“Te doy gracias, Padre”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“Te doy gracias, Padre”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Mt 11, 25-30:
En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”.
Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. Aunque pequeño, el evangelio tiene dos partes: el misterio del Reino revelado a los sencillos y el yugo de Jesús.
2. Jesús da gracias al Padre porque esconde y revela los misterios del Reino.
3. Jesús manifiesta que el Padre ha puesto todo en sus manos, por tanto, también el ser mediador de la revelación del Padre.
4. En la parte final encontramos un imperativo (invitación) de Jesús para venir a él y luego dos imperativos: tomar su yugo y aprender de él.
5. Jesucristo aparece como liberador que da la paz interior si, cansados y agobiados, nos acercamos a él y tomamos sobre nosotros su yugo y su carga ligera.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

En el evangelio, Jesús opone los sabios y entendidos a la gente sencilla. El motivo de su oración es: “Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla”. Los doctores de la ley conocían bien la letra de las Escrituras y todas sus normas, pero estas normas eran un absoluto que ellos no vivían, sino que las echaban sobre las espaldas de la gente sencilla, los esclavizaban con el cumplimiento de la ley. Ellos conocían las Escrituras, pero no conocían a Dios, se quedaban en el conocimiento y el cumplimiento de la ley; en cambio Jesús por su oración, vivía siempre en comunión íntima y profunda con su Padre y, aunque no vino a abolir la ley ni a liberarnos de la obligación de cumplirla; sin embargo, ponía por encima de la ley a las personas cansadas de cumplirla, invitándoles a venir a él para darles descanso en la comunión de su amor y en la obediencia a la voluntad del Padre.

En el evangelio no se nos dice cuáles son “estas cosas” que Dios oculta a los sabios y revela a la gente sencilla; pero es evidente que se refiere a los misterios del Reino de Dios que tienen como centro la revelación del Padre y del Hijo. Ahora bien, ¿Por qué Dios oculta sus misterios a sabios y entendidos y los revela a la gente sencilla? No es que Dios no quiera que todos conozcan los misterios del Reino, sino que los sabios y entendidos, por confiar en su conocimiento humano, tienen cerrados los ojos del espíritu a la revelación de Dios. En cambio, la gente sencilla, que no tiene ninguna seguridad o apoyo humano, está, por esa misma situación, abierta para que Dios le revele el designio de su amor, o mejor dicho para que se le revele como amor en su Hijo Jesucristo.

En la explicación que Jesús da, después de su oración, se ve muy claro cuál es el contenido de la revelación que Dios oculta a los sabios y entendidos y revela a la gente sencilla. Se trata de la revelación que Dios hace de sí mismo y de su Hijo, por eso dice: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. De manera que el medio para conocer al Padre es Jesús, y el que más conoce a Jesús es el Padre. Así que al conocer a Jesús se conoce más al Padre y al conocer al Padre se conoce más a Jesús. Sin embargo, como “El Padre ha puesto todo en sus manos”, tanto la revelación del Padre como del Hijo tienen como medio a Jesús; Jesús es el revelador del Padre y revelador de sí mismo. Jesús es el revelador del misterio de Dios, así como revelador del misterio del hombre, el que conoce a Jesús, conoce al Padre y se conoce mejor a sí mismo. En este sentido la Constitución Apostólica Gaudium et Spes en el número 21 dice que el misterio del hombre no se aclara, sino en el misterio del Verbo encarnado.

Ahora bien, en cuanto a los fatigados y agobiados por la carga se puede decir que son todos los que sufren. Sin embargo, en los tiempos de Cristo, como ya dijimos antes, podía entenderse por carga todas las exigencias de la ley, las cuales en lugar de liberar oprimían a los que querían seguirlas. Bien dice san Pablo que la ley mata el espíritu da vida (cfr. 2 Co 3, 6); pues bien, el yugo de Jesús libera y da vida. Ciertamente Jesús no dice que va a quitar la carga a todo aquel que se acerque a él, sino que le ayudará a llevarla. En efecto todo el que sufre alguna enfermedad y se acerca a Jesús pidiendo la salud corporal y Jesús no se la da, ciertamente que le da la salud espiritual y esa persona ya no va a sufrir sola, sino que se une a la pasión de Jesús y Jesús se une a ella en su sufrimiento y de esta manera su carga, es decir su cruz, se hace ligera.

