Homilía en la XXII Asamblea Diocesana 2019

HOMILÍA EN LA XXII ASAMBLEA DIOCESANA 2019
Parque Temático Takilhsukut, Tajín, Papantla. Ver.
23 de noviembre

Saludo cordialmente a Monseñor Lorenzo Cárdenas, a los sacerdotes, a las religiosas, a los seminaristas y a todos los laicos. Queridos hermanos, como cada año, nos hemos dado cita para esta asamblea diocesana que, por un lado, conmemora un año más de la creación de nuestra diócesis y, por otro, es una fiesta en la que profesamos a Jesucristo como rey del universo. Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925, cuando en México muchos de nuestros hermanos defendían la fe y morían por ella al grito de “Viva Cristo Rey”.

En las lecturas que hemos escuchado aparece claramente la realeza de Jesucristo, primero anunciada en la unción de David como pastor y guía, tanto de la tribu de Judá como de todas las tribus de Israel. Esta palabra tuvo su cumplimiento en Cristo cuando Dios Padre nos mandó como el Buen Pastor para conducirnos a los pastos de la vida eterna. En el salmo cantamos: “Hoy estamos aquí, Jerusalén, jubilosos delante de tus puertas”. Esta palabra se hace hoy realidad porque nos hemos reunido delante de Jesucristo Rey del universo con la esperanza de participar de su reino. En este sentido, la carta a los colosenses dice que, por Cristo, Dios nos ha trasladado al reino de su Hijo amado, el cual es imagen del Dios invisible, primogénito de la creación y fundamento de todas las cosas creadas del cielo y de la tierra, lo cual indica que Cristo no es una creatura, sino el fundamento de todas ellas. Así que Jesucristo aparece como principio, fundamento y fin de todas las cosas, del tiempo y de la historia. Jesucristo resucitado es el Buen Pastor (cfr. Jn 10, 11), es el camino (cfr. Jn 14, 6) y la meta a la que peregrinamos (cfr. Ap 21, 6). La carta a los colosenses dice que Cristo es la imagen del Dios invisible, es decir que es el revelador del Padre. En efecto, al apóstol Felipe le dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9).

En el libro del Génesis se dice que nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26). Así que, si Cristo es la imagen de Dios, nosotros hemos sido creados a imagen de la imagen, es decir a imagen de Cristo. Por eso se dice que, si queremos conocer el misterio del hombre, sólo lo podemos comprender en el misterio del verbo encarnado (cfr. Gaudium et Spes, No 22). Desafortunadamente esa imagen adquirida, desde nuestra concepción y redimida en nuestro bautismo, muchas veces la hemos desfigurado por el pecado apartándonos del amor de Dios. Sin embargo, Dios no se da por vencido. Para ello, envió a su Hijo, para anunciarnos su reino y hacérnoslo experimentar por la fe y los sacramentos de la fe y así limpiar en nosotros la imagen de hijos de Dios e invitarnos a entrar en el reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz (cfr. prefacio de la Misa de Cristo Rey).

Jesucristo es Rey del universo porque después de su resurrección ascendió a los cielos para ser entronizado a la derecha del Padre; pero antes, como aparece en el evangelio de hoy, fue crucificado. En efecto, nuestro rey no es como los reyes de este mundo que tienen poder temporal, cetros y coronas de oro. Nuestro rey, en cambio, tiene por trono la cruz y por corona unas espinas y, sin embargo, son muchos los que quieren seguirlo e imitarlo porque saben que al final de su historia reinarán con él, y no precisamente en un reino lleno de oro y riquezas, sino en el reino de la luz, en el reino del amor que no tiene fin y que colma todos los anhelos a los que aspira el alma que busca a Dios en esta vida. Ciertamente, unos lo rechazaron porque, al verlo en la cruz, les pareció que era un derrotado, un impostor, un mentiroso; sin embargo, también otros, como el buen ladrón, desde entonces, lo reconocieron como rey, de un reino que empieza aquí, pero que va más allá de nuestro horizonte de comprensión y llega hasta la vida eterna.

Es una paradoja que, ante Cristo crucificado, se revele y se haga presente el reino de Dios. La gente preguntaba cómo puede ser Mesías alguien que no puede salvarse a sí mismo. En este sentido aparecen tres personajes. Las autoridades le decían: “Que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios, el elegido”, los soldados se burlaban y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos sálvate a ti mismo”, e incluso uno de los malhechores lo insultaba diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Las palabras de los que se burlaban de Jesús en el momento de la cruz nos hacen recordar las palabras de Satanás en el desierto: “Si eres el Hijo de Dios di que esta piedra se convierta en pan… Si eres Hijo de Dios, tírate desde aquí” (Lc 4, 3-9). La propuesta de Satanás era que Jesús tomará un camino sin cruz y sin sufrimiento y apareciera todopoderoso, como los reyes de este mundo. Pero Jesús rechazó el poder de este mundo y aceptó ser un Mesías sufriente para redimirnos con el poder del perdón, con el poder del amor. A la mayoría no nos gusta un Mesías sufriente porque eso implica que el que quiera seguirlo ha de estar dispuesto a seguir su mismo camino de dolor, su mismo camino de cruz. Y, sin embargo, el camino del dolor es, muchas veces, el camino del amor, el camino de la santificación; en definitiva, el camino del cielo. Si Jesús hubiera buscado su propia salvación tendríamos una justificación para no tomar la cruz de cada día; pero, al contrario, como dice san Pedro en su primera carta, nos dio ejemplo, para que sigamos sus huellas (cfr. 1 P 2, 21). ¡Es lo que han hecho todos los mártires de Cristo Rey!

En el momento de la cruz, prácticamente nadie descubrió en Jesús el perdón y el amor, salvo un ladrón que reconoció su culpa y descubrió la inocencia de Jesús y le dijo: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. La respuesta de Jesús, “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”, confirma que la misericordia de Dios nos busca hasta en el último instante de nuestra vida. En el ladrón hay que ver a todos los olvidados de este mundo, a los que viven fuera de la ley, sea por gusto, por necesidad o como producto de la sociedad, pero que Dios quiere mostrarles su misericordia. En la cruz se cumple lo que Jesús dijo: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Lc 5, 32). Jesús murió en la cruz como los olvidados, pero siendo salvación para todos ellos. Ciertamente Dios tiene mucha paciencia con nosotros y nos espera hasta el último instante de nuestra vida para mostrar con nosotros su misericordia; sin embargo, es mejor no esperar el dolor o el final de nuestra vida para experimentar el amor de Dios; ahora es el momento, ¿quién nos asegura que al final de la vida tendremos la gracia que tuvo el ladrón de poder implorar la misericordia de Dios?

El que uno de los ladrones, en el último instante de su vida, se haya ganado el cielo ha hecho que le llamemos el buen ladrón. Sin embargo, también hay que decir que en ese momento Jesús se robó el corazón de aquel ladrón. Así también nosotros busquemos ahora el Reino de Dios, busquemos a Jesucristo, pero asumamos el camino del dolor, del amor y de la santificación. Que Cristo robe nuestro corazón y reinemos en él y con él, ya desde ahora, no siendo esclavos de la mentira, de la muerte, del pecado, de la injusticia, del odio y de la violencia, sino que, por el contrario, seamos protagonistas de su reino de paz. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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