“Reciban el Espíritu Santo…”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“Reciban el Espíritu Santo…”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Jn 20, 19-23:
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. Esto sucedió: “Al anochecer del día de la resurrección”.
2. “La paz esté con ustedes”. La paz es don de Cristo resucitado.
3. “Les mostró las manos y el costado”. Las huellas de la pasión indican que el resucitado es el mismo que fue crucificado.
4. “Se llenaron de alegría”. La alegría también es don de Cristo resucitado.
5. Como Jesús fue enviado del Padre, ahora los apóstoles son enviados de Cristo.
6. “Sopló sobre ellos”. En el evangelio de san Juan Jesús da el Espíritu Santo el mismo día de la resurrección.
7. “A los que les perdonen los pecados”. No hay envío sin el Espíritu Santo y no hay misión sin el perdón de los pecados.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

El día de hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, es decir la venida del Espíritu Santo. Con esta fiesta cerramos la cincuentena pascual. La palabra Pentecostés significa “quincuagésimo”. En los tiempos de Cristo, en el día quincuagésimo después de la Pascua, los judíos celebraban la fiesta de la alianza y el don de la ley. Adaptándose a esta fiesta san Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 1-11), dejó constancia de que en ese día descendió el Espíritu Santo sobre los discípulos y quiso manifestar con eso que, con la venida del Espíritu Santo, comenzaba una nueva etapa de la historia de la alianza en la que todos los hombres se entenderían entre sí, independientemente de su lengua o nación.

Sin embargo, en el evangelio de san Juan aparece que Jesús dio el Espíritu Santo al atardecer del mismo día de la resurrección. En efecto, nos dice el evangelio que: “Al anochecer del día de la resurrección… se presentó Jesús en medio de ellos”, les dio la paz, les mostró las manos y el costado, les dio el Espíritu Santo y les envío a la misión de perdonar los pecados. El Espíritu Santo es fruto de Cristo resucitado, puesto a la derecha del Padre, lo cual sucedió desde el día de la resurrección.

Hay que notar que cuando los discípulos vieron a Jesús se llenaron de alegría. No podía ser para menos, pues ellos estaban encerrados por miedo a los judíos, se sentían solos, tristes y fracasados y, dudaban de la resurrección. Antes Jesús les había dicho: “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis” (Jn 14, 19). De manera que, el ver a Jesús en medio de ellos comprobaron que Cristo resucitado cumplía su palabra, y todo cambió: volvió la paz y la alegría a sus corazones, paz y alegría que Jesús les había prometido antes de su pasión, paz y alegría que habían perdido con la muerte de Cristo y que ahora les concede de nuevo. Jesús había dicho a sus discípulos: “Vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16, 22). Esta alegría que nadie les podrá quitar es la alegría de la resurrección, es la alegría de recibir el Espíritu de Cristo Resucitado.

Ahora bien, la alegría de la resurrección también trae la misión. Cuando dice Jesús: “Como el Padre me ha enviado, así os envió yo” significa en primer lugar que la misión proviene del Padre que quiere dar la vida al mundo y que los enviados no deben tener otro estilo u otra forma de anunciar el evangelio y hacer presente el Reino de Dios, sino la misma forma como lo hizo Jesús. Para que puedan lograr esto, Jesús resucitado les da su mismo aliento de vida, les da el Espíritu Santo. El soplo de Jesús sobre sus discípulos no es una casualidad. En el libro del Génesis se habla del soplo de Dios para suscitar la vida en el barro del que formó a Adán (cfr. Gn 2, 7). Por tanto, si Jesús sopló sobre sus discípulos, eso significa que quiere iniciar una nueva creación, una nueva vida, por medio del Espíritu que brota de su entrega en la cruz, por eso les muestra las manos y el costado de donde brotó sangre y agua.

