“Éste es mi Hijo muy amado… escúchenlo”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“Éste es mi Hijo muy amado… escúchenlo”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Mt 17, 1-9:
En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ellas salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. Cuando se dice que “los hizo subir a solas… a un monte elevado” indica que habrá una manifestación divina como las que había en el Antiguo Testamento en las montañas.
2. La transfiguración es una manifestación anticipada de la gloria de la resurrección.
3. Moisés y Elías personifican a todo el Antiguo Testamento que entregan la estafeta a Jesús.
4. Las chozas que Pedro quiere hacer evocan las tiendas de campaña donde acampó el pueblo a las faldas del monte Sinaí.
5. La nube y la voz recuerdan cuando Dios habló desde la nube por medio de truenos en el Monte Sinaí y después de ello le entregó los diez mandamientos a Moisés.
6. Si la voz dice que escuchen a Jesús, esto no significa que ya no escuchen a Moisés y a Elías, sino que ahora la voz más importante es la de Jesús.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

En el evangelio Jesús se transfiguró en presencia de Pedro, Santiago y Juan, y se aparecieron Moisés y Elías los cuales representan la Ley y los Profetas. Recordemos que Jesús dijo que no había venido a abolir la Ley o los Profetas, sino a darles plenitud (cfr. Mt 5, 17).

Todo este pasaje evangélico evoca la teofanía del Sinaí, es decir la manifestación divina en aquella montaña donde Dios se manifestó a Moisés, en medio de una nube, con truenos y relámpagos que incluso la montaña ardía, algo así como un volcán, y que el pueblo se había quedado en las faldas de la montaña, lleno de temor (cfr. Ex 24, 16-18 y 34, 29-35). Aquello fue un momento de gloria en su camino a la tierra prometida, ahora en el caso de Jesús y sus discípulos, la transfiguración es un momento de gloria en su camino a Jerusalén para su pasión, su muerte, su resurrección, su glorificación y ascensión a los cielos.

En este evangelio hay varios elementos en relación con el Sinaí. Por ejemplo, la montaña a la cual suben Jesús y sus discípulos evoca la montaña del Sinaí a donde subió Moisés al encuentro de Dios para hablar cara a cara y que le diera las tablas de la Ley, es decir los diez mandamientos. En aquella montaña subió Moisés y el pueblo se quedó abajo, ahora el que sube a esta otra montaña, o nuevo Sinaí, es Jesús, como nuevo Moisés. Los apóstoles, por su parte, evocan al pueblo, que se había quedado al pie de la montaña, por esto se dice que se llenaron de gran temor, como el pueblo se llenó de temor en el Sinaí (cfr. Ex 20, 20-21). Las tiendas, mencionadas por Pedro, evocan al pueblo acampado al pie de la montaña en las tiendas de campaña en su peregrinar hacia la tierra prometida. Aquí los discípulos siguen a Jesús al Reino prometido, pero antes habrán de pasar por el momento doloroso de la pasión.

Por otro lado, está la nube y la voz. Recordemos que al monte Sinaí lo cubrió una nube de la cual salía la voz de Dios como sonido de trueno o trompeta. Aquí también se trata de la voz de Dios, pero es una voz entendible que dice: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias, escúchenlo”. En aquella ocasión la voz de Dios quedó escrita en las tablas de la Ley, ahora la voz de Jesús ha quedado escrita en el evangelio, ahora Jesús es el que habla por medio del evangelio, la nueva Ley. El mandato a través de la voz que sale de la nube es: “Escúchenlo”. Para ello hay que leer el evangelio en oración. Que importante entender esto porque nosotros, a la distancia de tantos siglos, no escuchamos la voz de Jesús, en forma directa, como sus discípulos, que subieron a la montaña con él, pero si leemos el evangelio ahí está la voz de Jesús, la voz que dice el Padre que tenemos que escuchar.

Después de que se oyó la voz del Padre, desapareció Moisés y Elías, Jesús se quedó solo, los discípulos ya no vieron a nadie más que a Jesús, les quedó claro que ahora hay que escuchar en primer lugar a él. En tiempos de Cristo, los israelitas escuchaban o leían a Moisés y a los profetas; ahora, la voz indica que es más importante escuchar a Jesús porque él es el continuador de la misión, antes encomendada a los profetas. En este sentido dice la carta a los hebreos: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Heb 1, 1-2). No es que ahora vayamos a contraponer la Palabra de Jesús a la palabra de Moisés o los Profetas. En la celebración de la Misa seguimos leyendo y meditando el Antiguo Testamento; pero, para nosotros, la lectura del evangelio es más importante, por eso nos ponemos de pie para escucharlo con todo respeto.

