Mensaje del Nuncio Apostólico en la CIX Asamblea Plenaria

Señores Cardenales, Arzobispos y Obispos, Presbíteros y Diáconos,
Queridas hermanas y hermanos todos en Cristo!

1. La pandemia del Covid-19 ha puesto a dura prueba la resistencia física, mental y social de los pueblos. Nuestras casas se transformaron en refugios, las calles quedaron vacías y nuestras celebraciones litúrgicas públicas fueron prácticamente suspendidas, quedando semi- abandonados nuestros templos. Cuantas familias han perdido sus seres queridos, y muchas veces sin poderse ni siquiera despedir de ellos. Cuántas personas han perdido sus fuentes de sustento, llegando a engrosar las filas de los que no saben como proveer a sus necesidades y a las de sus familias…

Pero también hemos sido testigos de otros hechos. Ante todo, de la entrega silenciosa, concreta y cotidiana de miles y miles de médicos, enfermeras, enfermeros y auxiliares del personal de la salud que han asumido y siguen asumiendo las responsabilidades de su servicio a favor de la sociedad, a pesar del injusto y belicoso trato que a veces recibieron de parte de la gente que se sentía amedrentada ante este invisible enemigo; personal de salud que, en ocasiones, ha pagado y está pagando con su vida, el servicio que asegura a la sociedad. Pero, además, también miles y miles de mexicanos se han doblado las mangas, y sin dudarlo, se han puesto en acción: ofreciendo alimentos, servicios esenciales, seguridad pública; en muchos casos por su propia iniciativa, en otros, porque coordinados por sus parroquias y diócesis, compartiendo lo mucho o poco que tenían con los más necesitados. Cuántos presbíteros que, participando de los riesgos del personal de salud, permanecieron en primera línea visitando y administrando los sacramentos a los enfermos, asegurando su cercanía fraterna y espiritual a los afectados por el Covid-19 y a sus familiares. Un ejército activo contra los desafíos del hoy, en el que también hay que insertar a los empresarios que, aún cuando el trabajo se había detenido, siguieron pagando a sus trabajadores. Y qué decir de los miles y miles de bautizados que con su oración han sostenido tales esfuerzos y servicios, contribuyendo además, así, a mantener viva la fe y la esperanza en tantos hermanos. Ofreciéndose ellos mismos y ofreciendo lo suyo, cada uno nos han regalado y nos siguen regalando, un luminoso testimonio de fe, de coherencia en su discipulado, de su dinámica escucha a las enseñanzas y al ejemplo de Jesús que ha venido a servir y no a ser servido.

Obviamente, en este contexto no podemos olvidar y sí, por el contrario, reconocer el gran esfuerzo de muchos sacerdotes y obispos que, sirviéndose de los medios digitales, han sido constantes en trasmitir las celebraciones Eucarísticas, especialmente dominicales; en ofrecer charlas y conferencias a los fieles por internet; en el esfuerzo por favorecer la participación de los creyentes en diversos actos devocionales, especialmente la Adoración del Santísimo Sacramento, el rezo del Rosario, etc. Tales iniciativas han sido para muchas personas de grandísimo valor y utilidad. Estamos cumpliendo con el deber del anuncio, pero nunca como hoy, frente a esta crisis, las personas se descubren y se sienten solas… Quizás a veces nos hemos olvidados que, a los discípulos de Emaús, el Señor Jesús les explicó las Escrituras sólo después de haber caminado con ellos y de haberlos escuchado. ¡Ojalá pues, puedan multiplicarse, en cada parroquia, las iniciativas para escuchar a nuestros hermanos y hacer concretamente con ellos el recorrido del camino! «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Gaudium et Spes, 1). Los cristianos (todos, clérigos, religiosos, laicos) – ha comentado recientemente el Papa Francisco en una entrevista a un periódico serbio- “no podemos mirar para el costado y hacernos los distraídos de lo que pasa a nuestro alrededor; es más, estamos llamados a hacernos prójimos de todos y de todas las situaciones en nombre de esa solidaridad que nace de la compasión del Señor. Él fue el primero en hacerse hermano y no le huyó a ninguna situación… nosotros queremos seguirlo, ser sus discípulos.” “Los tiempos cambian, sin lugar a dudas, – sigue comentando el papa Francisco – pero la misión nos sigue invitando a dar testimonio de nuestra esperanza. En nuestro contexto de pandemia corremos la tentación de pensar la “normalidad” como una vuelta al pasado; queremos volver a “ordenar la casa” en función de lo que ya vivíamos. Es la tentación de llorar las cebollas de Egipto que nos impide percibir una de las características fundamentales de la situación que atravesamos: de una crisis no se sale igual; podemos salir mejores o peores, pero nunca iguales. Las crisis tienen la capacidad de amplificar las injusticias existentes a las que nos habíamos acostumbrado y que podíamos inconscientemente justificar; así como también potenciar las mejores prácticas y reacciones entre nosotros. Durante este tiempo constatamos las dos actitudes: auténticos “héroes urbanos” armados con la solidaridad y la entrega silenciosa, concreta y cotidiana de quien sabe asumir sus responsabilidades para con el prójimo y buscar soluciones concretas para que nadie quede rezagado. Y, por otra parte, el crecimiento de especuladores que sin piedad sacaron rédito de la desgracia ajena o de aquellos que pensaban sólo a sí mismos, protestaban y se lamentaban de determinadas medidas restrictivas incapaces de asumir que no todos tienen las mismas posibilidades y recursos para enfrentar la pandemia.”

