“Como sucedió en tiempos de Noé…”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“Como sucedió en tiempos de Noé…”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Mt 24, 37-44
En aquel Tiempo, Jesús dijo a sus discípulos; “Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró al arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.
Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. “Como sucedió en tiempos de Noe, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre”. Esta frase confirma que las necesidades básicas de la supervivencia se seguirán haciendo siempre. Lo importante es que cuando nadie lo esperaba sobrevino el diluvio. De la misma manera vendrá el Hijo del hombre, aunque nadie lo espere.
2. Ahora bien, cuando llegó el diluvio se llevó a todos; en cambio cuando venga el Hijo del hombre uno será tomado y el otro dejado. Lo anterior indica que la salvación es personal, el que esté preparado será llevado, el que no esté preparado será dejado.
3. La conclusión del evangelio, después de la comparación, es esta: “Velen y estén preparados”, pero no se indica en que consiste velar y estar preparados.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

Con el primer domingo de adviento, iniciamos hoy un nuevo año litúrgico que nos prepara a celebrar la Navidad. La palabra adviento significa “venida”, o sea que el adviento es un tiempo en el que el Señor viene y, por consiguiente, hay que esperar su venida, pero ¿cuál venida? Hay que decir que, vivimos nuestra fe, entre la primera venida del Hijo del Hombre, en la carne, y la última venida, que será lleno de gloria. Después de su muerte y resurrección, es decir de su paso por nuestra tierra, el Señor Jesús subió a los cielos para enviarnos el don del Espíritu Santo y nos dijo que vendría al final de los tiempos. Pero, además, entre la primera y la última venida, el Señor sigue viniendo. De hecho, a pesar de que subió a los cielos no se fue para alejarse de nosotros, sino para que pusiéramos nuestra esperanza en llegar a donde él se nos ha adelantado. No olvidemos que cuando Cristo envío a sus discípulos a la misión les dijo: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. El evangelio de san Marcos termina diciendo que: “Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían” (Mc 16, 20). Así pues, el Señor Jesús siempre está con nosotros y siempre viene a nuestro encuentro, sobre todo si lo esperamos, lo deseamos y lo invocamos.

El tiempo de adviento comprende cuatro domingos anteriores a la Navidad, domingos en los que, según nuestras tradiciones, para ir preparando nuestro corazón, encendemos la corona de adviento como signo de que domingo a domingo, el Señor va iluminando nuestra vida y, nosotros, iluminados, salimos a su encuentro, como aquel que sale en la noche, con su lámpara encendida, al encuentro del aquel que viene como la luz para iluminar nuestras tinieblas. O sea que la Navidad es la fiesta de la luz, y no es para menos, porque el Hijo de Dios, el creador de la luz, y el que es la luz que no tiene ocaso, nació para ser el sol de justicia que, a los que lo temen, les trae la salvación en sus rayos (cfr. Ml 3, 20).

Ahora bien, para prepararnos bien en este tiempo de adviento a celebrar la Navidad, tenemos la palabra de Dios, la oración y la Eucaristía. La lectura de la palabra de Dios es alimento espiritual para el camino hacia la Navidad y, al mismo tiempo, es una lámpara que ilumina nuestros pasos al encuentro de la luz definitiva que es Cristo. En realidad, la oración y la palabra de Dios forman una unidad: Dios nos habla en su palabra y nosotros la leemos, en la fe, y le contestamos con su propia palabra. La palabra de Dios es palabra que viene de Dios a nosotros, pero al leerla y meditarla se convierte, en nuestro corazón, en palabra nuestra que va de nosotros a Dios. Eso es orar con la palabra de Dios, Dios me habla y yo le hablo a Dios. En la Eucaristía siempre es adviento, siempre viene el Señor de forma sacramental y espiritual. El sacerdote pronuncia las palabras de la consagración y Cristo baja a la hostia preparada, pero también toca espiritualmente el corazón de los participantes: Recordemos que donde dos o tres se encuentran reunidos en su nombre ahí está él (cfr. Mt 18, 20).

Volviendo a la palabra de Dios hay que decir que en ella tenemos algunas figuras bíblicas que nos ayudan a vivir el adviento. Uno de esos personajes es el profeta Isaías que anunció la venida del Mesías, otro es Juan el Bautista que lo señaló ya entre los hombres, otra figura es la Virgen María. Ella es la mujer del adviento que supo esperar la salvación y Dios la escogió para que de ella brotara el Salvador. Junto a María también san José es una figura importante porque fue el hombre justo que Dios escogió para darle nombre y apellido a su Hijo nacido de María por obra del Espíritu Santo. Acercándose ya la Navidad María aparecerá en las lecturas de la Misa, pero en el calendario litúrgico aparece desde el principio de diciembre, por la celebración de la fiesta de la Inmaculada y la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, lo cual indica que no se puede vivir el adviento sin la presencia María.

Para vivir el adviento, simple y sencillamente hay que seguir, paso a paso, las lecturas de la palabra de Dios que se leen en este tiempo. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino que las cosas ordinarias las hagamos con amor a Dios y a nuestros hermanos. Esa es la manera sencilla, pero segura de preparar la venida del Señor, es la manera sencilla y profunda de estar preparados. En efecto, como sucedió en el tiempo de Noé que la gente comía, bebía y se casaba y vino el diluvio y se los llevó a todos, lo mismo sucederá en el tiempo del Hijo del hombre, unos serán llevados y otros dejados. Pero, hermanos, nos podríamos preguntar ¿por qué de dos hombres que estén en el campo uno será llevado y el otro dejado? No se trata de que se salva el cincuenta por ciento, lo que esto quiere decir es que la salvación es personal, como personal es la respuesta que damos a ella. El Señor viene, el que lo espera y sale a su encuentro es tomado; el que no, es dejado.

El evangelio insiste en la vigilancia, Dios quiere que estemos despiertos. Pero estar despiertos en vigilante espera no significa dejar de dormir; al contrario, el que en el día hace la voluntad de Dios, en la noche puede dormir tranquilo, Dios vela su sueño. Estar en vela significa vivir atentos para descubrir la acción de Dios o de Satanás en el mundo. Satanás, en el mundo, puede ofrecernos alguna droga para que nos olvidemos de la acción de Dios o de su venida. Si esto pasa podemos vivir en la inconsciencia como si Dios no existiera o no estuviera presente en medio del mundo o no estuviera tocando a la puerta de nuestro corazón. San Pablo dice en la carta a los romanos: “Ya es hora de que se despierten del sueño… La noche está avanzada y el día se acerca. Desechemos pues las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz” (Rm 13, 11-12). Así, esperemos al Hijo del hombre.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Señor Jesús, cuando ascendiste a los cielos dijiste que volverías al final de los tiempos, concédenos la gracia de esperar siempre tu venida, aunque no sea la del fin del mundo, sino la de nuestra hora de cada día, la de nuestro diario vivir, pues tú estás siempre a la puerta de nuestro corazón y llamas para poder entrar en él y transformar nuestra vida.

Señor Jesús, tú nos ha dicho, en tu evangelio, que cuando venga el Hijo del hombre uno será llevado y el otro dejado; concédenos responder personal y generosamente haciendo las cosas ordinarias de nuestra vida con mucho amor a ti y a nuestros hermanos para que cuando vengas nos contemos entre los que son llevados contigo al reino de los cielos.

Señor Jesús concédenos la gracia de hacer tu voluntad, cada día y en cada momento, de manera que durante la noche descansemos confiados y sin temores, sabiendo que tú vigilas nuestro sueño y que, si llegas a venir en la noche por nosotros, nos iremos contigo a tu reino.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

El Señor quiere que, aunque no estén sucediendo cosas extraordinarias, estemos esperando su venida para no ser sorprendidos y dejados sin entrar en la salvación. Las cosas ordinarias son nuestros deberes familiares, cívicos, sociales y espirituales, hacer estas cosas con amor a Dios y al prójimo eso es estar preparados para la venida del Señor.

Ciertamente es más importante la acción de Dios, pero dado que la salvación también depende de nuestra respuesta, y por eso es personal, entonces, no podemos pensar si estamos cerca de alguien que tiene fe o hace la voluntad de Dios, con eso basta para salvarnos. Ellos darán cuenta de su vida, nosotros daremos cuenta de la nuestra.

El Señor quiere que velemos y estemos preparados para su venida, pero no dice en qué consiste velar ni en qué consiste hacer su voluntad, pero sabemos que velar no significa desvelarse, sino vivir espiritualmente despiertos y no dormidos en el pecado. Si en el día hacemos la voluntad de Dios, en la noche podemos dormir tranquilos. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

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