Homilía de la Vigilia Pascual. 11 de Abril de 2020

HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL
11 de abril de 2020

Hermanos, en esta noche santa los signos hablan por sí mismos. La bendición del fuego nos evoca el momento en el que la palabra creadora dijo: “Haya luz, y la luz existió” y así comenzó la creación del universo; la procesión con el cirio pascual nos recuerda la columna de fuego que iluminaba el camino del pueblo de Israel en su huida de la esclavitud de Egipto; el pregón pascual canta la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte y cómo la Iglesia es asociada a su victoria.

La lectura del libro del Génesis nos habla de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, pero éste más tarde se apartó de la comunión con Dios y Dios permitió que su pueblo Israel, como símbolo de toda la humanidad, se convirtiera en esclavo en Egipto. Pero Dios los rescató y los liberó de la esclavitud pasando por el Mar Rojo, al tiempo que se hundieron los ejércitos perseguidores del faraón, símbolos del poder de las tinieblas y de las huestes del mal que persiguen a los que quieren apartarse del pecado y seguir a Cristo luz del mundo.

El profeta Isaías nos ha recordado como Dios hizo una alianza perpetua con su pueblo, una alianza de comunión en un banquete de platillos sustanciosos para todos los pueblos, solamente que hay que abandonar los planes criminales y buscar al Señor, antes de que sea tarde, para lo cual basta un poco de disposición porque Dios bendice a la humanidad con su palabra como bendice a la tierra con la lluvia.

Con la resurrección de Cristo la palabra creadora de Dios ha recreado a la humanidad dándole la esperanza de la vida eterna. La muerte ya no tiene la última palabra, la muerte ha sido vencida por la resurrección del Hijo de Dios. Pero no sólo la ha vencido en sí mismo, sino también en todos aquellos que creen en él y lo siguen como a la nueva columna luminosa de salvación que nos hace pasar por el nuevo Mar Rojo del bautismo en el que muere el hombre viejo, el hijo de Adán y nace el hombre nuevo, el hijo de Dios.

Ahora bien, nosotros también, como el pueblo antiguo, aun después del bautismo, nos apartamos del amor de Dios, por nuestros pecados, pero Dios no nos abandona a nuestra suerte, sino que nos da la oportunidad de renovar nuestras promesas bautismales en esta noche de vela en honor del Señor. Para ello profesamos nuestra fe y nos rociamos con agua bendita para renovar otra vez la gracia de hijos de Dios. La creación de Dios fue una obra maravillosa, pero más maravillosa aun la gracia de la redención, como una nueva creación.

Finalmente, nuestro Cordero pascual, que ha sido inmolado por nosotros, se hace presente en el pan eucarístico para alimentarnos porque el camino es largo y, para poder llegar a la tierra prometida, primero hay que caminar por el desierto de la vida hacia la montaña santa de la alianza en Pentecostés en la que el Espíritu Santo se derramará sobre nosotros para quitarnos el miedo a la muerte y salgamos a proclamar que Cristo ha resucitado y que vive y reina por los siglos de los siglos. ¡Que así sea, aleluya, aleluya!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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