Antes de su pasión Jesús había llamado a sus discípulos, los había identificado con él, les había enseñado los secretos del Reino, ahora los envía a hacer lo que él mismo hacía. Cristo es el enviado del Padre, los apóstoles son los enviados de Cristo. Ahora bien, si la venida del Espíritu Santo es fruto de la resurrección, la misión es consecuencia de haberlo recibido. Este envío misionero brota del encuentro con Cristo resucitado, pero no depende de las propias fuerzas o carismas de los discípulos, sino que está garantizado por el Espíritu Santo. Jesús no les da una misión y los manda desarmados, sino que: “Sopló sobre ellos y les dijo: reciban el Espíritu Santo”. El Espíritu Santo es el gran motor de la obra evangelizadora, pero no roba cámara, en el centro siempre aparece Jesús, pero es el Espíritu Santo el que hace que esto sea posible. Recibir el Espíritu Santo significa recibir también la misión. Es verdad que los discípulos se llenaron de alegría, de paz y del Espíritu, pero precisamente esos dones recibidos hay que compartirlos mediante el anuncio de Cristo resucitado para que a todos llegue el perdón de los pecados, la alegría y la paz.

En las palabras del envío misionero ocupa un lugar central el perdón de los pecados: “A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar Tal parece que para eso Jesús les da el Espíritu Santo, para perdonar los pecados. Pues sí, esa es precisamente su misión. Esto supone naturalmente el anuncio del evangelio y la aceptación de Cristo resucitado, así como la recepción del sacramento del bautismo. El contenido de la predicación debe tener como centro el perdón de los pecados y la conversión. El evangelio de san Lucas también insiste en esto con otras palabras: “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc 24, 46-48).

Con el don del Espíritu santo estamos en el comienzo de la Iglesia, la Iglesia nace de la voluntad del Padre, por medio del soplo de su Hijo y a través de la predicación y la donación del Espíritu Santo para el perdón de los pecados. Esto lleva al compromiso de perdonar, el que ha sido perdonado, ha sido amado y perdona y ama a su vez a quienes lo han ofendido. Jesucristo con su vida, pasión muerte y resurrección demostró con hechos que nos amó y nos perdonó, los discípulos están llamados no sólo anunciar la conversión y el perdón de los pecados, sino a perdonar y a amar a sus prójimos, lo cual hace que se renueve la Iglesia bajo la acción del Espíritu santo.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Te pedimos, Señor Jesús, que en esta Fiesta de Pentecostés derrames el Espíritu Santo sobre todo el mundo, sobre la Iglesia y sobre cada uno de nosotros para que salgamos del encierro egoísta en el que a veces nos encontramos, pero, también, ahora te pedimos que libres al mundo del coronavirus y que a partir de esta Fiesta de Pentecostés comencemos una nueva etapa en tu seguimiento.

Señor Jesús, en medio de esta situación que estamos viviendo muéstranos las huellas de tu pasión es decir las señales de que, en este momento, tú estás actuando en el mundo y que experimentemos que no estamos solos, sino que tú estás calmando la tormenta que amenaza con hundir nuestra barca y que la seguridad de tu presencia nos de la paz y la alegría de que tú estás resucitado.
Señor Jesús, sopla sobre nosotros ese aliento de vida que es el Espíritu Santo para que, a pesar de que el coronavirus no se ha erradicado, podamos con cuidado, responsabilidad y valentía a anunciar el evangelio de la reconciliación para el perdón de los pecados y que el mundo entero inicie una nueva etapa de su historia.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

El Señor quiere que estemos preparados y en espera de su presencia entre nosotros para darnos la paz y la alegría de la resurrección. Pidamos a Señor Jesús que nos muestre las huellas de su pasión que se convierten en señales de su presencia resucitada y resucitadora.
Pidamos también a Jesús que sople sobre nosotros y nos dé su Espíritu Santo, ese aliento de vida que brota de su corazón y que este Espíritu renueve nuestra vida con la paz, la alegría, el amor y el perdón entre nosotros para que seamos una sola familia en el Espíritu Santo.

Pero, por otro lado, el Señor quiere hacernos sus enviados, por tanto, nos pide salir de nuestros encierros, quiere que salgamos a compartir con los demás la alegría de la resurrección y el perdón de los pecados. Dispongamos nuestro corazón para que nos llene de su Espíritu Santo porque sin él no podremos salir victoriosos en la misión evangelizadora.

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

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