“Necesitamos un cambio. La pandemia puso en crisis nuestros modelos de organización y desarrollo; puso al descubierto muchas inequidades, graves silencios y omisiones sociales y sanitarias con muchos hermanos nuestros sometidos a procesos de exclusión y degradación. Las cosas pueden cambiar. Ahí tiene que estar la Iglesia, convocando y actuando para que la normalidad que se geste pueda tener el sabor al protocolo con el que un día seremos juzgados (cfr. Mt. 25). Si somos capaces de poner a los frágiles y pequeños en el centro veremos que la multiplicación de los panes no es una linda utopía sino una realidad.”

2. El cambio debe darse también en nuestra vida de Iglesia. Por ello, el Santo Padre señala: «Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37)»[Evangeli Gaudium 49].

La Iglesia anuncia que el Verbo «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). La Iglesia está llamada a desarrollar un verdadero “arte de la cercanía”, para convertirse en el lugar donde se supera la soledad que afecta la vida de tantas personas, así como en un «santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero» [EG 28]. Esta renovación, – nos indica la reciente Instrucción de la Congregación para el Clero sobre la conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia (n. 37-38) – obviamente no solo concierne a los Obispos o a los sacerdotes, ni puede ser impuesta desde arriba, excluyendo al Pueblo de Dios. La conversión pastoral de las estructuras implica la conciencia de que «el Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción. Cada vez que como Iglesia, como pastores, como consagrados, hemos olvidado esta certeza, erramos el camino. Cada vez que intentamos suplantar, acallar, ningunear, ignorar o reducir a pequeñas elites al Pueblo de Dios en su totalidad y diferencias, construimos comunidades, planes pastorales, acentuaciones teológicas, espiritualidades, estructuras sin raíces, sin historia, sin rostros, sin memoria, sin cuerpo; en definitiva, sin vida.

Desenraizarnos de la vida del pueblo de Dios nos precipita a la desolación y perversión de la naturaleza eclesial». En este sentido, el clero no realiza solo la transformación requerida por el Espíritu Santo, sino que está involucrado en la conversión que concierne a todos los miembros del Pueblo de Dios. Se requiere, por tanto, «buscar consciente y lúcidamente espacios de comunión y participación, para que la Unción del Pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse». Es, en consecuencia, evidente, cuánto sea oportuno superar, tanto una concepción autorreferencial, como una “clericalización de la atención pastoral”. Tomar en serio el hecho de que el Pueblo de Dios «tiene por condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo», y que por eso la Iglesia no se identifica solamente con la jerarquía, sino que se constituye como el Pueblo de Dios. En este sentido me permito dar la bienvenida a la iniciativa anunciada por los Obispos mexicanos el año pasado, de una convocación al 1er. Encuentro Eclesial de México. En este contexto, ¿cómo no recordar y agradecer el testimonio del Papa Francisco que supo hacerse presente en nuestros hogares durante los días más obscuros de la pandemia? Con la sencilla celebración cotidiana de la Eucaristía, hablando a nuestros corazones durante las breves homilías o, por ejemplo, durante el rito del Vía Crucis del Viernes Santo celebrado en soledad, en la noche, en una Plaza de San Pedro vacía, bajo la lluvia, haciendo visible, palpable y compartido el dolor y la turbación de toda la humanidad, consiguiendo la celebración su objetivo primordial, el de nuestra participación “física” y sobre todo espiritual a la Pasión de Jesucristo.

Por otra parte, quiero también compartirles cuánto fue para mi motivo de gran gozo fraterno y espiritual el haber podido participar en las celebraciones del primer Centenario de la llegada a Veracruz, como Obispo del lugar, de San Rafael Guizar y Valencia. Mi visita a Xalapa, hace 15 días, me ha dado la bella oportunidad de conocer más de cerca de este gran obispo: ¡una vida misionando… y pidiendo a Dios poder seguir misionando también desde el cielo! Él también vivió tiempos muy difíciles cuando no era permitida la actividad pastoral en los templos…; pero no se detuvo, no se aisló…, ¡de una manera u otra siguió acompañando de cerca a sus ovejas, recorriendo toda su larga diócesis y haciéndose presente también fuera de la diócesis! Ojalá que para nosotros, obispos, que lo hemos elegido como nuestro patrono, ¡sea también nuestro modelo a seguir…!

3. Una de las enseñanzas que debemos retener de la experiencia de la pandemia, es que “nadie se salva solo”. Por eso el Papa Francisco quiso ofrecer a la consideración de todos los hombres de buena voluntad su Carta Encíclica “Fratelli tutti”. Es un texto inspirado que pide a todos, en primer lugar a los que creen en Cristo, ser testigos de esa verdad que recorre, de la primera a la última página, la Sagrada Escritura, y que pide, también, comprometerse en la conversión necesaria para cambiar todo lo que contradice esta realidad. A este propósito permítanme poner a la consideración, principalmente de mis hermanos en el presbiterio y en el episcopado, dos cosas.

Ante todo, hermanos, pienso que debemos mirar más el ejemplo que nos da el Papa Francisco: él, desde su elección renunció a vivir aislado en el Palacio Apostólico para convivir con los sacerdotes que colaboran con él en la Curia Romana; al final de la celebración eucarística de cada día, saluda a todos los fieles, escuchándolos uno a uno; nunca falta a sus citas de oración personal con el Señor cuando se levanta cada mañana, antes de celebrar la Misa y al final del día, antes de cenar; escuchemos y sigamos su palabra, pero sobre todo, miremos y aprendamos de sus gestos, actitudes y acciones: de su cercanía y sencillez y de su empeño por romper barreras…; aprender de su modo de hacer coexistir la amistad y la fraternidad conviviendo con los sacerdotes, yendo, tomando y sirviéndose él mismo, como hace todo el mundo, los alimentos y comiendo con los otros…; haciéndose fácilmente accesible a todas las personas, saludando y escuchando a todos… Ser hermanos todos y amigos fraternos, es -como dijo el Santo Padre- «un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. […] Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos» (Papa Francisco. Discurso en Skopje, Macedonia, mayo 2019).

4. En vinculación con lo anterior, quisiera aprovechar la privilegiada oportunidad de estar por este medio con ustedes para también invitarlos a renovar y profundizar el compromiso en pro del cuidado de las personas vulnerables, de los más pequeños y frágiles…, entre los cuales se encuentran quienes han sido objeto de abuso por parte de algunos de nuestros clérigos. Las directivas y disposiciones de la Santa Sede y particularmente las ofrecidas por el Santo Padre están ya, de manera fuerte y clara, ante nosotros. ¡Tengámoslas siempre ante nuestra mirada y en el corazón, junto con el ejemplo que nos ha dado en estos años! Cómo no tener presente, hoy, la Palabra que hemos escuchado en la primera lectura, de la primera carta de san Pablo Apóstol a los corintios? “No saben acaso ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Quien destruye el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo” (3,16-17) Sabemos el horror que nos provoca la violación y la profanación de una iglesia y los ritos penitenciales previstos para pedir perdón y reparar la ofensa… ¿qué hacemos cuando es violado el templo de Dios que son nuestros niños? Los pequeños, frágiles y en cualquier modo vulnerables, sobre todo si han sido afectados en lo más sagrado de su persona, su dignidad, no solamente deben saber que se les ha hecho justicia, sino también darse cuenta que la Iglesia, madre amorosa, no los desampara; por el contrario, pone todos los medios a su alcance, incluyendo y privilegiando la oración, para que su cuerpo, alma y espíritu recobre, en cuanto posible y lo más posible, el bienestar, la paz y la armonía.