Para los discípulos, la transfiguración de Jesús fue una contemplación anticipada de la gloria de Cristo, necesaria para superar, más tarde, el escándalo de la cruz. Jesús les dio la gracia de verlo transfigurado para que no desfallecieran cuando lo vieran desfigurado. Por eso en el prefacio de la Misa de hoy se dice que: “Cristo nuestro Señor, después de anunciar su muerte a sus discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”. Sabemos que lo que Dios nos promete para la vida eterna es algo que ni siquiera podemos imaginar, pero antes, hay que asumir el camino de la cruz. No se puede llegar a la gloria sin antes pasar por la cruz, no se puede resucitar sin antes morir.

La transfiguración fue un momento de éxtasis, por eso Pedro decía: “Que bueno sería quedarnos aquí”. Sin embargo, Jesús los hizo bajar de la montaña para que siguieron el camino a Jerusalén, el camino de la cruz. Nosotros, en la vida, seguimos a Cristo Jesús hacia la Pascua eterna. Pero antes hay que pasar por las pruebas de la vida como pruebas de nuestra pasión humana. Para superar estas pruebas es muy importante tener momentos profundos de encuentro con Dios, momentos de contemplación, momentos de oración, pero no podemos quedarnos en ellos, nuestra oración no es para huir del mundo, sino para volver a él con nuevas fuerzas. Así, cuando se presenten los momentos difíciles, recordaremos los momentos de gozo que antes hemos tenido de oración y de encuentro con el Señor.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Señor Dios todopoderoso te damos gracias porque nos invitas a seguir a tu Hijo Jesús para llegar a compartir la gloria de su resurrección y porque en el camino de la vida nos asistes con momentos de gracia en los que nos manifiestas un poquito de tu luz para contemplar, aunque sea en la fe, la gloria que se nos manifestará y de la que esperamos participar en la compañía de los santos y de nuestros seres queridos que se nos han adelantado en tu casa.

Gracias, padre bueno, porque te has revelado a lo largo de la historia por medio de los Patriarcas, de Moisés y los Profetas y has querido, en los últimos tiempos, hablarnos cara a cara, por medio de tu Hijo, y nos pides escucharlo para conocer tu designio de amor que, en Jesucristo tu Hijo, nos tienes reservado en el cielo. Concédenos la gracia de buscarte y encontrarte, de escucharte y contemplarte, de amarte y, sin dejarte, darte a los demás por medio de nuestro testimonio de vida.

Señor Dios, en los momentos difíciles de nuestra vida te pedimos que nos manifiestes un poquito de tu gloria, para no desesperarnos pensando que estamos solos y abandonados por ti. En esos momentos, danos fuerzas para tomar la cruz de cada día y, a pesar de los momentos difíciles que pasamos, que no dejemos de escuchar a tu Hijo Jesús y de seguirlo, pues él es el camino que, por medio de la pasión, nos lleva a la gloria de la resurrección.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

El Señor Jesús nos pide seguirlo a través del camino de la vida al encuentro definitivo en la gloria de la resurrección. Sin embargo, para ello hay que asumir muchas veces el dolor de cargar la cruz de cada día y la oscuridad luminosa de la fe que, por un lado, nos da la certeza de que vamos por buen camino, pero por otro lado no podemos ver todavía de manera clara, o cara a cara, la gloria que se nos manifestará.

Como Pedro, Santiago y Juan necesitamos, en nuestro peregrinar, que el Señor nos conceda momentos en los que experimentemos su presencia en nosotros y cerca de nosotros en los que nos deje entrever un rayito de su gloria para fortalecernos en el camino de la fe. Esos momentos los podemos tener en la oración personal, en la celebración de la Eucaristía o en el sagrario ante Jesús sacramentado. ¡Que Dios nos bendiga en esta cuaresma mostrándonos su gloria y nos dé la fuerza para cargar la cruz de cada día! ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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