores que han regido la vida han sido sólo los bienes materiales? Por eso, para quien funda su vida en las riquezas, al final de la vida vale la sentencia: “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?”. En este sentido el libro del Eclesiastés dice que: “Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión. Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad, y tiene que dejárselo a otro que no lo trabajó”. Así le pasó al rico de la parábola, ¡pero él era muy rico! Nosotros quizá no tenemos grandes fortunas, pero lo poco que tenemos puede convertirse en un ídolo.

San Pablo dice en la carta a los colosenses que hay que aspirar a los bienes de arriba (cfr. Col 3, 1), lo cual no significa desentenderse de los de aquí abajo. Quien pone en primer lugar el Reino de Dios no se enajena del mundo, no lo desprecia ni lo odia, porque es obra del Padre, pero tiene un corazón desprendido y sabe que los bienes materiales son para compartirse con los hermanos. El hombre de la parábola, en vez de pensar en sí mismo, debió pensar más bien en cómo ayudar, sobre todo a quienes estaban más cerca de él. Dios quiere que: “De tal modo nos sirvamos ahora de los bienes pasajeros, que nuestro corazón esté puesto en los bienes eternos” (Oración colecta, Domingo XVII del tiempo ordinario), cosa que no hizo el rico.

Hay que aclarar que Jesús no dice que las riquezas sean malas, pero nos previene de una desmedida valoración, que nos lleve a absolutizar las riquezas, las cuales forman parte de las cosas que pasan, como dice san Juan en su primera carta: “El mundo pasa y sus concupiscencias también, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2, 17). Por tanto, las riquezas espirituales valen más que las riquezas materiales. Dios es la riqueza espiritual por la que vale la pena cambiarlo todo, pero cuando no se ha encontrado este tesoro, las riquezas materiales toman su lugar en nuestro corazón. Por eso en los ejercicios espirituales, san Ignacio de Loyola dice que, para alcanzar nuestro fin, que es Dios, necesitamos el don de la indiferencia hacia todas las cosas creadas, de tal suerte que no queramos más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, sino hacer la voluntad de Dios. Habría que preguntarnos ¿cuáles son nuestras riquezas? ¿en dónde está nuestro corazón?

Hay gente que dice que con el dinero puede comprar todo, pero la vida eterna no se compra con dinero, a no ser que, como dice san Lucas, con éste nos ganemos amigos que nos reciban en el cielo (cfr. Lc 16, 9). Esto es lo que puede significar hacerse rico de lo que vale ante Dios. La vida eterna se gana con amor. San Basilio el Grande decía: “El pan que no necesitas le pertenece al hambriento. Los vestidos que ya no usas le pertenecen al necesitado. El calzado que ya no empleas le pertenece al descalzo. El dinero que gastas en lo que no es necesario es un robo que le estás haciendo al que no tiene con que comprar lo que necesita. Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón”. El problema no es tener, sino tener sólo para sí. Así pues, compartamos lo poco o mucho que tengamos y hagámonos ricos “de lo que vale ante Dios”.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Señor Dios todopoderoso, te pedimos, por un lado, que no nos falte lo necesario para vivir de manera digna y que trabajemos con honestidad para ganarnos el pan de cada día y, por otro lado, concédenos la gracia de que las riquezas materiales no se conviertan en un ídolo que nos haga perder de vista nuestra herencia eterna que eres tú.

Padre bueno, tú eres nuestra mayor riqueza. El habernos encontrado con Cristo, tu Hijo, ha sido como encontrar un tesoro que sacia nuestras aspiraciones espirituales más profundas, concédenos la gracia de que, sin despreciar las riquezas materiales las consideremos en segundo término y las compartamos con nuestros hermanos más necesitados.

Padre nuestro que estás en el cielo y en Cristo nos has hecho hijos tuyos aquí en la tierra y quieres que vivamos siempre en tu presencia sabiendo que cada día es una gracia tuya, concédenos que cada día sea una oportunidad de hacernos ricos, pero de lo que vale ante ti.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

Dios nos pide que luchemos por nuestra subsistencia, pero sabiendo que nuestra mayor riqueza es él y que las riquezas de este mundo nos deben servir para vivir dignamente y ayudar a los demás en sus necesidades. Dios no nos quiere ciegos espirituales, sino con ojos abiertos para ver al que tiene necesidad y para ver nuestro destino eterno.

Dios quiere que compartamos nuestras riquezas. La principal riqueza es Dios, en segundo lugar, los bienes materiales. Dios no quiere pobres. Dios quisiera que las riquezas estuvieran bien distribuidas; sin embargo, sabe de nuestro afán de poseer y acumular riquezas materiales sin compartirlas. Dios quiere que seamos ricos en este mundo compartiéndolo a él, pero también compartiendo nuestros bienes con los más necesitados. Esto significa ser rico de lo que vale ante Dios. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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