En este contexto me ha llamado la atención la carta que S.E. Jaime Soto, Obispo de la diócesis de Sacramento (EUA), hijo de una familia de origen mexicana, el 2 de noviembre pasado dirigió a sus diocesanos para comunicarles que el Santo Padre había concedido la dispensa de todas las obligaciones inherentes a la ordenación sacerdotal, incluyendo la del celibato, a un sacerdote de aquel presbiterio. Me llamó la atención porque, con sus palabras, nos revela el dolor y el cuidado del pastor que sinceramente se preocupa del bien de quienes han sido tan profundamente lastimados.
En su carta, después de dar un rápido resumen de los pasos jurídicos que llevaron a la dimisión del estado clerical de aquel sacerdote, Mons. Soto prosigue diciendo: “Después de mucha frustración y dolor, la misericordia providencial de Dios nos ha llevado al río Jordán, donde el eco de la voz del Bautista nos llama al arrepentimiento y la conversión. El coraje, la frustración y la confusión han herido a muchos y pesan mucho sobre este servidor y mis hermanos sacerdotes. La mujer que presentó la acusación inicial y su familia han sufrido más de lo que se ha revelado. Junto con su testimonio, y las cuentas del sufrimiento silencioso de otras mujeres se han puesto sobre mi corazón. La decisión del Santo Padre requiere ahora más pasos. Debo acoger y reparar las heridas infligidas. Lo siento mucho que almas vulnerables fueron abusadas. Su confianza fue traicionada. Su confianza en la gracia salvadora de la Iglesia se debilitó. Me avergüenza que un hermano sacerdote haya abusado de la sagrada confianza de mujeres vulnerables… Mis hermanos sacerdotes y yo pertenecemos al sacerdocio de Cristo Jesús en comunión con nuestro Santo Padre, el Papa Francisco. Somos los servidores, no los dueños, de este tesoro divino. El sacerdocio existe solo para servir a Cristo y a Su Iglesia. En respuesta a los escándalos que han perturbado a esta Iglesia local, nuestra propia humildad, responsabilidad y sacrificio personal deben ser los remedios que ofrecemos al Pueblo de Dios en la Diócesis de Sacramento. Debemos animarnos unos a otros en este esfuerzo fraterno común de pastorear con la paciencia y la caridad del Señor Jesús, buscando siempre servir y no ser servido.

Hago un llamado a mis hermanos sacerdotes para que se unan a mí para ofrecer un día de reparación por los pecados del abuso del clero el viernes, 6 de noviembre de 2020. Ayunen ese día, si pueden hacerlo. Ofrezcan una Misa Votiva del Sagrado Corazón de Jesús. Oren por las víctimas del abuso del clero pidiendo la sanación misericordiosa de Dios sobre ellas. Oremos también unos por otros para que podamos ejercer con generosidad, castidad y gozo nuestros
deberes sacerdotales por el bien de la Iglesia y la gloria de Dios”.

El obispo de Sacramento concluyó su carta invitando a todos los fieles a unirse al clero en este acto de reparación. Quiero subrayar cómo el Obispo no considera cerrado el caso con la dimisión del abusador desde el estado clerical, él está consciente que el dolor y la herida no han sanado todavía y se compromete, a sí mismo, a su presbiterio y a todos los fieles en acompañar a las víctimas en el camino largo de su recuperación.

Queridos hermanos. Deseo y auguro que los frutos de esta Asamblea sean abundantes y prometedores. Con tal fin, invocando sobre todos y cada uno la presencia y acción del Espíritu Santo, pido a Santa María de Guadalupe que nos abrace con su maternal y amorosa mirada, y a San Rafael Guizar y Valencia, que su intercesión nos acompañe siempre: a todos los Pastores y a toda la Iglesia que peregrina en nuestro querido México.

Muchas gracias.

+ Mons. Franco Coppola
Nuncio Apostólico en México

 

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