Acercándonos a Jesús, la carga se hace ligera porque Jesús no nos impone la carga de la ley, sino, el yugo de su amor, es decir el yugo de la comunión con él, que siendo de condición divina se hizo pequeño, sencillo, humilde (cfr. Flp 2, 6-1). Por esto nos dice: “Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. Este es el camino del evangelio que da el descanso, la paz y aligera la carga de la vida: la imitación de Jesús manso y humilde de corazón. La humildad es el camino de la verdad, de la comunión y de la santidad. Precisamente porque es camino de la verdad, Dios releva a los sencillos la verdad de su propio misterio. Porque es camino de comunión, Dios se nos da en Jesucristo y nos ayuda a llevar nuestra cruz de cada día; porque es camino de santidad, unidos a Jesús, la carga de nuestra cruz nos santifica.

Siempre constatamos que los sencillos y humildes son los que más se acercan y más se parecen a Jesús, por esto Dios les revela su amor; son los que toman su yugo, son los que toman su cruz y lo siguen, son los que no tienen conocimientos humanos para conducirse en esta vida, sino que su yugo es la ley del Señor, su Palabra, su voluntad; en cierto sentido son todos aquellos que se mencionan en las bienaventuranzas: los pobres de espíritu, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos (cfr. Mt 5, 3-10).

Que Dios nos conceda ser humildes y sencillos para que nos revele los misterios del Reino. Acerquémonos a Jesús para que nos dé a conocer al Padre y el misterio de su amor, así como nuestro propio misterio y, además, nos ayude a llevar nuestra carga. Acerquémonos a Jesús y aprendamos de él la mansedumbre y la humildad para poder conocer y vivir, en la verdad, en la comunión con él y en la santidad.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Señor Jesús, enséñanos a orar como tú lo hacías, es decir dándole gracias a tu Padre y a nuestro Padre, a tu Dios y a nuestro Dios, sobre todo, porque se nos ha dado a conocer, por medio de ti, que te hiciste hombre y nos revelaste el designio de amor del Padre o, mejor dicho, el amor que el Padre nos tiene a cada uno de nosotros.

Señor Jesús, el Padre ha puesto todo en tus manos porque tú te has puesto en las manos del Padre. Por lo anterior, el Padre también ha puesto en tus manos el ser el revelador del misterio de su amor y de tu propio misterio. Concédenos, Señor Jesús, creer y vivir unidos a ti para experimentar constantemente el conocimiento y el amor del Padre y en ese conocimiento y amor conocernos mejor a nosotros mismos.

Señor Jesús, tú nos dijiste ciertamente que el que quiera seguirte que tomara su cruz y te siguiera, pero la cruz muchas veces nos pesa y nos agobia. Concédenos la gracia de abrazarnos a ti y, con amor, cargar con nuestra cruz, ya que, si hacemos esto, no estaremos solos, sino que tu estarás con nosotros y nos darás la paz y el descanso del corazón.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

Jesús nos pide que seamos hombres y mujeres de oración agradecida a Dios que nos ha hecho hijos suyos. Por tanto, quiere que, como hijos, nos dirijamos a Dios como a nuestro Padre y le agradezcamos que nos ha revelado los misterios de su Reino por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hagamos oración y en ella alabemos y bendigamos a nuestro Padre Dios.

Dios ha puesto en manos de Jesús todas las cosas porque Jesús durante su vida se puso en las manos de Dios. Todos, queramos o no, estamos en sus manos, pero una cosa es estar en sus manos porque él es Dios y otra ponernos en sus manos porque creemos en él. Jesús nos pide ponernos en sus manos. Si hacemos esto, él pondrá en nuestras manos los misterios del Reino.

Jesús quiere que, cuando se nos haga pesada la carga de su seguimiento o la carga del cumplimiento de la ley, vengamos a él y con amor tomemos la cruz de su seguimiento porque no hay seguimiento de Jesús sin cruz, ni cruz sin amor de Jesús. Si hacemos esto la cruz se hará más ligera porque Jesús nos ayudará a cargarla. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

Compartir en:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter