Homilía de la Misa Crismal 2020

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL
Capilla del Diamante de Martínez de la Torre, Ver.
7 de abril de 2020

Saludo a mis a hermanos sacerdotes aquí presentes y a todos los que, junto con los fieles, se unen a nosotros a través de Facebook Live, pero, sobre todo, que se unen espiritualmente a esta celebración desde sus hogares.

Estamos viviendo una Semana Santa en el silencio y el aislamiento social, pero en comunión litúrgica espiritual con la iglesia universal y con nuestros feligreses que desde casa esperan que celebremos la Eucaristía por sus intenciones, pero también ellos están pendientes de nosotros y nos abrazan con sus oraciones. El intercambio de bienes espirituales en este momento es más profundo que en otras ocasiones porque estamos orando unos por otros.

En esta ocasión bendecimos los oleos y consagramos el santo crisma con unos pocos sacerdotes que hacen presentes a sus parroquias y a los laicos comprometidos en la misión evangelizadora, quienes, junto con nosotros, están experimentando, día a día, que lo más importante en este momento es la oración y la meditación sobre el misterio de la muerte y la resurrección de Cristo, como un acontecimiento que por sí solo se actualiza y se hace presente en la Eucaristía con todo su poder salvador que brota de la entrega de Cristo en la cruz, con fieles o sin ellos, pero en favor de ellos.

Las lecturas que hemos escuchado nos hablan de la unción del Espíritu Santo. La finalidad de esta unción, según el profeta Isaías, es para anunciar la buena nueva a los pobres, curar a los de corazón quebrantado, proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros, el año de gracia del Señor y el día de la venganza de nuestros Dios. Jesús en la sinagoga de Nazareth al leer el mismo texto de Isaías prefirió omitir la frase que dice: “El día de la venganza de nuestro Dios” para indicar que su misión no estaba en la perspectiva del castigo o del juicio, sino desde el punto de vista de la misericordia.

Podríamos preguntarnos si estos días que estamos viviendo son de gracia y misericordia o de juicio y venganza de Dios. En la Escritura vemos como en los momentos más difíciles Dios actúa en favor de su pueblo. Los días son llenos de gracia, aunque pasen tribulaciones, para los que esperan en el Señor; o son días de venganza para aquellos que los acontecimientos de la historia desbaratan sus planes de poder. También podrían ser días de venganza contra el príncipe de este mundo si, como resultado de lo que estamos viviendo y falta por vivir, cambia un poco nuestro corazón y nuestro mundo haciéndole un lugar a Dios en él.

Dios ordinariamente interviene en la historia a través de causas segundas, como las fuerzas de la naturaleza o la mano del hombre. También hay momentos en los que interviene directamente. Pidámosle a Dios que no nos contagiemos del virus que está actualmente amenazando al mundo; pero, sobre todo, que no nos contagiemos del virus del miedo y de la incredulidad. El Dios que nos reveló Jesucristo es un Dios compasivo y misericordioso, capaz de librarnos de la pandemia que estamos padeciendo, sea interviniendo en forma directa o a través de causas segundas; pero, y si no lo hiciera, ¿vamos a abandonarlo? Lejos de nosotros tal cosa, él sabe qué es lo que más conviene a cada uno de nosotros para nuestra salvación.

Sea lo que sea, en este momento, necesitamos la unción del Espíritu santo para lo cual los oleos que bendecimos y el santo crisma que consagramos son signo e instrumento de ese rocío de bendición del cielo. En esta Misa, como sabemos, también hacemos la renovación de nuestras promesas sacerdotales. En esta ocasión no están todos los sacerdotes, pero los demás están unidos espiritualmente con nosotros, desde sus parroquias, y a todos invito a que lo hagamos con la firme intención de que Dios renueve en nosotros esa unción del Espíritu que nos hizo sacerdotes al servicio del pueblo de Dios. Pero, por otro lado, los invito a que lo hagamos contemplando a Cristo crucificado y a María Santísima al pie de su cruz.

Ante la cruz de Jesús quedémonos en silencio contemplativo buscando explicaciones, pero no sólo sobre la causa de esta pandemia, sino también sobre su finalidad. En este sentido nuestro dolor adquiere sentido contemplando el dolor que el Hijo de Dios experimentó por nosotros para manifestarnos el amor de Dios que brilla, como una luz, en medio de las tinieblas de la angustia y la desesperación que la humanidad experimenta en estos momentos de la historia y que nos invitan a no perder la esperanza de un nuevo amanecer y de un nuevo comienzo de comprensión del misterio de Dios, del misterio hombre y del misterio el mundo.

Del mismo modo quiero pedirles que contemplemos a María en su silencio fecundo al pie de la cruz. Ella cuando dio a luz al salvador experimentó el dolor físico de dar a luz a nuestro salvador. En la cruz, entre dolores de parto espirituales, dio a luz a la Iglesia de la que nosotros formamos parte. María, como su Hijo Jesús, también fue probada en el sufrimiento y puede comprendernos. Por eso como Madre nuestra que es está ahora al pie de nuestra cruz.

Pidámosle a Dios que esta celebración eucarística en la que bendecimos los oleos y consagramos el crisma, sea para nuestra diócesis de Papantla como ese templo de Jerusalén del cual manaba una corriente de agua por los cuatro puntos cardinales y que por donde quiera que iba ese torrente lo sanaba todo (cfr Ez 47, 1-12). Que así, al llevar estos oleos a sus parroquias, sean signo de protección, de salud, de salvación y de esperanza para todos.

Pidámosle a Dios la gracia de valorar la importancia de la oración privada porque en ella no estamos solos, sino unidos a toda la Iglesia en la comunión de los santos y, a través de la oración humilde, confiada y profunda, hoy podemos hacer mucho más que a través de varias actividades sin alma y sin un corazón vuelto hacia Dios. Ciertamente también podemos en la medida de lo posible hacer uso de los medios digitales para llevar a nuestros feligreses la buena nueva y el consuelo, en estos momentos de prueba, pero no considerando que si nuestra palabra no puede llegar a ellos no pueda llegar la salvación de Dios.

En realidad, Dios está haciendo su obra salvadora en el corazón de los que claman a él, tanto si están o no bautizados y ungidos con el Espíritu Santo, porque Dios no abandona a sus criaturas y todos están llamados a ser hijos suyos y, en ese sentido, los que lo desean pueden, en circunstancias difíciles, como las que estamos viviendo, recibir, en forma extraordinaria, la gracia de los sacramentos que anhelan en su corazón, sea para llegar al cielo o sea para después incorporarse a la Iglesia. ¡Que Dios nos bendiga a todos! ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

Compartir en:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter