“He venido a traer fuego a la tierra”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“He venido a traer fuego a la tierra”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Lc 12, 49-53
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega!
¿Piensan acaso que ha venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. La primera palabra importante en este evangelio es el fuego. Preguntémonos ¿qué es ese fuego que Jesús ha venido a traer.
2. La segunda palabra es bautismo. Preguntémonos ¿qué bautismo tenía que recibir Jesús?
3. La tercera palabra es la división. Preguntémonos ¿qué división ha venido a traer Jesús?

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

En el evangelio de hoy Jesús nos desconcierta con sus palabras. Dice: “He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuanto desearía que ya estuviera ardiendo!” Con estas palabras Jesús nos da su punto de vista de cómo veía él la misión de salvación que el Padre le había encomendado y cómo deseaba que esa salvación llegase a todos como un fuego que se propaga por todos los rincones de la tierra, pero sobre todo en todos los corazones que están fríos y necesitan el calor del fuego del amor de Dios. Ese fuego del que habla Jesús es el fuego del Espíritu Santo. Es el fuego que arde en el corazón de muchos hombres y mujeres que llevan el mensaje del evangelio a todos los rincones de la tierra a pesar de todas las oposiciones familiares y contrariedades de la vida por seguir a Jesús.

Jesús dice también: “Tengo que recibir un bautismo ¡y como me angustio mientras llega!”. El bautismo del que habla Jesús es su muerte en la cruz. Recordemos el pasaje en el que les dice a los hermanos Santiago y Juan que pedían estar uno a la derecha y el otro a la izquierda en su Reino: “¿Podrán beber la copa que yo voy a beber y ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?” (Mc 10, 38). Jesús va a ser bautizado (bañado) en la cruz con su propia sangre, la cual nos purifica de todo pecado (cfr. 1 Jn 1, 7). También dice que se angustia mientras llega, es decir que toda su vida, desde la encarnación, se apuntaba a este momento central y doloroso; pero no final, porque después de su muerte en la cruz está la resurrección y su ascensión a los cielos para enviarnos el don del Espíritu Santo. En el evangelio de san Juan este momento doloroso también es glorioso: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre” (Jn 12, 23). En la cruz de Jesús se une el dolor y la gloria: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (Jn 12, 27). Podemos decir pues que la angustia de Jesús es un sufrimiento anticipado de su pasión, pero sobre todo es una pasión, es un anhelo de salvación para todos nosotros.

El agua es un elemento purificador y destructor, es signo de muerte y de vida, es signo de Dios. Con las aguas del mar rojo fue destruido el perseguidor y liberado el pueblo de Dios. Con las aguas del bautismo se da muerte al hombre viejo e hijo de Adán y nace el hombre nuevo e hijo de Dios. El fuego aparentemente sólo es signo de destrucción, pues cuando algo se ha quemado sólo quedan cenizas; sin embargo, también es signo de vida y es signo de Dios porque Dios es fuego. En la zarza ardiente Moisés vio un fuego que no se consumía (cfr. Ex 3, 2); en Pentecostés descendió el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego (Hch 2, 3). En cierto sentido la vida es fuego, somos seres en combustión. El día que se apague el fuego de la vida en nosotros volveremos al polvo de donde salimos. En este sentido cuando Jesús dijo: “He venido a traer fuego a la tierra”, es sinónimo de cuando dijo también: “He venido al mundo para que tenga vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Una vida sin fuego es una vida sin pasión, una vida sin amor. Jesús fue un apasionado por el Reino y por nuestra salvación y es esa pasión y salvación la que quiere propagar por el mundo incendiándolo de amor.

Pero entonces por qué dice: “No he venido a traer la paz, sino la división”. Porque muchas veces la paz que hay en el mundo no es la paz de Dios. La paz de Dios no es ausencia de guerras o de conflictos, no es tranquilidad o pasividad, sino el orden justo querido por él. La paz de Dios no se identifica con la injusticia, la paz bajo las armas; la paz de la indiferencia o de los cementerios no es la paz de Dios. ¡Qué paradoja!, resulta que el que es nuestra paz (cfr. Ef 2, 14), no ha venido a traer la paz, incluso dentro de la propia familia. Esto es lo que más desconcierta, sobre todo porque sabemos que el evangelio es un mensaje de paz y de reconciliación; pero ciertamente, la experiencia nos enseña que, cuando llega el evangelio a un mundo lleno de pecados e injusticias, son inevitables los conflictos, incluso en la propia familia. En la vida de Jesús hubo conflictos, su vida y su palabra fueron muchas veces incomodas pues para unos fue causa de salvación y, para otros, piedra de tropiezo. Donde llega Jesús y su mensaje se cumple lo que dijo el anciano Simeón “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción” (Lc 2, 34), esto se debe a que, a Jesús, unos lo aceptan y otros lo rechazan. En definitiva, ante Jesús no puede haber medias tintas, o con Cristo o contra Cristo (cfr. Mt 12, 30). En el libro del Apocalipsis se dice que Dios vomita de su boca a los que son tibios (cfr. Ap 3, 15-16). El Señor nos quiere decididos e incendiados con el fuego de su amor.

El mensaje de Jesús es fuego que transforma y no droga que enajena de la realidad. Muchas veces ese fuego con el que Jesús ha venido a incendiar los corazones ha hecho que algunos dejen su familia para seguir el llamado personal que Jesús les hace. El encuentro con Cristo es tan determinante que para aquel que, dejando los criterios del mundo, quiere vivir los valores del evangelio, tiene que confrontarse, muchas veces, con sus compañeros de trabajo, familiares o con aquellos a los que les anuncia el mensaje del Reino. Seguir a Jesús significa vivir en constante lucha. Por vivir el mensaje de Jesús muchos sufren tensiones o persecuciones. Pero, Jesús dice: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 10).

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Dios Padre todo poderoso, te damos gracias por el don de la vida y por el fuego del Espíritu que tu Hijo Jesús nos ha dado desde el bautismo. Concédenos vivir unidos a tu Hijo Jesús y, bajo la acción de tu Espíritu, anunciar, con entusiasmo y pasión, el evangelio de la salvación.

Señor Jesús te damos gracias por tu anhelo de salvarnos a costa de entregar tu propia vida en la cruz y ser bautizado en tu propia sangre. Concédenos que nosotros, siguiendo tus pasos, y con la ayuda del Espíritu Santo, asumamos la cruz de cada día y caminemos sin temor hacia la hora última de esta vida, que al mismo tiempo es la primera hora de la vida eterna.

Señor Jesús, concédenos la gracia de anunciar tu evangelio, el evangelio de la paz y, por otro lado, seguirte con decisión y valentía sin temor a los conflictos que provoca tu mensaje de salvación. Señor, como tu persona y tu mensaje fueron rechazados, así muchos cerrarán sus oídos a la verdad que incomoda e interpela. Concedenos tu Espíritu y la valentía necesaria para anunciar las exigencias de tu evangelio a pesar de que seamos rechazados.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

Preguntémonos si ha llegado a nosotros ese fuego con el que Jesús quería incendiar la tierra. Si no ha llegado, hay que pedirle a Jesús que nos mande el fuego de su Espíritu. Necesitamos un nuevo Pentecostés para que, como los apóstoles, que no podían dejar de hablar de lo que habían visto y oído (cfr. Hch 4, 20), así nosotros también hablemos de Jesús. El Señor Jesús quiere incendiar nuestro corazón con el fuego de su amor, con el fuego del Espíritu Santo. El Señor nos pide que seamos propagadores de ese fuego que no destruye, sino que, precisamente porque no se consume, contagia de alegría porque da calor de amor de Dios.

El Señor Jesús, que fue bautizado en su propia sangre derramada, nos pide vivir la vida con pasión y entrega generosa en favor de los demás. No sabemos como será nuestro final en este mundo, pero sí sabemos que hemos sido bautizado en Jesús y que Jesús quiere que demos testimonio de él, si no con el martirio cruento, sí con nuestra vida de cada día.

El Señor Jesús quiere que seamos protagonistas de su paz, de esa paz que no es tranquilidad ni pasividad, sino lucha por vivir y hacer vivir el Reino de Dios, a pesar de los conflictos y las dificultades cotidianas de la vida, pues en medio de ellas Dios se hace presente en el corazón de aquellos que lo aceptan en su vida y lo comparten con otros en medio de divisiones, rechazos y oposiciones al mensaje de salvación.

Dejemos que el fuego que Jesús vino a traer a la tierra, es decir el fuego del Espíritu Santo, llegue a nuestros corazones y los incendie para que ardan de celo por compartir la Buena Nueva. Jesús, para incendiar la tierra, pasó por la angustia de la pasión, nosotros sus seguidores no seremos la excepción, pues él es nuestro modelo y maestro. ¡Que Dios nos bendiga llenándonos del fuego del Espíritu Santo! ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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